Cómo Ernst Boris Chain transformó el hallazgo de la penicilina en una cura real
HISTORIA DE LA CIENCIA.
La historia de la medicina suele recordar un único nombre cuando se habla del antibiótico que cambió el mundo: Alexander Fleming.
Sin embargo, el azaroso descubrimiento de las placas de moho en 1928 habría sido un simple pie de página científico de no ser por el empeño, la genialidad y la audacia de un bioquímico que huyó de la Alemania nazi con apenas unos marcos en el bolsillo. Su nombre era Ernst Boris Chain, y su trabajo transformó un curioso fenómeno de laboratorio en la primera producción industrial de penicilina, salvando millones de vidas.
Foto: Nobel Foundation.
De Berlín a Oxford: El destino de un refugiado político.
Ernst Boris Chain nació en Berlín el 19 de junio de 1906, en el seno de una familia judía de origen ruso. Desde muy joven demostró una dualidad asombrosa: era un pianista talentoso que llegó a considerar la música como carrera profesional, pero su fascinación por la química orgánica terminó ganando la partida. Se graduó en la Universidad Friedrich Wilhelm en 1930, investigando la estructura de las enzimas.
Sin embargo, el ascenso del régimen nazi en 1933 truncó su prometedor futuro en Alemania. Consciente del peligro inminente por su ascendencia judía y sus ideas políticas, Chain tomó una decisión crucial: meter sus pertenencias en una maleta y marcharse a Inglaterra. Llegó a Londres casi sin recursos, pero con una mente brillante que no tardó en llamar la atención de los grandes de la ciencia británica. Tras un provechoso paso por Cambridge bajo la tutela del Nobel Frederick Gowland Hopkins, Chain se trasladó a la Universidad de Oxford en 1935, invitado por el patólogo Howard Florey. Aquel encuentro cambiaría el rumbo de la humanidad.
El "milagro" de Oxford: Aislar lo inaislable.
Cuando Chain se unió a la Escuela de Patología Sir William Dunn en Oxford, su primera tarea fue realizar un estudio sistemático de los agentes antibacterianos naturales. Fue husmeando en la literatura científica como tropezó con el famoso artículo que Alexander Fleming había publicado en 1929 sobre el hongo Penicillium notatum.
Fleming había descubierto que el moho disolvía las bacterias, pero había abandonado la investigación tras ser incapaz de aislar el principio activo. La penicilina era una molécula extremadamente inestable; se destruía con facilidad ante cambios mínimos de temperatura o acidez. Era, a ojos de la comunidad científica de la época, un callejón sin salida bioquímico.
Aquí es donde el genio analítico de Ernst Chain marcó la diferencia. Utilizando técnicas pioneras de liofilización (secado por congelación al vacío) y una purificación minuciosa a bajas temperaturas, Chain logró lo que parecía imposible: extraer la penicilina en forma de un polvo marrón estable.
"Si bien el descubrimiento de la penicilina por Fleming fue un golpe de suerte, su conversión en un agente terapéutico fue el resultado de un trabajo científico deliberado y riguroso", recordaría más tarde el propio Chain.
En mayo de 1940, Chain y Florey realizaron el histórico experimento con ocho ratones infectados con estreptococos letales. Los cuatro que recibieron la penicilina purificada por Chain sobrevivieron; los otros cuatro murieron. La era de los antibióticos había comenzado oficialmente en un laboratorio de Oxford a las puertas de la Segunda Guerra Mundial.
La carrera industrial y el recelo hacia las patentes.
Con Europa sumida en el conflicto bélico, el equipo de Oxford se dio cuenta de que Gran Bretaña no tenía la capacidad industrial para fabricar la penicilina a gran escala. Florey y su colega Norman Heatley viajaron a Estados Unidos para convencer a las corporaciones farmacéuticas de desarrollar métodos de fermentación profunda.
Chain, debido a las restricciones burocráticas impuestas por su estatus de ciudadano naturalizado, se quedó en Oxford profundizando en la estructura química de la molécula. Fue uno de los primeros en proponer la estructura de anillo beta-lactámico de la penicilina, una hipótesis que generó intensos debates hasta que la cristalógrafa Dorothy Hodgkin la confirmó definitivamente mediante rayos X.
Un aspecto controvertido en la vida de Chain fue su postura respecto a la propiedad intelectual. Mientras que la tradición científica británica de la época consideraba poco ético patentar descubrimientos médicos, Chain defendía con vehemencia que la falta de patentes estatales permitía a las empresas estadounidenses monopolizar los procesos de producción que ellos habían diseñado en Oxford. Esta frustración lo distanció progresivamente del establishment científico británico.
El Nobel de 1945 y sus años en Roma.
El reconocimiento mundial llegó en el otoño de 1945. Ernst Boris Chain, Howard Florey y Alexander Fleming fueron galardonados conjuntamente con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Aunque la prensa popular coronó a Fleming como el héroe solitario del hallazgo, la comunidad científica sabía perfectamente que la genialidad bioquímica de Chain y la gestión clínica de Florey habían sido las verdaderas artífices del milagro.
En 1948, ante las dificultades para conseguir financiación en una Inglaterra de posguerra y buscando un ambiente donde sus ideas industriales fueran valoradas, Chain aceptó dirigir el Centro Internacional de Microbiología Química en el Istituto Superiore di Sanità en Roma. Allí pasó más de una década impulsando la investigación de los antibióticos semisintéticos y convirtiendo a la capital italiana en un referente biotecnológico mundial.
Regreso a Londres.
Chain regresó finalmente al Reino Unido en 1961 para fundar y dirigir el departamento de bioquímica del Imperial College de Londres, cargo que ocupó hasta su jubilación. Durante sus últimos años, no solo se dedicó a la ciencia; se convirtió en un ferviente defensor de la identidad judía y expresó su preocupación por las implicaciones éticas de la manipulación genética, demostrando una visión humanista adelantada a su tiempo.
Ernst Boris Chain falleció en Irlanda el 12 de agosto de 1979. Su vida es el testimonio perfecto de cómo la ciencia requiere tanto de la chispa de la observación inicial como del fuego sostenido del rigor metodológico.
Sitio Fuente: NCYT de Amazings