Por qué los científicos están disparando láseres a los frascos originales de Charles Darwin dos siglos después
CIENCIAS.
Lo que parecía definitivamente cerrado en los archivos de los museos vuelve a plantear preguntas incómodas. La ciencia actual ha encontrado una forma inesperada de afrontarlas.
Fuente: ChatGPT.
Los frascos de vidrio alineados en las estanterías de un museo suelen transmitir una sensación de quietud y permanencia. Sin embargo, muchos de ellos encierran preguntas abiertas que siguen siendo relevantes hoy, incluso cuando han pasado casi dos siglos desde que fueron sellados. Entre esos recipientes se encuentran los que contienen animales recolectados por Charles Darwin durante el viaje del HMS Beagle, una de las expediciones científicas más influyentes de la historia de la ciencia.
Estas piezas no son solo restos biológicos conservados en alcohol o en otros líquidos. Son documentos materiales que conservan información sobre prácticas científicas del pasado, decisiones técnicas, improvisaciones y estándares que han cambiado con el tiempo. El paper publicado en ACS Omega aborda precisamente uno de los problemas más delicados asociados a estas colecciones: cómo saber qué hay dentro de los frascos sin abrirlos, sin poner en riesgo los especímenes y sin alterar su valor histórico y científico.
El problema oculto dentro de los frascos históricos.
Los especímenes conservados en líquido son una parte esencial de las colecciones de historia natural. Permiten estudiar tejidos blandos, anatomía interna y detalles que no se preservan en esqueletos o pieles secas. Pero su conservación depende de un factor crítico: la estabilidad química del fluido en el que están sumergidos.
A lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX, los métodos de preservación cambiaron de forma constante. Se utilizaron alcoholes en distintas concentraciones, soluciones con formaldehído, mezclas complejas con sales, ácidos o aditivos diseñados para mejorar la fijación de los tejidos. El propio artículo científico recuerda que esta diversidad histórica ha generado un escenario complicado, ya que “la variabilidad en las recetas… ha llevado a una considerable heterogeneidad en las colecciones, con mezclas de etanol, metanol, glicerol y formaldehído encontradas comúnmente en proporciones desconocidas”.
El problema es que abrir un frasco para analizar su contenido no es una opción trivial. Al hacerlo se rompe el sellado original, se favorece la evaporación, se introduce contaminación y se expone tanto al espécimen como al personal a sustancias potencialmente tóxicas. Además, se pierde información histórica sobre el propio recipiente y su estado original. Por eso, durante décadas, muchos museos han convivido con un grado significativo de incertidumbre sobre lo que realmente contienen sus frascos.

Dispositivo portátil de espectroscopía láser analizando un frasco histórico sin abrirlo. Fuente: ACS Omega.
Cuando mirar no basta: las limitaciones de los métodos clásicos.
Durante mucho tiempo, la identificación de los fluidos de conservación se basó en métodos indirectos. El color del líquido, su olor o su densidad podían ofrecer pistas, pero rara vez certezas. Técnicas analíticas más precisas, como la cromatografía o los análisis químicos clásicos, exigen acceder directamente al fluido, algo incompatible con la conservación preventiva.
La espectroscopía Raman apareció como una alternativa atractiva por su alta especificidad molecular y su carácter no destructivo. Esta técnica se basa en iluminar un material con un láser y analizar cómo las moléculas dispersan la luz, generando una especie de huella química. Sin embargo, aplicada de forma convencional, presenta un obstáculo importante en este contexto: la señal del vidrio del frasco domina el espectro, ocultando la información del líquido que hay detrás.
Lo cierto es que la luz láser se dispersa en los primeros cientos de micrómetros del material, lo que hace que la superficie del recipiente interfiera de manera decisiva. En otras palabras, el método funciona bien en laboratorio con muestras accesibles, pero no cuando el objeto de interés está sellado dentro de un contenedor histórico que no se puede manipular libremente.
Ver a través del vidrio sin abrir el frasco.
Aquí es donde entra en juego la aportación central del estudio. Los investigadores aplicaron por primera vez en un museo una técnica conocida como espectroscopía Raman con desplazamiento espacial, o SORS por sus siglas en inglés. A diferencia del Raman convencional, este método separa físicamente el punto donde incide el láser del punto donde se recoge la señal.
Este desplazamiento permite reducir de forma drástica la interferencia del contenedor y acceder a la señal procedente del interior del frasco. El artículo describe cómo se combinan varias mediciones, realizadas a distintas distancias, para aislar la huella química del fluido de conservación. Tal y como señalan los autores, el objetivo era lograr una caracterización química “in situ”, es decir, directamente en las salas del museo y sin alterar los recipientes.
El estudio analizó 46 especímenes conservados en líquido del Museo de Historia Natural de Londres, entre ellos varios procedentes del viaje de Darwin. El resultado fue que el método permitió identificar correctamente el fluido de conservación en el 78,5 % de los casos, con un 15 % adicional de coincidencias parciales. Solo en tres muestras no fue posible una identificación fiable, una tasa de error notablemente baja teniendo en cuenta la complejidad del material analizado.

Fuente: ChatGPT.
Qué revela realmente el láser sobre los especímenes de Darwin.
Una vez superado el obstáculo técnico, los resultados empiezan a dibujar una imagen más precisa de cómo se preservaron estos animales históricos. Los datos muestran patrones claros según el tipo de organismo. En el caso de mamíferos y reptiles, lo más habitual fue una fijación inicial con formaldehído, seguida de una conservación prolongada en etanol.
Los invertebrados, en cambio, presentan una mayor variedad de soluciones. Muchos fueron almacenados directamente en formaldehído o en formaldehído tamponado, en algunos casos con la adición de glicerol u otros compuestos destinados a mantener la integridad de los tejidos. Este tipo de diferencias no siempre coincide exactamente con las etiquetas históricas, lo que sugiere ajustes posteriores, mezclas o reposiciones no documentadas.
Uno de los aspectos más interesantes es que la técnica no solo identifica el líquido, sino también el material del recipiente. Mediante un análisis complementario, los investigadores pudieron distinguir entre distintos tipos de vidrio e incluso plásticos, lo que aporta información adicional sobre las condiciones de almacenamiento y las prácticas museísticas a lo largo del tiempo.
Más allá de Darwin: implicaciones para los museos del mundo.
Aunque el caso de los especímenes de Darwin resulta especialmente llamativo, el alcance del trabajo es mucho más amplio. Se estima que los museos de historia natural de todo el mundo albergan más de cien millones de especímenes conservados en fluidos, muchos de ellos en condiciones similares y con niveles de incertidumbre comparables.
El propio artículo subraya que este enfoque tiene un valor estratégico para la conservación preventiva. Al conocer con precisión qué sustancias hay en cada frasco, los conservadores pueden anticipar riesgos, planificar intervenciones y mejorar las condiciones de almacenamiento sin recurrir a acciones invasivas. Además, la capacidad de detectar componentes en bajas concentraciones abre la puerta a un seguimiento a largo plazo de posibles degradaciones químicas.
Como señalan los autores, se trata de una herramienta con un potencial que va más allá de la mera identificación puntual. Permite reconstruir la historia material de las colecciones y entender cómo han evolucionado las prácticas científicas y museísticas a lo largo de generaciones.
Una nueva forma de leer el pasado científico.
Este trabajo no solo introduce una técnica avanzada en el ámbito del patrimonio científico. También propone una forma distinta de relacionarse con los objetos históricos. Los frascos ya no son recipientes opacos cuyo contenido se da por supuesto, sino fuentes activas de información, accesibles gracias a métodos que respetan su integridad.
El estudio demuestra que es posible combinar rigor químico, sensibilidad histórica y conservación responsable. En lugar de elegir entre conocimiento y preservación, la tecnología permite avanzar en ambos frentes. En ese sentido, los láseres no están “disparando” contra los frascos de Darwin, sino actuando como herramientas para escuchar lo que aún tienen que decir.
Por: Eugenio M. Fernández Aguilar.
Sitio Fuente: Muyinteresante