La gran migración de la tortuga gigante: el hallazgo en América que revela un viaje épico hace 89 millones de años
ANTROPOLOGÍA / PALEONTOLOGÍA.
Un estudio basado en un hallazgo mínimo pero decisivo ha permitido reconstruir un episodio inesperado de la historia natural, ocurrido cuando la Tierra vivía uno de los climas más extremos de su pasado y los continentes aún estaban conectados por rutas hoy inimaginables.
Un fósil de tortuga del Cretácico redefine el momento exacto en que las especies comenzaron a migrar entre continentes. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
En paleontología, no siempre son los grandes esqueletos espectaculares los que cambian la historia. A veces basta con unos fragmentos de caparazón, rescatados casi por casualidad en una campaña de estudiantes, para obligar a replantear cómo y cuándo se movieron los animales por el planeta. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con un fósil de tortuga hallado en Montana y descrito recientemente en un artículo publicado en la revista Historical Biology, un trabajo que sitúa al género Basilemys cinco millones de años antes de lo que se creía y lo convierte en una pieza clave para entender las migraciones de fauna durante el Cretácico.
El estudio, liderado por investigadores de Montana State University, se centra en un ejemplar recuperado en 2021 en la Frontier Formation, una sucesión de sedimentos del Cretácico medio que aflora en el suroeste de Montana. A simple vista, el hallazgo no parecía excepcional: restos fragmentarios de una tortuga terrestre, sin cráneo ni extremidades, apenas parte del plastrón y del caparazón. Sin embargo, el contexto geológico y, sobre todo, la datación precisa del sedimento que lo rodeaba terminaron convirtiendo a este animal en un fósil extraordinario.
Durante décadas, Basilemys había sido una vieja conocida de los paleontólogos norteamericanos. Se trataba de una tortuga grande, de hábitos terrestres, frecuente en yacimientos del Cretácico superior, especialmente entre los 84 y los 66 millones de años atrás. El nuevo ejemplar, sin embargo, apareció en estratos mucho más antiguos. Gracias a análisis de circones detríticos mediante datación uranio-plomo, los autores del paper lograron fijar la edad del nivel fósil en torno a los 89,9 millones de años. No es una cifra menor: desplaza hacia atrás la presencia confirmada del género en Norteamérica y lo sitúa en pleno Cretácico medio, uno de los periodos más cálidos de la historia reciente de la Tierra.
Una tortuga que llegó antes de lo esperado.
El interés científico del hallazgo no se limita a adelantar una fecha en el calendario. Basilemys pertenece a la familia Nanhsiungchelyidae, un grupo de tortugas de origen asiático. Todas las demás representantes de esta familia se conocen en Eurasia; esta tortuga es la única que aparece en América. Esto convierte a la tortuga de Montana en una pista fundamental para responder a una pregunta clave: ¿cuándo y cómo cruzaron estos animales desde Asia hasta Norteamérica?
Hasta ahora, las hipótesis se movían en un margen amplio, con escasos fósiles y dataciones imprecisas. El nuevo ejemplar acota ese intervalo de forma drástica. Según los autores, la llegada de los ancestros de Basilemys a América tuvo que producirse antes de los 90 millones de años, probablemente aprovechando las condiciones excepcionalmente cálidas de las altas latitudes durante el Cretácico medio. En ese momento, regiones hoy inhóspitas como Beringia —el puente terrestre que conectaba Siberia y Alaska— presentaban temperaturas medias sorprendentemente suaves.
Los modelos paleoclimáticos citados por los autores indican que, durante el máximo térmico cenomaniense-turoniense, las temperaturas polares podían rondar los 13 grados centígrados. En ese escenario, animales ectotermos como las tortugas no solo podían sobrevivir, sino expandir su área de distribución hacia el norte. El fósil de Montana sugiere que Basilemys no solo llegó a América, sino que lo hizo con rapidez, colonizando el oeste del continente en apenas unos pocos millones de años.

Material fósil atribuido a Basilemys procedente de la Formación Frontier. Fuente: Historical Biology (2025).
Vivir en un mundo sin hielo.
Aun así, el hallazgo plantea nuevas incógnitas. Incluso en un planeta más cálido, las regiones polares del Cretácico experimentaban largos periodos de oscuridad y descensos estacionales de temperatura. ¿Cómo se las arreglaban estas tortugas para sobrevivir? El paper propone varias posibilidades, basadas en analogías con especies actuales y en la anatomía del propio género.
Sin duda alguna, era una tortuga robusta, con un caparazón grueso y ornamentado, más cercana en su modo de vida a una tortuga terrestre que a una acuática. Algunos investigadores sugieren que podría haber tenido comportamientos fosoriales, excavando madrigueras para protegerse del frío, o incluso entrando en estados de letargo estacional similares a la brumación de las tortugas modernas. Curiosamente, en formaciones cercanas y ligeramente más antiguas, se han encontrado evidencias de dinosaurios excavadores, lo que refuerza la idea de que excavar podía ser una estrategia común en esos ecosistemas.
El contexto ecológico también resulta revelador. En el momento en que vivió esta tortuga, gran parte del interior de Norteamérica estaba ocupado por un enorme mar interior que dividía el continente en dos. Basilemys habría habitado las zonas costeras de ese mar, en ambientes cálidos y relativamente húmedos, compartiendo paisaje con cocodrilos primitivos, dinosaurios y una flora exuberante. Ver a un representante de este grupo tan temprano en el registro fósil obliga a repensar cómo se ensamblaron estos ecosistemas y qué tan rápido respondieron los animales al cambio climático.
Un fósil pequeño con implicaciones enormes.
Desde el punto de vista estrictamente paleontológico, el ejemplar de Montana no permite asignar una nueva especie. Es demasiado fragmentario y carece de rasgos diagnósticos finos. Pero eso no le resta importancia. Al contrario: su valor reside en la precisión de su contexto y en lo que aporta a gran escala. No es una tortuga “espectacular” de museo, pero sí un fósil que ajusta relojes y afina hipótesis.
Los estudiantes de posgrado de la Universidad Estatal de Montana, Jack Prall (a la izquierda) y Brendan Clark, analizan restos fósiles de una tortuga prehistórica en el Museum of the Rockies. Foto: Colter Peterson/MSU
El trabajo también subraya la importancia de estudiar formaciones geológicas poco conocidas. El lugar del descubrimiento había sido tradicionalmente más famosa por sus icnitas y por algunos hallazgos aislados, pero este descubrimiento demuestra que todavía guarda claves esenciales para entender el Cretácico medio norteamericano. En ese sentido, el paper insiste en la necesidad de seguir muestreando estos niveles, a menudo eclipsados por los yacimientos más mediáticos del Cretácico final.
Más allá del caso concreto de Basilemys, el estudio encaja en una cuestión de actualidad: cómo responden los animales a los cambios climáticos rápidos. El Cretácico fue un laboratorio natural de calentamiento global, y los movimientos de estas tortugas ofrecen un ejemplo tangible de expansión de rangos geográficos ligada a un aumento de temperaturas. Entender esos procesos en el pasado profundo puede aportar pistas valiosas para interpretar las respuestas de la fauna actual a un planeta que vuelve a calentarse.
Al final, el fósil de Montana recuerda una de las lecciones básicas de la paleontología: cada hallazgo, por modesto que parezca, puede cambiar la narrativa. En este caso, una tortuga terrestre, enterrada durante casi 90 millones de años, ha obligado a reescribir parte de la historia de las migraciones animales en el hemisferio norte.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: Muyinteresante