Spielberg estaba equivocado: un estudio biomecánico confirma que Tyrannosaurus rex caminaba de puntillas, no era tan torpe y podía ser hasta un 20% más rápido de lo que creíamos
ANTROPOLOGÍA / PALEONTOLOGÍA.
Durante décadas lo imaginamos haciendo temblar el suelo con pasos pesados y demoledores.
Ahora, un nuevo análisis biomecánico sugiere que el mayor depredador terrestre de la historia se movía más como un ave gigante que como el monstruo torpe que popularizó el cine.
Un nuevo estudio biomecánico revela que Tyrannosaurus rex no caminaba como en el cine. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
El rey indiscutible del Cretácico podría haber sido, en realidad, más ágil y estilizado de lo que pensábamos. Un estudio publicado en la revista Royal Society Open Science ha aportado nuevas pruebas de que Tyrannosaurus rex no apoyaba el talón al caminar o correr, sino que avanzaba con un patrón de pisada “distal”, es decir, apoyando primero la parte delantera del pie, en una locomoción sorprendentemente similar a la de las aves actuales.
La investigación ha sido liderada por Adrian Tussel Boeye y sus colaboradores, y propone algo que, hasta ahora, apenas se había cuantificado: que la forma en que el pie del dinosaurio entraba en contacto con el suelo alteraba de manera significativa su velocidad, frecuencia de zancada y estilo de carrera. Tal y como ha revelado el trabajo, tener en cuenta este detalle biomecánico cambia sustancialmente las estimaciones sobre cómo se desplazaba este animal de más de 10 toneladas.
Durante años, muchos modelos habían simplificado el pie del T. rex como un bloque rígido que impactaba el suelo de forma relativamente plana o incluso “proximal”, es decir, comenzando por la parte más cercana al tobillo. Sin embargo, las huellas fósiles atribuidas a tiranosáuridos cuentan otra historia. En varios yacimientos, las impresiones más profundas se concentran en los dedos, no en la zona media del pie. Esta evidencia icnológica ya sugería una pisada “de puntillas”, pero faltaba un análisis cuantitativo que lo respaldara.
Un pie más complejo de lo que parecía.
Para abordar la cuestión, los autores analizaron cuatro ejemplares bien conservados de Tyrannosaurus rex, incluyendo individuos de distinto tamaño y grado de desarrollo. Midieron con detalle la longitud de los huesos de la pierna y del pie, y aplicaron tres ecuaciones clásicas empleadas en biomecánica para estimar velocidad a partir de la longitud de zancada y la altura de la cadera.
Después modelaron tres escenarios posibles de pisada: apoyo trasero, apoyo medio y apoyo distal, equivalente a caminar sobre la parte delantera de los dedos. Cada uno de estos patrones modifica ligeramente la longitud funcional de la extremidad y, por tanto, la zancada efectiva.
Los resultados fueron claros. Tal y como indica el estudio, cuando el modelo incorporaba una pisada distal —es decir, “de puntillas”—, la frecuencia de zancada aumentaba y la velocidad estimada se incrementaba de manera consistente frente a un modelo con apoyo más trasero. En promedio, la diferencia entre un patrón proximal y uno distal podía suponer en torno a un 20% más de velocidad máxima.
En cifras absolutas, las estimaciones sitúan la velocidad máxima de los adultos entre aproximadamente 5 y 11 metros por segundo. Traducido a kilómetros por hora, hablamos de un rango que puede rondar los 18 a 40 km/h, en línea con estudios recientes que ya apuntaban a velocidades moderadas, lejos de las persecuciones vertiginosas del cine, pero suficientes para convertirlo en un cazador formidable.
Mediciones de la extremidad posterior de un Tyrannosaurus rex. Fuente: Royal Society Open Science (2026)
Comparación con especies actuales.
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es la comparación con especies actuales. Los investigadores contrastaron sus modelos con datos de avestruces y humanos, los dos grandes grupos de bípedos obligados vivos hoy en día. La diferencia en la estrategia locomotora es notable.
Los humanos, con postura plantígrada, tendemos a correr con un patrón más “elástico”, almacenando y liberando energía en cada zancada, con un movimiento de tipo resorte. Las aves corredoras, en cambio, presentan una postura digitígrada, con el cuerpo inclinado hacia delante y las patas funcionando como estructuras más “compliantes”, que absorben impactos y permiten una transición suave entre caminar y correr.
El modelo que mejor encaja con Tyrannosaurus rex no es el humano, sino el aviar. Tal y como ha adelantado la investigación, el gran depredador mesozoico habría mostrado una marcha con zancadas relativamente cortas en proporción a su tamaño y una frecuencia elevada, más parecida a la de un ave corredora que a la de un mamífero gigante.
Este detalle no es menor. Implica que el equilibrio, la distribución del peso y el control del centro de masas —en un animal con una enorme cabeza y una cola musculosa— dependían en buena medida de esa pisada anterior. El apoyo en los dedos permitía que la extremidad actuara como amortiguador, reduciendo fuerzas excesivas y favoreciendo la estabilidad.
Huellas que hablan desde el pasado.
Las huellas fósiles desempeñan un papel central en esta reinterpretación. Diversos rastros atribuidos a tiranosaurios muestran impresiones tridáctilas claras, con mayor profundidad en los dedos centrales y laterales. Ese patrón coincide con un contacto inicial distal, no con un apoyo plano.
Tal y como recoge el estudio, ignorar este detalle en los modelos previos habría conducido a subestimar la frecuencia de zancada y, en consecuencia, a simplificar en exceso su locomoción. Al introducir la variable del tipo de pisada y someter los resultados a pruebas estadísticas, los autores comprobaron que las diferencias no eran anecdóticas, sino significativas.
Esto tiene implicaciones más amplias. Si el patrón “de puntillas” estaba extendido entre los terópodos, como sugieren otros rastros del Jurásico y Cretácico, estaríamos ante un rasgo locomotor profundamente conservado en la línea evolutiva que conduce a las aves modernas. No solo las plumas o la fúrcula tendrían raíces antiguas: también la manera de correr.
Comparativa de tamaño entre un Tyrannosaurus rex y varios vertebrados terrestres actuales. Fuente: Royal Society Open Science (2026)
¿Un cazador más versátil de lo que imaginábamos?
El trabajo también sugiere que la locomoción pudo variar con la edad y el tamaño. Los individuos juveniles, más ligeros y esbeltos, habrían alcanzado mayores velocidades relativas que los adultos masivos. Esto abre la puerta a hipótesis ecológicas interesantes: distintos grupos de edad podrían haber explotado nichos y presas diferentes.
Aunque el estudio no pretende fijar una cifra definitiva para la velocidad máxima del T. rex, sí subraya que la biomecánica es más compleja de lo que parecía. La forma concreta en que el pie interactúa con el suelo altera de manera sustancial el resultado.
Durante más de un siglo, la locomoción de Tyrannosaurus rex ha fascinado a científicos y público por igual. Ahora, gracias a un análisis que combina anatomía, huellas fósiles, modelos matemáticos y comparaciones con aves actuales, la imagen que emerge es menos hollywoodense, pero quizá más impresionante: la de un gigante que, lejos de aplastar la tierra con torpeza, avanzaba con la precisión y eficacia de un ave descomunal.
El “rey de los dinosaurios” podría haber sido, en esencia, un corredor de puntillas. Y esa imagen, tan distinta de la que muchos tenían en mente, no solo reescribe una escena icónica de la prehistoria, sino que refuerza la idea de que las aves no son más que dinosaurios que nunca dejaron de correr.
Por: Christian Pérez.
Sitio Fuente: MuyInteresante