David Blanco Laserna, físico teórico: “Lo más sorprendente de los agujeros negros es que realmente existan”
COSMOLOGÍA. Libro
En "Agujeros negros: ciencia, historia y mito", David Blanco Laserna recorre el viaje que llevó a una idea casi herética desde las ecuaciones de Einstein hasta el imaginario de Interstellar, mostrando cómo la ciencia y la cultura se han influido mutuamente durante más de dos siglos.
Un ensayo que conecta a Einstein con Interstellar y demuestra que los agujeros negros no solo cambiaron la física, sino también nuestra manera de imaginar el universo. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Hay conceptos científicos que nacen discretamente en una pizarra y otros que irrumpen como una provocación. Los agujeros negros pertenecen a esta segunda categoría. Durante décadas fueron poco menos que una anomalía matemática, una consecuencia incómoda de la relatividad general que muchos preferían ignorar. Hoy, en cambio, son el icono cósmico por excelencia. En Agujeros negros: ciencia, historia y mito. De la relatividad de Einstein a la ficción de Interstellar, el escritor, físico teórico y profesor de didáctica de las matemáticas en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, David Blanco Laserna, reconstruye esa travesía intelectual y cultural con pulso narrativo y rigor histórico.
El libro, tal y como indica su subtítulo, propone un doble viaje. Por un lado, sigue el desarrollo científico de la idea: desde las primeras intuiciones sobre “estrellas oscuras” hasta la confirmación observacional moderna. Por otro, rastrea la huella que ese concepto ha dejado en la literatura, el cine, la música y la imaginación colectiva. La tesis que sobrevuela sus páginas es sugerente: los agujeros negros no solo son un objeto astrofísico, sino también una metáfora poderosa que ha calado hondo en nuestra cultura.
De Calcuta a Princeton: el poder de un nombre.
Uno de los aciertos más llamativos del libro Agujeros negros: ciencia, historia y mito, publicado por Pinolia, es su arranque. Blanco Laserna no comienza con Einstein ni con telescopios, sino con un episodio colonial del siglo XVIII: el célebre “agujero negro de Calcuta”. Aquel trágico confinamiento de prisioneros británicos en una celda asfixiante dio lugar a una expresión que permanecería latente durante casi dos siglos. Tal y como ha revelado el autor, fue el físico estadounidense Robert Dicke quien, ya en el siglo XX, reutilizó la expresión en tono casi humorístico para referirse a esos objetos gravitatorios extremos que parecían tragarse todo lo que se acercaba a ellos.
El relato es más que una anécdota. Sirve para mostrar cómo la ciencia no vive aislada en una torre de marfil. Las palabras importan. Y encontrar un nombre adecuado puede marcar la diferencia entre el olvido y la popularidad. Antes de imponerse el término “agujero negro”, los físicos hablaban de “estrellas congeladas” o “singularidades de Schwarzschild”. Ninguna de esas denominaciones tenía la fuerza evocadora suficiente. La nueva expresión, en cambio, condensaba misterio, peligro y fascinación.
Blanco Laserna describe con detalle cómo incluso hubo resistencias al nombre. Algunos científicos lo consideraban poco serio; otros, ambiguo. Sin embargo, terminó por imponerse, impulsado en buena medida por John Wheeler, y abrió la puerta a una difusión mucho más amplia del concepto.

Los agujeros negros no son aspiradoras cósmicas, sino objetos extremos cuya gravedad deforma el espacio y el tiempo a su alrededor.
Einstein, Oppenheimer y la incomodidad de lo imposible.
El recorrido histórico que ofrece el libro es minucioso. Aparecen Albert Einstein, que nunca se sintió cómodo con la idea de un colapso gravitatorio sin retorno, y Robert Oppenheimer, que en 1939 publicó uno de los trabajos fundacionales sobre el destino final de las estrellas masivas. El lector asiste a las tensiones intelectuales de una época en la que aceptar la existencia de los agujeros negros implicaba asumir que la naturaleza podía producir regiones del espacio de las que ni siquiera la luz escaparía.
Durante años, la comunidad científica miró con recelo esa posibilidad. Parecía contradecir el sentido común. Sin embargo, como muestra el autor, la acumulación de pruebas teóricas y observacionales terminó por inclinar la balanza. La radioastronomía, los estudios sobre quásares y, más recientemente, la detección de ondas gravitacionales han ido reforzando la idea de que estos objetos no son rarezas exóticas, sino componentes habituales del universo.
El libro no se limita a enumerar descubrimientos. Se detiene en los dilemas, las dudas y los debates que acompañaron cada paso. Esa dimensión humana de la ciencia es uno de sus mayores atractivos.

Albert Einstein tocando el violín en 1927. Foto: Wikimedia.
El arte de hacer visible lo invisible.
En la última parte de la obra, Blanco Laserna aborda un desafío central: cómo representar algo que, por definición, no puede verse. Antes de la famosa imagen del agujero negro en la galaxia M87, obtenida en 2019, las representaciones eran fruto de simulaciones y metáforas visuales. El autor explica cómo el cine y la ilustración científica contribuyeron a fijar en nuestra mente una iconografía concreta: el remolino oscuro rodeado por un disco luminoso.
Aquí entran en escena nombres como Stephen Hawking y el cineasta Christopher Nolan. La película Interstellar no solo popularizó una imagen espectacular de un agujero negro; también contó con asesoramiento científico de primer nivel para dotar de verosimilitud a su representación. El libro muestra cómo, en este caso, la ficción y la ciencia se retroalimentaron: los cálculos realizados para la película generaron incluso artículos académicos.
Blanco Laserna no se queda en el cine. También evoca la música —con referencias a Pink Floyd— y la literatura, desde Edgar Allan Poe hasta la ciencia ficción contemporánea. Los agujeros negros, convertidos en símbolo de viaje sin retorno, de frontera última, han trascendido el ámbito estrictamente científico.
Metáfora y realidad.
Uno de los hilos conductores más interesantes del libro es la reflexión sobre el poder simbólico de estos objetos. El agujero negro se ha convertido en metáfora de la muerte, del olvido, del colapso económico o emocional. Hablamos de “agujeros negros” en nuestras ciudades o en nuestras cuentas públicas. Esa expansión semántica no es casual. Responde a la fuerza de una imagen que sugiere atracción irresistible y desaparición.
Pero el autor insiste en no perder de vista la realidad física. Un agujero negro no es un aspirador cósmico que devore indiscriminadamente todo lo que lo rodea. Tal y como explica, su comportamiento gravitatorio no difiere del de cualquier otro objeto con la misma masa, siempre que se mantenga una distancia prudente. La frontera crítica es el horizonte de sucesos, esa superficie invisible que marca el punto de no retorno.
La claridad con la que se exponen estos conceptos complejos es una de las virtudes del libro.

Representación artística de la colisión de dos agujeros negros y representación del rostro de Stephen Hawking. Fuente: ChatGPT / E. F.
Una obra entre la ciencia y la cultura.
Agujeros negros: ciencia, historia y mito no es solo un manual de astrofísica ni un ensayo cultural. Es, sobre todo, una narración sobre cómo se construye el conocimiento. Desde las primeras intuiciones hasta las confirmaciones experimentales, pasando por los prejuicios y las resistencias, el libro muestra que la ciencia es un proceso dinámico, lleno de avances y retrocesos.
El lector sale con la sensación de haber recorrido más de dos siglos de historia intelectual. Y también con la conciencia de que los agujeros negros siguen planteando preguntas abiertas: ¿qué ocurre realmente en su interior? ¿Cómo se concilian con la mecánica cuántica? ¿Qué nos dicen sobre el origen y el destino del universo?
Blanco Laserna no ofrece respuestas definitivas —nadie puede hacerlo—, pero sí un mapa riguroso y apasionante de cómo hemos llegado hasta aquí.
Por: por Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante