Los científicos no lo esperaban: pollitos recién nacidos muestran una capacidad mental que creíamos exclusivamente humana

CIENCIAS DE VIDA.-

Un experimento con crías de gallina reabre el debate sobre el origen biológico del lenguaje y el efecto Bouba-Kiki. ¿Estamos ante una pista sobre cómo el cerebro organiza sonidos y formas desde el inicio de la vida?.

Fuente: ChatGPT.

El lenguaje humano suele considerarse una de las fronteras más claras entre nuestra especie y el resto del reino animal. La capacidad de asociar sonidos con significados, de vincular una palabra a una forma o a un objeto, parece formar parte de ese territorio casi sagrado que llamamos cultura. Sin embargo, no todas las conexiones entre sonido y significado son arbitrarias. Existe un fenómeno muy conocido en psicología experimental que sugiere que, al menos en algunos casos, el cerebro establece vínculos bastante predecibles entre lo que oímos y lo que vemos.

Ese fenómeno se conoce como efecto Bouba-Kiki. Cuando a una persona se le muestran dos figuras —una redondeada y otra puntiaguda— y se le pide que asigne a cada una las palabras inventadas “bouba” y “kiki”, la mayoría opta por relacionar la forma redonda con “bouba” y la angulosa con “kiki”. Un nuevo estudio científico ha abordado este fenómeno desde un ángulo inesperado, utilizando un modelo animal poco habitual en investigaciones sobre lenguaje: pollitos domésticos recién nacidos.

El enigma del efecto Bouba-Kiki.

El efecto Bouba-Kiki es un ejemplo de lo que los investigadores llaman simbolismo sonoro, es decir, la tendencia a asociar ciertos sonidos con determinadas propiedades perceptivas. En este caso, sonidos suaves y redondeados parecen encajar mejor con formas curvas, mientras que sonidos más agudos o explosivos se asocian con contornos puntiagudos. Lo llamativo es que esta preferencia aparece de manera consistente en distintas culturas y sistemas de escritura.

El debate científico no gira en torno a si el efecto existe —eso está bien documentado— sino a cómo se origina. Algunas hipótesis sostienen que surge por aprendizaje temprano: desde bebés estamos expuestos a regularidades estadísticas del entorno y a miles de asociaciones entre palabras y objetos. Otras teorías defienden que podría tratarse de un mecanismo perceptivo predispuesto, es decir, una forma de organización del cerebro que no depende de la experiencia cultural.

El propio artículo científico explica el núcleo del problema con claridad al señalar que los estudios en bebés humanos no han podido descartar del todo un origen basado en la experiencia rápida: “Sin embargo, los estudios en bebés no son concluyentes, ya que no pudieron descartar completamente un origen rápido impulsado por la experiencia del efecto”. Esta limitación metodológica abrió la puerta a buscar un modelo donde la experiencia previa pudiera- controlarse casi por completo.

Elección de formas según el sonido escuchado: los pollitos se inclinan por la figura puntiaguda con “Kiki” y por la redonda con “Bouba”. Fuente: Science

Origen del efecto Bouba-Kiki.

El origen del efecto Bouba-Kiki se remonta a los trabajos del psicólogo alemán Wolfgang Köhler, uno de los fundadores de la psicología de la Gestalt. En 1929, durante sus investigaciones sobre percepción, Köhler presentó a participantes dos figuras: una con bordes suaves y redondeados y otra con contornos angulosos y afilados. Les pidió que asignaran a cada una los nombres inventados “takete” y “maluma”. De forma consistente, la mayoría asoció “maluma” con la figura redondeada y “takete” con la puntiaguda, lo que sugería que ciertos sonidos parecían encajar mejor con determinadas formas visuales.

Décadas más tarde, el experimento fue replicado con nuevas palabras sin significado previo —“bouba” y “kiki”— y los resultados mostraron el mismo patrón de asociación. Este hallazgo llamó la atención porque contradecía la idea de que la relación entre sonido y significado en el lenguaje es completamente arbitraria. En lugar de ser una simple curiosidad perceptiva, el fenómeno empezó a interpretarse como una posible pista sobre cómo el cerebro organiza la información sensorial, integrando lo que oye con lo que ve de una manera sistemática y sorprendentemente estable entre culturas.

Por qué estudiar pollitos recién nacidos.

El equipo de la Universidad de Padua eligió pollitos domésticos (Gallus gallus) por una razón clave: son una especie precocial. Esto significa que nacen con un alto grado de desarrollo sensorial y motor, lo que permite evaluarlos en etapas muy tempranas de la vida. A diferencia de los bebés humanos, cuya experiencia fuera del laboratorio es imposible de controlar, los pollitos pueden criarse en condiciones estrictamente supervisadas desde el momento de la eclosión.

En el estudio se incubaron los huevos en laboratorio y se controló cuidadosamente el entorno de los animales. Antes de la fase de prueba, los pollitos no habían estado expuestos ni a las formas específicas ni a los sonidos utilizados en el experimento. Esta precaución era fundamental para descartar asociaciones aprendidas.

El diseño experimental tuvo dos fases. Primero, los pollitos aprendieron a rodear un panel para obtener una recompensa alimentaria. Ese panel mostraba una figura ambigua con bordes tanto redondeados como puntiagudos. Una vez superado el entrenamiento, se les presentaban dos paneles nuevos: uno con una forma claramente redonda y otro con una forma claramente puntiaguda. Al mismo tiempo, se reproducía repetidamente uno de los dos sonidos inventados: “Bouba” o “Kiki”.

Lo que revelaron los datos.

Aquí aparece el resultado central del estudio. Según describen los autores, “Los pollitos prefirieron el panel con la forma puntiaguda al oír el sonido ‘Kiki’, y el de la forma redonda al oír el sonido ‘Bouba’”. Es decir, los animales mostraron la misma pauta de asociación que se observa en humanos adultos y en bebés.

El análisis estadístico confirmó que la variable determinante era el sonido de fondo, y no el sexo del animal, la posición de los estímulos o el número de ensayo. En términos técnicos, el modelo que mejor explicaba los datos incluía únicamente el tipo de sonido como predictor relevante. Esto indica que la elección de la forma no fue aleatoria ni fruto de un sesgo lateral.

Lo más significativo es que estos pollitos eran ingenuos respecto a las asociaciones sonido-forma. Nunca habían experimentado ese emparejamiento antes de la prueba. Aun así, mostraron una tendencia sistemática a vincular sonidos y contornos de manera congruente. Los autores interpretan este hallazgo como indicio de que “las asociaciones simbólicas sonido-forma pueden tener lugar desde las etapas más tempranas de la vida, sin necesidad de que el sujeto experimente directamente el emparejamiento multimodal”.-

Dispositivo experimental durante la fase de test, con ambas formas visibles y el sonido reproduciéndose en segundo plano. Fuente: Science.

Un posible principio antiguo del cerebro.

El estudio no se limita a describir un comportamiento curioso. Sus implicaciones son más amplias. Si aves y humanos —separados por más de 300 millones de años de evolución— comparten esta tendencia, podría tratarse de un principio organizativo antiguo del cerebro.

En la discusión, los autores sostienen que la evidencia directa en un modelo animal sugiere que el simbolismo sonoro “puede pertenecer a un conjunto de asociaciones predispuestas incorporadas en diferentes especies”. Esto no implica que los pollitos tengan lenguaje en sentido humano, sino que el cerebro podría estar preparado desde el inicio para integrar información de distintos sentidos siguiendo reglas comunes.

Desde una perspectiva evolutiva, esta predisposición podría facilitar la interacción con el entorno. Muchas asociaciones entre estímulos reflejan regularidades naturales: animales pequeños emiten sonidos más agudos que los grandes, por ejemplo. Detectar este tipo de patrones ayuda a hacer predicciones rápidas y adaptativas. En humanos, esa base podría haber servido como andamiaje para el desarrollo del vocabulario.

Más allá del lenguaje humano.

Los autores concluyen que sus resultados “allanan el camino hacia una descripción clara y unívoca del fenómeno del simbolismo sonoro abordando tanto su ontogenia como su filogenia al mismo tiempo”. La ontogenia se refiere al desarrollo individual; la filogenia, a la historia evolutiva. Estudiar ambas dimensiones a la vez permite situar el fenómeno en un marco más amplio.

La investigación no cierra el debate, pero sí desplaza el foco. Si el efecto Bouba-Kiki no depende exclusivamente de la cultura ni del aprendizaje lingüístico, entonces parte de lo que consideramos característicamente humano podría apoyarse en mecanismos perceptivos compartidos con otras especies.

En ese sentido, los pollitos no están “hablando”. Lo que muestran es que el cerebro, incluso en animales muy jóvenes y sin experiencia lingüística, puede estar estructurado de manera que ciertos sonidos encajen mejor con ciertas formas. Y eso obliga a replantear dónde empieza realmente el territorio del lenguaje.

Por: Eugenio M. Fernández Aguilar. Físico, escritor y divulgador científico.

Sitio Fuente: MuyInteresante