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Se descubre que la igualdad entre los cazadores-recolectores es real, pero no porque fueran más generosos que nosotros

ANTROPOLOGÍA SOCIAL.-

Un estudio con los Hadza revela que la igualdad en las sociedades cazadoras-recolectoras surge más de la presión mutua que de la generosidad innata.

En el imaginario popular, los pueblos cazadores-recolectores suelen aparecer envueltos en un aura casi mítica. En ese relato, vivirían en comunidades pequeñas donde la generosidad fluye de manera espontánea, como si la cooperación fuese un reflejo natural de una humanidad aún no contaminada por la competencia moderna. Durante décadas, esta imagen ha alimentado la idea de que nuestros antepasados vivían en una especie de armonía social primitiva.

Sin embargo, la realidad parece ser bastante más compleja. Un estudio reciente sugiere que la famosa igualdad de algunas sociedades cazadoras-recolectoras no se sostiene principalmente gracias a la bondad, sino a una dinámica mucho más pragmática: las personas con menos recursos reclaman activamente su parte. Piden, protestan o incluso toman aquello que consideran justo de quienes poseen más.

Esta investigación, publicada en PNAS Nexus, se centró en los Hadza de Tanzania, uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores del mundo. Sus resultados muestran que la igualdad no surge como un regalo espontáneo, sino como el resultado de una presión social constante que impide que alguien acumule demasiado.

La presión invisible que mantiene el equilibrio.

Los antropólogos llevan décadas observando que en los campamentos Hadza el alimento se comparte con notable regularidad. La carne de una caza o los frutos recolectados terminan circulando entre muchas personas, generando niveles de igualdad poco habituales en las sociedades modernas. Pero la pregunta siempre ha sido la misma: ¿comparten porque son extraordinariamente altruistas?

Para explorar esta cuestión, los investigadores diseñaron un experimento inspirado en los llamados “juegos económicos”. En él, los participantes debían decidir si daban, tomaban o retenían fichas de comida en relación con otro miembro anónimo de su campamento. El resultado fue revelador.

En términos generales, los participantes tomaron recursos más veces de las que los regalaron. Aproximadamente el 43 % de las decisiones implicaron quitar fichas al otro jugador, mientras que solo el 31 % consistió en ofrecerlas voluntariamente. De hecho, la opción más frecuente fue simplemente no compartir nada.

La diferencia se volvía aún más clara dependiendo de la posición inicial de cada participante. Cuando alguien comenzaba el juego con más recursos que su compañero, solo alrededor del 41 % decidió regalar parte de su ventaja. Sorprendentemente, cerca del 30 % incluso optó por tomar fichas adicionales del otro jugador para aumentar su propio beneficio.

En esas condiciones, la igualdad rara vez aparecía. En cambio, cuando la situación era inversa (es decir, cuando alguien empezaba con menos recursos) el comportamiento cambiaba radicalmente. Casi el 59 % decidió tomar recursos del otro participante para compensar la desventaja inicial. Fue precisamente en estos casos cuando las distribuciones finales se acercaron a los niveles de igualdad observados en la vida real de los Hadza.

En otras palabras, la equidad emergía sobre todo cuando quienes tenían menos reclamaban activamente su parte.

Ni “noble salvaje” ni egoísmo puro.

Las conclusiones del estudio resultan especialmente interesantes porque desmontan dos visiones opuestas sobre la naturaleza humana. Por un lado, cuestionan el antiguo mito del “buen salvaje”, la idea romántica de que las sociedades tradicionales serían inherentemente más altruistas y moralmente puras.

Los propios investigadores subrayan que esto no es lo que muestran los datos. Entre los participantes del estudio había comportamientos muy diversos: algunas personas fueron generosas, otras no, exactamente igual que ocurre en cualquier sociedad humana.-

Crédito: Sergio Parra / ChatGPT.

Pero los resultados también refutan la visión contraria: la que sostiene que el igualitarismo en las sociedades cazadoras-recolectoras es una fantasía romántica sin base real. En realidad, las observaciones etnográficas muestran que la distribución de alimentos entre los Hadza es notablemente equitativa en comparación con muchas economías de mercado.

La clave está en entender cómo se mantiene ese equilibrio. Según los investigadores, no depende de una moralidad excepcional, sino de una dinámica social en la que nadie permite que otro acapare demasiado. Las personas vigilan, comentan, protestan o reclaman cuando perciben desigualdades.

Ese mecanismo puede generar fricciones. Los antropólogos han documentado que las discusiones y quejas sobre la distribución de alimentos son frecuentes. Pero precisamente esa tensión cotidiana es lo que evita que la desigualdad crezca.

Igualdad pragmática en un mundo cambiante.

Desde una perspectiva más amplia, el estudio sugiere que la naturaleza humana no es ni puramente egoísta ni inherentemente generosa. Más bien parece profundamente pragmática. Las personas cooperan, pero también defienden sus propios intereses, y de ese equilibrio surge un sistema social funcional.

En el caso de los Hadza, el igualitarismo puede entenderse como un mecanismo colectivo de autorregulación. Quien tiene más comparte en parte porque sabe que los demás reclamarán, mientras que quien tiene menos no duda en exigir su parte.

Los investigadores también detectaron algunas diferencias interesantes entre grupos. Los hombres y los individuos más jóvenes mostraron una mayor tendencia a regalar recursos cuando tenían ventaja, mientras que las mujeres y las personas mayores tendían a conservar más para sí mismas. Estas diferencias coinciden con patrones observados en la organización del trabajo en la vida cotidiana.

Otro aspecto relevante fue la influencia del contacto con culturas externas. Los participantes que habían tenido más exposición a la escolarización, al trabajo asalariado o a la cultura nacional swahili mostraron una ligera mayor tolerancia hacia la desigualdad. Este cambio podría reflejar el impacto gradual de las economías de mercado, donde la acumulación individual es más aceptada.

Todo ello apunta a que las normas sociales que sostienen la igualdad pueden transformarse con el tiempo. A medida que los Hadza interactúan más con el mundo exterior, las dinámicas tradicionales de compartir podrían modificarse lentamente.

Lejos de destruir la idea de sociedades igualitarias, este estudio ofrece una visión más realista y fascinante. La igualdad no es el fruto de una virtud casi mágica ni de una moral superior. Es, más bien, un delicado equilibrio construido día a día mediante negociación, presión social y defensa de intereses propios.

Por: Sergio Parra. Periodista científico.

Sitio Fuente: MuyInteresante