¿Se avecina un nuevo 'súper El Niño'? El Pacífico lanza las primeras señales

CIENCIA Y SOCIEDAD.-

El rápido calentamiento del Pacífico ecuatorial y la pérdida de fuerza de La Niña elevan la probabilidad de un episodio de El Niño en 2026, aunque su intensidad final sigue siendo incierta.

El Pacífico se recalienta: los modelos vigilan el posible regreso de El Niño en 2026. / IA/T21

El Pacífico está cambiando de fase. Tras meses de La Niña, el calor acumulado bajo la superficie avanza hacia el este y los principales centros de predicción ya vigilan una posible transición a El Niño en la segunda mitad de 2026: la NOAA sitúa esa probabilidad en el 62%, mientras la OMM advierte de que la señal es clara, pero todavía está condicionada por la incertidumbre propia de la primavera boreal.

El océano Pacífico está acumulando calor a una velocidad inusual. Tras meses de La Niña —la fase fría del ciclo climático conocido como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur)— las aguas ecuatoriales muestran un calentamiento acelerado que los modelos de predicción más avanzados interpretan como el preludio de un nuevo episodio de El Niño. Lo singular de este proceso es su posible intensidad: varios sistemas de predicción no descartan que el evento llegue a clasificarse como "súper El Niño", con consecuencias climáticas que se extenderían hasta bien entrado 2027.

El mecanismo que está impulsando esta transición se origina varios centenares de metros bajo la superficie. A lo largo de finales de 2025 y principios de 2026 se registraron en el Pacífico occidental varias ráfagas de vientos del oeste (westerly wind bursts) que comprimieron la termoclina y generaron una ola de Kelvin submarina: una gigantesca masa de agua caliente que viaja a entre 100 y 250 metros de profundidad de oeste a este, erosionando el reservorio frío que sostenía a La Niña.

El efecto es ya visible en la superficie. El último análisis del Climate Prediction Center de la NOAA, publicado el 12 de marzo de 2026, confirma que el índice Niño-3.4 se situó en -0,5 °C durante febrero, mientras las temperaturas subsuperficiales del Pacífico continúan subiendo y los vientos alisios se van debilitando. Al mismo tiempo, el índice Niño-1+2 —el más oriental— ya alcanzaba +0,6 °C, señal de que el calor está aflorando en la zona donde históricamente se manifiestan primero los episodios más intensos.

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Las claves de otra previsible catástrofe climática. / IA/T21.

Lo que dicen los modelos.

El cuadro de conjunto de los principales organismos apunta en la misma dirección, aunque con matices relevantes. La actualización de febrero de 2026 de la Organización Meteorológica Mundial establece que La Niña se está disipando, que las condiciones neutras serán las más probables hasta julio, y que la probabilidad de El Niño aumenta de forma constante a partir de ese horizonte.

La NOAA es algo más concreta: estima un 62% de probabilidad de que El Niño emerja entre junio y agosto de 2026 y persista al menos hasta finales de año. El sistema multimodelo NMME —que integra predicciones del NCEP, el ECMWF y otros centros— muestra una rápida emergencia del fenómeno hacia el verano, con el pico situándose en el invierno 2026-2027. En el extremo superior del abanico de proyecciones del sistema C3S del ECMWF aparecen ya anomalías que igualan o superan el umbral de +2 °C, el que define convencionalmente un "súper El Niño".

No obstante, la propia NOAA advierte que solo existe un 33% de probabilidad de que el evento sea "fuerte" (Niño-3.4 ≥ +1,5 °C) durante el período octubre-diciembre de 2026. La denominada spring predictability barrier —la menor fiabilidad estructural de los modelos durante la primavera boreal— añade incertidumbre a todas estas proyecciones.

Por qué importa en un planeta ya recalentado.

El Niño no crea calor por sí solo: redistribuye el que el océano ha ido acumulando, liberándolo hacia la atmósfera y elevando temporalmente la temperatura media global. El último episodio, en 2023-2024, contribuyó a que 2024 fuera el año más cálido jamás registrado y 2025 el tercero, a pesar de que La Niña ejercía ya un efecto moderador durante buena parte de ese año.

El calendario de los impactos tiene su propia lógica: si El Niño emerge en la segunda mitad de 2026, su impacto más intenso sobre la temperatura media global podría sentirse sobre todo en 2027, cuando la atmósfera haya absorbido plenamente parte del calor liberado por el océano. Por ahora, la señal más sólida es que la transición desde La Niña ya está en marcha: la NOAA calcula un 62% de probabilidad de que el fenómeno se forme entre junio y agosto, mientras la Organización Meteorológica Mundial advierte de que la llamada “barrera de predictibilidad de primavera” sigue reduciendo la fiabilidad de los pronósticos estacionales

Qué significa para Europa y España.

Las teleconexiones del ENSO —los vínculos a distancia entre el Pacífico ecuatorial y la circulación atmosférica de otras regiones— llegan a Europa de forma mucho más indirecta que a América o Asia y suelen quedar moduladas por la variabilidad del Atlántico Norte. La propia literatura científica subraya que, en verano, la señal europea asociada a El Niño es más débil y menos lineal, mientras que una parte importante de los episodios cálidos extremos en el continente se relaciona con la acumulación de calor en el Atlántico Norte y con cambios en la circulación regional más que con una fase concreta del ENSO.

De cara a 2026 y 2027, eso obliga a la prudencia. La NOAA y la Organización Meteorológica Mundial consideran probable una transición desde La Niña hacia El Niño en la segunda mitad de este año, pero trasladar esa señal al tiempo que hará en Europa —y en particular en España— exige cautela, porque intervienen también la Oscilación del Atlántico Norte, la posición de la corriente en chorro y la evolución térmica del Atlántico.

Si El Niño termina consolidándose y alcanza su pico en el invierno 2026-2027, Europa podría notar algunos efectos, aunque de forma mucho menos directa que otras regiones del planeta. Los estudios disponibles indican que esa señal existe en el ámbito euro-mediterráneo, pero también que está muy modulada por la variabilidad del Atlántico Norte, de modo que su traducción concreta para España sigue siendo incierta.

Un diagnóstico provisional, no una certeza.

Lo que la ciencia puede afirmar con base sólida hoy es que la transición está en marcha: el Pacífico está cargando energía y los vientos que sostenían La Niña se debilitan. Lo que todavía no puede determinar con precisión es la magnitud final del evento.

Los próximos meses de observación oceánica y atmosférica —y en particular la evolución de las anomalías subsuperficiales una vez que la ola de Kelvin termine de aflorar— serán decisivos para calibrar si 2026-2027 entrará en los libros de climatología como un evento excepcional o como un El Niño moderado más en la serie histórica.

Por: Eduardo Martínez de la Fe / T21.

Sitio Fuente: Levante / Tendencias21