Un hallazgo sorprendente en el Mar del Norte: científicos descubren cráneos de ballena con dientes de tiburón incrustados que revelan cómo cazaban hace 5 millones de años

PALEONTOLOGÍA.-

Un descubrimiento en Bélgica revela cómo tiburones gigantes se alimentaban de ballenas hace 5 millones de años en un Mar del Norte irreconocible.

Un equipo internacional descubre en Bélgica restos de ballenas con dientes de tiburón incrustados y reconstruye cómo estos depredadores se alimentaban en el Mar del Norte hace 5 millones de años. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Hace unos cinco millones de años, donde hoy navegan cargueros y sopla el viento frío del norte de Europa, el mar escondía una escena mucho más salvaje: tiburones gigantes alimentándose de ballenas. El hallazgo, que parte de un estudio publicado en la revista Acta Palaeontologica Polonica, ofrece una de las pruebas más directas y raras sobre cómo interactuaban grandes depredadores marinos en el pasado.

Tal y como ha revelado el equipo liderado por el paleontólogo Olivier Lambert, dos cráneos fosilizados de cetáceos encontrados en Bélgica conservan algo excepcional: fragmentos de dientes de tiburón incrustados en el hueso. No se trata solo de marcas de mordeduras, habituales en el registro fósil, sino de evidencias físicas del atacante, una especie de “huella dactilar” que permite reconstruir con mayor precisión lo ocurrido en aquellos encuentros.

El estudio, centrado en restos procedentes de la Formación Kattendijk (Plioceno temprano), documenta cómo distintas especies de tiburones interactuaron con al menos dos tipos de ballenas. Una de ellas era una pequeña ballena franca primitiva (Balaenella brachyrhynus), de menos de cinco metros de longitud; la otra, un pariente de las actuales belugas, del género Casatia. Ambas especies habitaban un ecosistema marino hoy desaparecido.

Como señalan los autores, comprender estas relaciones tróficas es clave para reconstruir cómo han cambiado los océanos a lo largo del tiempo. Y en este caso, la evidencia es especialmente reveladora.

Un diente incrustado que cuenta una historia de depredación.

Durante décadas, los fósiles de estos cráneos permanecieron en colecciones científicas sin que se conociera todo su potencial informativo. Fue gracias a la aplicación de técnicas modernas, como la tomografía computarizada (micro-CT), cuando los investigadores pudieron “ver” dentro del hueso sin dañarlo.

El resultado fue sorprendente: en ambos cráneos aparecieron fragmentos de dientes de tiburón, rotos durante el ataque y atrapados en el hueso del animal.

En el caso de la pequeña ballena franca, el diente correspondía a un tiburón de seis branquias (Hexanchus griseus), una especie que todavía existe hoy, aunque con una distribución muy distinta. Este tiburón, de gran tamaño, es conocido por su dieta oportunista, que incluye carroña de grandes animales marinos.

Las marcas observadas en el cráneo sugieren un escenario muy concreto. Tal y como ha adelantado el estudio, la disposición de las mordeduras indica que el tiburón probablemente se alimentó de un cadáver flotante, posiblemente boca arriba. Este comportamiento coincide con lo observado en tiburones actuales, que aprovechan los cuerpos de ballenas muertas como fuente de alimento.

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Detalle de marcas de mordedura de tiburón en el cráneo de una ballena franca extinta. En la imagen inferior se aprecia una dentellada de un tiburón de seis branquias, con la punta del diente incrustada en el hueso. Fuente: Olivier Lambert (RBINS).

Lejos de una escena de caza activa, todo apunta a un episodio de carroñeo. Pero no por ello menos importante: estos eventos son fundamentales para entender cómo fluía la energía en los ecosistemas marinos del pasado.

Pero el segundo cráneo cuenta una historia distinta, más violenta. En el ejemplar del género Casatia, los investigadores identificaron marcas de mordedura mucho más agresivas, concentradas en la región frontal del cráneo.

Esta zona es una estructura rica en grasa que en los cetáceos odontocetos juega un papel clave en la ecolocalización. Pero también es una parte especialmente nutritiva, lo que la convierte en un objetivo atractivo para los depredadores.

En este caso, el diente incrustado pertenecía a un gran tiburón lamniforme, identificado como Carcharodon plicatilis, un pariente extinto del gran tiburón blanco. La disposición de las marcas sugiere un intento de decapitación o, al menos, de desmembramiento del animal. Esto apunta a un comportamiento de depredación activa, en contraste con el caso anterior.

La diferencia entre ambos cráneos es clave: demuestra que no todos los encuentros entre tiburones y ballenas eran iguales. Algunos respondían a oportunidades oportunistas, mientras que otros implicaban ataques directos y posiblemente coordinados.

Un Mar del Norte muy distinto al actual.

Hoy en día, imaginar tiburones gigantes cazando o devorando ballenas en el Mar del Norte resulta casi imposible. Sin embargo, el registro fósil revela un pasado radicalmente distinto.

Durante el Plioceno temprano, hace entre 5 y 4 millones de años, estas aguas eran más cálidas y albergaban una biodiversidad mucho mayor. Grandes tiburones depredadores, incluidos ancestros del tiburón blanco, coexistían con una rica fauna de cetáceos.

El estudio subraya que muchas de estas especies han desaparecido de la región. Ni el tiburón de seis branquias ni los grandes lamniformes dominan hoy estas aguas como lo hacían entonces.

Este cambio no es casual. Tal y como ha revelado la investigación, la evolución de los ecosistemas marinos —incluyendo cambios en la disponibilidad de presas y en las condiciones ambientales— habría contribuido a la desaparición local de estos grandes depredadores.

Lo que estos fósiles dicen sobre el futuro.

Más allá de reconstruir el pasado, el estudio plantea preguntas inquietantes sobre el presente y el futuro. Si los cambios ambientales del pasado alteraron de forma tan drástica la distribución de grandes depredadores, ¿podría ocurrir algo similar hoy?

El propio equipo científico sugiere que el calentamiento global y la redistribución de las especies marinas podrían favorecer el regreso de algunos grandes tiburones a regiones donde hoy son raros o inexistentes.

En este sentido, el Mar del Norte podría no ser tan ajeno a estos depredadores como pensamos. A medida que cambian las temperaturas y las poblaciones de presas, los ecosistemas marinos podrían experimentar transformaciones comparables —aunque no idénticas— a las del pasado.

Lo que estos cráneos fosilizados nos enseñan es que los océanos están en constante cambio. Y que, en ese dinamismo, las relaciones entre depredadores y presas juegan un papel fundamental.

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Izquierda: cráneo de ballena franca extinta con mordeduras de tiburón. Derecha: marcas en el cráneo de un monodóntido; abajo, una beluga actual. Fuente: Olivier Lambert (RBINS)

Un hallazgo excepcional en paleontología.

En paleontología, encontrar huesos es habitual. Encontrar marcas de mordeduras también. Pero hallar fragmentos de dientes incrustados en el hueso es algo extraordinario.

Este tipo de evidencia permite ir más allá de las hipótesis y entrar en el terreno de las reconstrucciones fundamentadas. No se trata solo de imaginar qué ocurrió, sino de demostrarlo. Estos casos siguen siendo extremadamente raros en el registro fósil, especialmente cuando se pueden identificar tanto el depredador como la presa.

Por eso, estos dos cráneos del Plioceno no son solo fósiles más. Son instantáneas congeladas en el tiempo, testimonios directos de interacciones que ocurrieron hace millones de años en un mar que ya no existe. Y, sobre todo, son una ventana a un pasado en el que el norte de Europa era escenario de auténticos dramas marinos, con tiburones gigantes y ballenas como protagonistas.

Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.

Sitio Fuente: MuyInteresante