Un estudio revela qué ocurre en tu mente durante un viaje con psilocibina: el patrón oculto que revela los estados místicos

NEUROCIENCIAS.-

Un estudio reciente identifica una firma biológica concreta asociada a los estados místicos profundos y sugiere que el cerebro, antes incluso de la toma, podría anticipar la intensidad del viaje.

Hay sustancias que no solo alteran la percepción, sino que parecen desplazar el eje íntimo de la conciencia. La psilocibina, el compuesto activo de los llamados hongos alucinógenos, pertenece a esa rara categoría: no se limita a colorear la experiencia, sino que reorganiza, al menos durante unas horas, la forma en que el cerebro conversa consigo mismo. Ahora, un nuevo trabajo aporta una pieza especialmente sugerente a ese rompecabezas: bajo sus efectos, la actividad eléctrica cerebral abandona su cadencia de reposo y adopta una pauta más rápida, más excitada, más intensamente comprometida con el procesamiento interno. 

El hallazgo procede de un estudio publicado en Progress in Neuro-Psychopharmacology and Biological Psychiatry, firmado por investigadores de la Universidad de Macao y de la Universidad de Zúrich. 

Lo más llamativo es que esa transformación no quedó solo en una impresión subjetiva: apareció como una señal cuantificable, registrada mediante electroencefalografía (EEG), y además se relacionó con la fuerza del episodio psicodélico descrito por los participantes. En otras palabras, la intensidad de lo vivido encontró un reflejo visible en las ondas del cerebro.

El instante en que el cerebro cambia de compás.

Para explorar ese viraje, los científicos reclutaron a 25 voluntarios sanos y emplearon un diseño doble ciego, aleatorizado y cruzado: cada participante recibió psilocibina y placebo en días distintos, separados por dos semanas. La dosis activa, de 10 a 20 miligramos según el peso corporal, se administró por vía oral, y la actividad cerebral se registró antes de la toma y 60 minutos después, cerca del momento en que se esperaba el ascenso máximo de los efectos. 

Paralelamente, los sujetos completaron el cuestionario Altered States of Consciousness, una herramienta habitual para medir dimensiones como la unidad con el entorno, las alteraciones sensoriales o la ansiedad. 

La psilocibina redujo la potencia de las ondas lentas, en especial theta y alfa, vinculadas con estados relajados, de reposo y vigilancia básica. Al mismo tiempo, elevó la potencia de ritmos más rápidos, como beta y gamma, normalmente asociados con mayor activación, atención sostenida y procesamiento intenso de la información. 

Esa inversión del equilibrio sugiere que el cerebro deja de “idling”, de mantenerse en su rumor de fondo, y entra en una condición de actividad más viva, quizá más inestable, pero también más rica en contenido interno. 

La lectura es fascinante porque ofrece una traducción fisiológica de algo que, durante décadas, parecía moverse en el territorio escurridizo de lo inefable. Las experiencias descritas como “disolución del yo” o “unidad oceánica” no serían solo metáforas poéticas del trance psicodélico, sino estados acompañados por patrones eléctricos concretos. 

El estudio halló, de hecho, que los cambios más marcados en potencia y conectividad se asociaban con experiencias subjetivas más intensas, incluidas esas sensaciones de fusión con el todo que tantas veces aparecen en la literatura clínica y testimonial sobre psicodélicos. 

La red interior y el misterio de la experiencia mística.

Otro de los puntos más sugerentes del trabajo se sitúa en la llamada red por defecto o default mode network, un conjunto de regiones cerebrales que suele activarse cuando la mente divaga, recuerda, se narra a sí misma o ensaya silenciosamente su propia identidad. Bajo la psilocibina, los autores observaron cambios en la conectividad de esa red, así como aumentos de comunicación en circuitos localizados del lóbulo parietal, una zona crucial para integrar información sensorial y espacial. No se trata de un simple “encendido” o “apagado”, sino de una redistribución del diálogo cerebral. -

Crédito: Sergio Parra / ChatGPT.

Este tipo de resultados encaja con un marco más amplio de investigación: la psilocibina actúa sobre receptores serotoninérgicos, especialmente los 5-HT2A, y distintas líneas de trabajo apuntan a que esa interacción puede favorecer formas de plasticidad neuronal. 

Un estudio publicado en Science mostró que los psicodélicos promueven plasticidad a través de la activación de receptores 5-HT2A intracelulares, una pista relevante para entender por qué estas sustancias despiertan tanto interés terapéutico. No obstante, conviene mantener la brújula de la prudencia: que una molécula favorezca plasticidad o altere redes cerebrales no significa, por sí sola, que constituya una solución clínica simple o universal. 

Hacia una psiquiatría más precisa, pero todavía cauta.

Quizá la observación con mayor proyección clínica sea otra: la actividad cerebral basal, medida antes de ingerir la sustancia, pareció anticipar la intensidad posterior de la experiencia. Los participantes con ciertos patrones previos (sobre todo actividad rápida en regiones frontales y emocionales) tendieron a relatar efectos subjetivos más profundos. 

La promesa es evidente: si futuros estudios confirman esta señal predictiva, el EEG podría convertirse en una herramienta para perfilar qué personas responderán mejor a una terapia asistida con psicodélicos y cuáles podrían necesitar otro enfoque o una preparación distinta.

Esa posibilidad resulta especialmente atractiva en un campo donde los tratamientos son intensivos en tiempo y recursos. Las intervenciones con psilocibina suelen requerir cribado cuidadoso, acompañamiento clínico durante la sesión e integración psicoterapéutica posterior. Además, aunque los ensayos iniciales en depresión resistente y trastorno depresivo mayor han mostrado resultados alentadores, la evidencia aún exige muestras más amplias, seguimientos más largos y una evaluación rigurosa de la seguridad. 

Un ensayo en The New England Journal of Medicine, por ejemplo, encontró mejoría con una dosis única de 25 miligramos en depresión resistente, pero también subrayó la necesidad de estudios mayores y de una vigilancia estrecha de los efectos adversos.

El nuevo trabajo tiene, por supuesto, sus límites: la muestra es pequeña, compuesta por voluntarios sanos y no por pacientes, y algunos registros del grupo placebo debieron excluirse por problemas técnicos. Aun así, deja tras de sí una imagen poderosa: la de un cerebro que, bajo la psilocibina, reordena su música eléctrica y deja una huella mensurable del asombro. 

Tal vez ahí resida su valor más profundo. No en prometer milagros, sino en acercarnos, con instrumentos cada vez más finos, al punto en que la biología y la experiencia se rozan; al instante en que una onda cerebral, fugitiva y silenciosa, se convierte en la antesala de una revelación interior. 

Por: Sergio Parra. Periodista científico.

Sitio Fuente: MuyInteresante