El asteroide que acabó con los dinosaurios era mucho más raro de lo que creíamos: un nuevo estudio obliga a revisar una teoría clave sobre la gran extinción
CIENCIAS DE LA TIERRA Y EL ESPACIO.
Un nuevo análisis de los restos microscópicos del impacto de Chicxulub identifica con una precisión sin precedentes el tipo de asteroide que chocó contra la Tierra hace 66 millones de años y obliga a replantear uno de los mecanismos que habrían desencadenado la gran extinción.
El asteroide que exterminó a los dinosaurios era uno de los más raros del sistema solar. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
A lo largo de mucho tiempo, la gran pregunta parecía tener respuesta. Sabíamos que un enorme asteroide impactó contra la Tierra hace unos 66 millones de años, abrió un cráter de casi 200 kilómetros bajo la actual península de Yucatán y desencadenó una de las mayores extinciones de la historia del planeta. Los dinosaurios no avianos desaparecieron junto a cerca del 75 % de las especies. Sin embargo, seguía faltando una pieza esencial del rompecabezas: ¿qué tipo de objeto era exactamente aquel visitante del espacio?
La cuestión puede parecer un simple matiz, pero en realidad cambia la forma en que entendemos uno de los episodios más trascendentales de la evolución de la vida. No todos los asteroides están formados por los mismos materiales. Algunos contienen abundante agua, carbono o azufre; otros son mucho más pobres en estos compuestos. Esa diferencia condiciona qué sustancias fueron liberadas a la atmósfera tras el impacto y, en consecuencia, qué procesos acabaron transformando el clima global hasta hacerlo incompatible con la supervivencia de la mayoría de los seres vivos.
Ahora, un estudio publicado en Science Advances ha conseguido responder con una precisión inédita a esa incógnita. El trabajo identifica al responsable del impacto de Chicxulub como un tipo extraordinariamente raro de meteorito conocido como condrita carbonácea CO, también denominada clase Ornans. El hallazgo no solo pone nombre al objeto que cambió para siempre la historia de la Tierra, sino que también obliga a revisar parte del relato sobre cómo se produjo aquella catástrofe planetaria.
La investigación, liderada por científicos del Institut de Physique du Globe de Paris junto a instituciones de Bélgica, Austria y Canadá, no ha encontrado un nuevo fósil ni un fragmento gigante del asteroide. La respuesta estaba escondida en cantidades diminutas de metal conservadas desde hace 66 millones de años en una delgada capa de arcilla distribuida por todo el planeta, justo en el límite entre el Cretácico y el Paleógeno.
Una huella química tan pequeña como decisiva.
Puede parecer sorprendente que sea posible identificar un objeto espacial desaparecido hace millones de años cuando el impacto fue tan violento que prácticamente lo vaporizó por completo. Sin embargo, igual que una escena del crimen puede resolverse gracias a una huella dactilar casi invisible, los geólogos buscan otro tipo de firma: la composición isotópica de determinados elementos.
Para entender el estudio conviene detenerse un momento en qué son los isótopos. Un mismo elemento químico puede presentarse en diferentes versiones que poseen igual número de protones, pero distinta cantidad de neutrones. Estas variantes actúan como una especie de código de barras natural. Dependiendo del lugar donde se formó un meteorito en los primeros millones de años del sistema solar, ese código presenta pequeñas diferencias que hoy pueden medirse con instrumentos extremadamente precisos.
En este caso, los investigadores analizaron cinco isótopos estables del níquel presentes en sedimentos procedentes de Dinamarca, España e Italia. Esas muestras contienen una pequeñísima fracción del material extraterrestre expulsado tras el impacto de Chicxulub y mezclado con polvo terrestre.
Tal y como revela el estudio, las proporciones isotópicas obtenidas coinciden con las de un grupo muy concreto de meteoritos: las condritas carbonáceas CO. Hasta ahora existían indicios de que pertenecía a la familia de las condritas carbonáceas, pero esta categoría engloba varios grupos con composiciones muy diferentes. El nuevo trabajo consigue reducir considerablemente las posibilidades.
Este fragmento del meteorito Murchison podría tener una composición muy similar a la del asteroide que acabó con los dinosaurios. Foto: James St. John
"Por primera vez, los científicos pueden identificar con gran precisión el tipo de asteroide que provocó la extinción de los dinosaurios".
¿Qué tienen de especial las condritas carbonáceas CO?
Cuando se habla de meteoritos suele pensarse en simples rocas espaciales. En realidad, representan una enorme diversidad de materiales que conservan información sobre el nacimiento del sistema solar hace unos 4.560 millones de años.
Las condritas carbonáceas son especialmente valiosas porque se consideran algunos de los materiales más primitivos conocidos. Muchas contienen minerales apenas alterados desde la formación de los primeros planetesimales e incluso moléculas orgánicas complejas y agua.
Sin embargo, dentro de este grupo también existen diferencias importantes. Las condritas CO poseen cantidades significativamente menores de elementos volátiles como carbono, agua, zinc y, sobre todo, azufre.
Ese detalle puede parecer menor, pero resulta crucial para interpretar las consecuencias del impacto.
Hasta ahora numerosos modelos asumían que una parte importante del azufre inyectado a la atmósfera procedía del propio asteroide. Ese azufre habría contribuido a formar aerosoles capaces de reflejar la radiación solar durante meses o incluso años, favoreciendo un intenso enfriamiento global conocido como "invierno de impacto".
Si el objeto que chocó contra la Tierra contenía mucho menos azufre del que se pensaba, esa explicación pierde parte de su peso.
El polvo pudo ser mucho más importante de lo que creíamos.
La nueva investigación no cuestiona que el impacto provocara la extinción masiva. Lo que cambia es el reparto de responsabilidades entre los distintos procesos físicos y químicos que siguieron a la colisión.
Tal y como indican los autores, un asteroide con composición CO habría aportado menos compuestos volátiles de los calculados en investigaciones anteriores. Esto significa que el inmenso volumen de polvo y fragmentos pulverizados expulsados desde la corteza terrestre pudo desempeñar un papel todavía más determinante para bloquear la luz solar.
La imagen ayuda a comprenderlo. Imaginemos una habitación completamente iluminada. Si lanzamos al aire una pequeña cantidad de humo, la luz disminuye ligeramente. Pero si pulverizamos toneladas de yeso y cemento hasta llenar toda la estancia de partículas finísimas, la oscuridad puede ser casi total. El nuevo estudio apunta a que el impacto de Chicxulub pudo parecerse mucho más a este segundo escenario.
Ese cambio de perspectiva también afecta a la reconstrucción climática de aquellos meses críticos. El descenso de las temperaturas, el colapso de la fotosíntesis, la interrupción de las cadenas alimentarias y la desaparición de numerosas especies seguirían formando parte del mismo proceso, pero el protagonismo recaería más en el polvo generado por el choque que en la composición química del propio asteroide.
"El hallazgo no cambia que un asteroide provocara la gran extinción, pero sí modifica la explicación de por qué sus efectos fueron tan devastadores".
Un visitante extraordinariamente raro.
Otro aspecto llamativo del estudio es la rareza del objeto responsable.
Las condritas carbonáceas representan únicamente una pequeña fracción de los meteoritos recuperados en la Tierra. Dentro de ese reducido grupo, las condritas CO constituyen una categoría todavía menos frecuente.
Eso convierte al impacto de Chicxulub en un episodio aún más excepcional. No fue simplemente el choque de un gran asteroide, sino el de un tipo de cuerpo muy poco habitual, probablemente originado en regiones alejadas del sistema solar o en la parte externa del cinturón principal de asteroides.
Los investigadores consideran que esta identificación también mejora nuestra comprensión sobre la dinámica del Sistema Solar primitivo y sobre la diversidad de cuerpos que aún pueden cruzarse con la órbita terrestre.
El trabajo, además, pone de manifiesto el enorme potencial de la geoquímica isotópica. Hace apenas unas décadas habría resultado impensable reconstruir el origen de un objeto completamente destruido utilizando únicamente trazas microscópicas conservadas en sedimentos repartidos por todo el mundo. Hoy, esas diminutas diferencias en la composición del níquel permiten descartar unos tipos de meteoritos y señalar otros con una confianza mucho mayor.
La fina capa de arcilla de Stevns Klint (Dinamarca) conserva diminutos restos del asteroide que señalan el límite entre el Cretácico y el Paleógeno. Foto: Dr. Philippe Claeys
Un hallazgo que reescribe parte de la historia de la gran extinción.
La extinción de finales del Cretácico sigue siendo uno de los acontecimientos más estudiados por paleontólogos, geólogos y astrónomos. Cada nuevo descubrimiento añade matices a una historia extraordinariamente compleja.
Este estudio no cambia el hecho fundamental de que un impacto gigantesco desencadenó la desaparición de los dinosaurios no avianos. Tampoco modifica la existencia del cráter de Chicxulub ni las enormes cantidades de energía liberadas durante la colisión.
Lo que sí cambia es nuestra comprensión de los mecanismos que transformaron aquel impacto en una crisis biológica global. Saber que el proyectil pertenecía probablemente a una familia concreta de meteoritos permite reconstruir con mayor precisión qué materiales llegaron a la atmósfera, qué reacciones químicas pudieron producirse y cuáles fueron los factores que inclinaron definitivamente la balanza hacia la extinción.
En ciencia, responder una pregunta suele abrir varias nuevas. Ahora será necesario revisar algunos modelos climáticos desarrollados durante décadas para incorporar esta nueva información sobre la composición del asteroide.
Paradójicamente, la respuesta ha llegado gracias a cantidades casi invisibles de níquel conservadas durante 66 millones de años en una delgada capa de arcilla. Una huella química diminuta que ha permitido identificar al responsable de uno de los acontecimientos más trascendentales de toda la historia de la vida en la Tierra.
Por: Christian Pérez.
Sitio Fuente: MuyInteresante