La ciencia revela cómo los incendios agravaron una extinción masiva hace 201 millones de años
CIENCIAS DE LA TIERRA / CIENCIAS DE LA VIDA.
Un volcanismo gigantesco calentó el planeta y trastornó los paisajes del final del Triásico.
Ahora, un estudio plantea que esos cambios pudieron desempeñar un papel inesperado en una de las mayores crisis biológicas de la Tierra.
Recreación artística de un incendio propagándose por una extensa cubierta de helechos durante el final del Triásico, con volcanes activos. ChatGPT, César Noragueda.
Hace 201 millones de años, nuestro mundo atravesó una convulsión global. Las erupciones de la Provincia Magmática del Atlántico Central liberaron volúmenes colosales de dióxido de carbono y alteraron el sistema climático mientras Pangea empezaba a fragmentarse y se abría la futura cuenca atlántica.
Una extinción masiva, sin embargo, rara vez llega de un único golpe. El ascenso térmico, la aridez, las tormentas, la pérdida de suelo y la transformación de la flora se encadenaron hasta multiplicar el daño. La catástrofe surgió de perturbaciones que se reforzaban mutuamente, no de un agente aislado, y el resultado fue una crisis prolongada, desigual y difícil de revertir.
Una investigación, dirigida desde la Universidad de Utrecht y publicada en Nature Geoscience, incorpora una pieza decisiva a esa secuencia: tras el retroceso forestal, extensas zonas dominadas por helechos, comunidades pioneras, modificaron el combustible vegetal disponible y propiciaron incendios reiterados en buena parte del noroeste europeo.
El problema: reconstruir incendios desaparecidos.
¿Cómo acreditar que amplias regiones ardieron cientos de millones de años atrás? Las llamas no fosilizan ni dejan una fotografía del entorno. Los especialistas reconstruyen aquellos episodios mediante carbón microscópico, moléculas de combustión, polen y esporas sepultados en depósitos que conservaron huellas químicas y ópticas.
"Los núcleos de perforación examinados contienen una franja de restos fósiles de polen y esporas anormalmente oscuros que coincide con la desaparición de numerosos organismos característicos del periodo y el auge de los helechos".
El equipo examinó núcleos de perforación de Reino Unido, Alemania, Dinamarca y Luxemburgo. Todos contienen una franja de palinomorfos (los diminutos restos fósiles de polen y esporas) anormalmente oscuros justo antes del límite entre el Triásico y el Jurásico. Ese tramo, conocido como “zona oscura”, coincide con la desaparición de numerosos grupos de organismos característicos del periodo y con el auge de los helechos.
La tonalidad podía atribuirse, en principio, al enterramiento prolongado. La presión y la temperatura modifican la materia orgánica con el paso del tiempo. Sin embargo, la anomalía aparece en una banda breve y se repite en cuencas sedimentarias con historias geológicas distintas. Las muestras, además, permanecen bien preservadas y exhiben una uniformidad difícil de conciliar con vestigios desplazados desde sedimentos más antiguos.
El fuego escribe en polen y esporas.
La combustión altera la arquitectura química de los tejidos. El calor ennegrece sus paredes, origina partículas carbonizadas y forma hidrocarburos pirolíticos, es decir, compuestos que se forman durante la combustión incompleta de materia orgánica. La coincidencia entre oscurecimiento, microcarbón e hidrocarburos junta indicios independientes en una sola firma. Cada marcador admite otra lectura; reunidos, reducen mucho ese margen.
Para probar la hipótesis, los investigadores calentaron esporas modernas de Lycopodium en condiciones controladas. A 600 grados centígrados adquirieron una oscuridad semejante a la observada en los fósiles del final del Triásico. El resultado respalda una exposición térmica propia de un incendio, aunque no permite calcular la energía absorbida.
Esa salvedad importa: un horno no reproduce un fuego natural ni la ubicación real de una espora. El ensayo respalda esa explicación, pero no la convierte por sí sola en certeza absoluta. La conclusión gana fuerza al combinar el experimento con carbón, trazadores moleculares y comparaciones entre los distintos estratos geológicos.
Un planeta convertido en invernadero.
El contexto fue la Provincia Magmática del Atlántico Central, vinculada a la fractura de Pangea. Sus pulsos eruptivos emitieron alrededor de 100.000 gigatoneladas de CO₂ y elevaron la temperatura media entre 3 y 4 grados durante una fase principal de unos 400.000 años.
"El nuevo régimen de incendios sometió a la vegetación a un intenso estrés térmico y favoreció una mayor sequedad, tempestades y descargas eléctricas".
Según las estimaciones recogidas en el artículo, la concentración atmosférica de dióxido de carbono pasó aproximadamente de 600 a 2.250 partes por millón. El nuevo régimen de incendios sometió a la vegetación a un intenso estrés térmico y favoreció una mayor sequedad, tempestades y descargas eléctricas. La combinación aportaba biomasa inflamable y numerosas oportunidades de ignición.
Los bosques de coníferas protegían el terreno y sostenían redes complejas. Su repliegue liberó extensiones donde organismos oportunistas podían colonizar con rapidez los enclaves alborotados. La merma arbórea no dejó un vacío, sino que reorganizó la fisonomía terrestre. También alteró la humedad, la sombra y el reparto de nutrientes.
El papel imprevisto de los helechos.
Los helechos colonizan con eficacia: dispersan esporas, alcanzan suelos desnudos y prosperan donde otros linajes verdes aún no logran establecerse. El llamado “pico de helechos” registra una expansión repentina de estos pioneros después del derrumbe arbóreo. En paleobotánica, esa señal delata devastación previa, no una comunidad madura.
Durante la crisis triásica, aquella ventaja reconfiguró vastas áreas europeas. Formaciones abiertas, con predominio de helechos y licopodios, sustituyeron a numerosas arboledas desaparecidas. Los autores las denominan “sabanas de helechos”, sin equipararlas a las actuales.
La sustitución debió de cambiar el comportamiento de las llamas. Una masa densa, conectada y estacionalmente seca de frondes (las hojas de estas plantas) ofrecía combustible fino apto para extender fuegos superficiales con rapidez. El estudio plantea ese panorama como una inferencia respaldada por fósiles y asociaciones botánicas comparables, no como una observación directa.
De ese modo pudo, surgir un bucle peligroso: el calentamiento dañaba los árboles, los helechos colonizadores ocupaban la superficie y los incendios repetidos dificultaban el retorno del bosque. Cada fase preparaba la siguiente, como fichas de dominó que vuelven a colocarse antes de una nueva caída.
"Un bucle peligroso: el calentamiento dañaba los árboles, los helechos colonizadores ocupaban la superficie y los incendios repetidos dificultaban el retorno del bosque".
Fuegos a escala continental.
La convergencia de rastros en lugares muy distantes afianza la interpretación. Los núcleos de perforación británicos, alemanes, daneses y luxemburgueses registran el mismo ennegrecimiento en estratos equivalentes del intervalo de extinción. No describen una hoguera local.
Los científicos interpretan esa distribución, junto con microcarbón e hidrocarburos pirolíticos, como evidencia de episodios extensos y frecuentes. La investigación propone una dinámica de fuegos de superficie a escala continental, no una sola llamarada que abrasara Europa simultáneamente. Ese patrón se habría repetido durante milenios y documentado en múltiples localidades.
Después de cada episodio, la erosión arrastraba suelo y materia carbonizada hacia cuencas marinas. Los cortos intervalos entre un incendio y el siguiente habrían impedido una recuperación duradera de los árboles y mantenido degradado el territorio. El paisaje quedaba atrapado en un estado empobrecido.
Por qué el hallazgo cambia el relato de la extinción masiva.
El estudio no sostiene que el fuego originara por sí solo aquella extinción. El volcanismo y el calentamiento actuaron como detonantes, mientras los incendios amplificaron una red de presiones ambientales que ya comprometía a los ecosistemas. La distinción separa una causa geológica primaria de los mecanismos ecológicos que multiplicaron sus consecuencias.
Estas crisis suelen resumirse mediante un detonante espectacular: un asteroide, una erupción o un cambio climático brusco. El hallazgo muestra que la muerte de un ecosistema depende también de procesos intermedios capaces de reforzarse entre sí. Entre el desencadenante y la desaparición biológica opera una maquinaria de retroalimentaciones.
La vegetación no fue una víctima pasiva, sino que su reorganización alteró la inflamabilidad del terreno y creó condiciones capaces de prolongar el deterioro ecológico. Un ecosistema recompuesto alberga especies diferentes y regula de otro modo el agua, el suelo, la temperatura y la combustión.
"El fuego no originó por sí solo aquella extinción: el volcanismo y el calentamiento actuaron como detonantes, mientras los incendios amplificaron una red de presiones ambientales que ya comprometía a los ecosistemas".
Conviene evitar paralelismos automáticos. La geografía, la atmósfera y la biodiversidad de entonces eran muy diferentes. Aquel suceso demuestra, pese a todo, que el clima puede transformar la vida vegetal y que ese nuevo manto de helechos modifica el régimen de incendios. El vínculo opera en ambas direcciones: la crisis transforma el entorno, y este entorno resultante agrava la inestabilidad inicial, favoreciendo nuevas perturbaciones.
El artículo añade una última vertiente: la destrucción continental dejó residuos que acabaron en mares someros, poco profundos. La escorrentía, el agua de lluvia que corre sobre el suelo, transportó carbón y sedimentos erosionados desde las sabanas de helechos hasta los fondos próximos. Las llamas no escribieron solas el desenlace del Triásico, pero extendieron su rastro desde tierra adentro hasta el lecho marino.
Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
Sitio Fuente: MuyInteresante