Crean un cristal de cobre capaz de detectar una luz ultravioleta del Sol que no llega al suelo

CIENCIAS EXACTAS: FÍSICA.-

Hay una parte de la luz que nuestros ojos jamás percibirán y que el Sol apenas aporta a ras de suelo. Aprender a localizarla abre una ventana inesperada sobre aquello que sucede delante de nosotros.

Recreación artística de un cristal de cobre revelando radiación ultravioleta invisible a plena luz del día. ChatGPT, César Noragueda.

Mirar alrededor produce una ilusión muy convincente: parece que vemos cuanto está iluminado. No es así. Nuestros ojos captan una fracción diminuta de la radiación que nos rodea y dejan fuera un territorio enorme que, aunque permanezca invisible, puede contener información valiosa.

El equipo de Zhongqing Zeng, de la Universidad de Chongqing, en China, ha puesto el foco en una zona especialmente peculiar de ese paisaje oculto. Según leemos en Applied Physics Letters, los investigadores examinan una región ultravioleta casi ausente de la radiación solar terrestre.

Si hablamos de luz y estamos bajo el Sol, ¿cómo puede existir una franja donde nuestra estrella apenas interfiera? La respuesta está sobre nuestras cabezas. La atmósfera retiene gran parte del ultravioleta de mayor energía antes de que alcance la superficie.

Hay mucha más luz de la que podemos ver.

La luz visible ocupa solamente una pequeña zona del espectro electromagnético, el conjunto de radiaciones que abarca desde las ondas de radio hasta los rayos gamma. Imaginémoslo como un dial gigantesco: la evolución sintonizó nuestra vista en unas pocas emisoras y dejó las restantes fuera de recepción. Más allá del violeta, comienza el ultravioleta, con longitudes de onda menores y fotones más energéticos.

Que una radiación resulte invisible no implica, pues, que sea oscura, misteriosa ni excepcional. La retina humana sencillamente carece de los receptores adecuados para registrarla. La tecnología ensancha el repertorio de señales a nuestro alcance mediante instrumentos capaces de traducirlas a números, imágenes o impulsos eléctricos.

La extraña oscuridad ultravioleta que existe a pleno día.

Para esta historia, importa la denominada región solar-blind o ciega al Sol, situada por debajo de unos 280 nanómetros, teniendo en cuenta que un nanómetro equivale a una millonésima de milímetro. La atmósfera bloquea casi toda la radiación solar de esa franja antes de llegar al suelo. Tal ausencia ofrece una ventaja contraintuitiva: buscar ciertas emisiones durante el día puede ser más fácil si escogemos precisamente el tramo adecuado del espectro.

Intentar distinguir una voz dentro de una discoteca exige separarla de música, gritos y ecos; escucharla en una biblioteca resulta bastante más sencillo. La región solar-blind rebaja el ruido óptico de fondo y ayuda a aislar emisiones concretas. Ciertas señales ultravioletas destacan durante el día, no a pesar del Sol, sino porque la atmósfera ha silenciado a nuestra estrella justo en ese pequeño intervalo.

"Ciertas señales ultravioletas destacan durante el día, no a pesar del Sol, sino porque la atmósfera ha silenciado a nuestra estrella justo en ese pequeño intervalo".

Ver lo que el Sol no trae hasta nosotros.

¿Para qué sirve semejante capacidad? Los fotodetectores de ultravioleta profundo reconocen emisiones útiles con poca interferencia solar y por ello interesan para localizar llamas, vigilar el medio ambiente, obtener imágenes ultravioletas o desarrollar comunicaciones ópticas seguras. No estamos, por tanto, ante un intento de añadir colores exóticos a nuestros paisajes, sino ante una manera de extraer información relevante del resplandor que normalmente la acompaña.

Una llama puede emitir radiación ultravioleta en longitudes de onda donde el aporte solar al nivel del suelo es escaso. Un sensor selectivo identifica la firma de una fuente sin confundirla fácilmente con el fondo diurno. No contempla fuego como nosotros: responde a fotones que la vista ignora y genera corriente. Ahí reside la idea esencial: un instrumento no necesita mirar como un ser humano para decirnos qué tiene delante.

Y entonces aparece el cristal de cobre.

El titular lo llama cristal de cobre por claridad, pero su composición es más rica: contiene rubidio, cobre, yodo y agua integrada en la red cristalina, con fórmula Rb₂Cu₂I₄(H₂O). El equipo consigue monocristales de esos elementos mediante evaporación controlada de una disolución. A continuación, incorpora una capa muy fina de óxido de molibdeno y electrodos de plata hasta convertir la pieza en un fotodetector.

"El cristal muestra gran sensibilidad al ultravioleta profundo de 235 nanómetros dentro de la región solar-blind, con una buena corriente producida y una detectividad muy alta de emisiones débiles frente al ruido".

Aquí llega el resultado que da sentido al recorrido anterior. El dispositivo muestra gran sensibilidad al ultravioleta profundo de 235 nanómetros dentro de la región solar-blind. A esa longitud de onda, los autores comunican una responsividad de 3.928 miliamperios por vatio y una detectividad específica de 1,36 × 10¹² Jones. La primera magnitud expresa cuánta corriente produce por la potencia recibida; la segunda señala hasta qué punto distingue emisiones débiles frente al ruido.

El nitruro de galio, el óxido de galio y el diamante siguen siendo plataformas dominantes para esta clase de sensores. El nuevo compuesto combina sensibilidad, estabilidad y capacidad de formar imágenes en un mismo sistema material. Esa suma, más que una sola marca espectacular, lleva a los autores a proponer los haluros de cobre como vía complementaria para futuras tecnologías de ultravioleta profundo. Conviene subrayar “complementaria”: el trabajo abre una posibilidad, no jubila de repente las alternativas existentes.

El truco está en qué energía consigue atravesar la puerta.-

¿Por qué reacciona el cristal ante unos fotones mejor que ante otros? Imaginemos un local con un portero que exige un aporte mínimo para entrar. La estructura electrónica del compuesto fija un umbral que solo las partículas de luz con suficiente impulso energético pueden superar. Al franquearlo, impulsan electrones a estados capaces de contribuir a una corriente eléctrica. Esa separación recibe el nombre de banda prohibida o bandgap: una especie de peaje que determina qué radiación puede desencadenar la respuesta buscada.

Recreación artística del filtrado de distintas franjas de radiación solar por la atmósfera terrestre. ChatGPT, César Noragueda.

Los análisis sitúan esa brecha óptica directa en 3,32 electronvoltios. Los ensayos documentan una fotorespuesta desde 235 hasta 365 nanómetros cuya intensidad cambia según la longitud de onda. El aparato, por tanto, no imita un ojo más sensible; obedece a reglas electrónicas que discriminan los fotones según la energía que transportan. Los experimentos suplementarios escrutan con especial detalle el intervalo de 235 a 285 nanómetros, justo donde reside el interés por la captación ultravioleta profunda.

De un único punto a la imagen de un conejo.

Para verificar el salto desde una lectura eléctrica hasta algo reconocible, los autores emplearon el fotodetector como un solo píxel y situaron una máscara con silueta de conejo sobre una plataforma móvil. El sistema recorre 2.500 posiciones y anota la corriente ultravioleta recibida en cada una mediante una cuadrícula de 50 por 50 puntos, separados 100 micrómetros entre sí. No funciona como una cámara convencional: la escena nace de un barrido sucesivo.

El procedimiento recuerda a pintar al revés. En vez de depositar pigmento casilla a casilla, el montaje averigua cuánto ultravioleta llega en cada coordenada y asigna después un tono de gris a ese valor. Los datos eléctricos componen una figura reconocible bajo iluminación ambiental diurna. El ensayo no necesitó transformar la habitación en una cueva para evitar la claridad exterior. La selectividad espectral hizo posible recuperar el contorno mientras alrededor continuaba habiendo luz corriente.

Funcionar una vez no basta.

Calor, aire, uso continuado y envejecimiento suelen sacar a la luz fragilidades que una primera medición oculta. Los autores someten el dispositivo a evaluaciones térmicas y de funcionamiento para poner a prueba su estabilidad.

Los patrones de difracción de rayos X, una técnica que revela cómo se ordenan los átomos, fueron examinados a temperatura ambiente, 50, 100 y 150 grados centígrados. Es una cuestión menos vistosa que reconstruir un conejo invisible, aunque mucho más seria si se piensa en sacar algún día estos detectores del laboratorio.-

Otro indicio favorable procede de cinco fotodetectores fabricados por separado, que arrojaron valores comparables de responsividad y detectividad, un control necesario para averiguar si el comportamiento es reproducible. Las unidades independientes mantienen prestaciones semejantes y hacen menos probable que el éxito obedezca a una casualidad.

Recreación artística de un experimento de detección ultravioleta y reconstrucción de una imagen punto a punto. ChatGPT, César Noragueda.

La muestra continúa siendo pequeña y no acredita una producción industrial, pero sí respalda que el fenómeno no depende exclusivamente de una pieza afortunada.

Lo invisible no estaba oculto: nos faltaba el traductor.

El experimento deja una idea más fértil que la fantasía de adquirir una vista sobrehumana.

Nuestros sentidos no dibujan un inventario completo de la realidad, sino que ofrecen una selección biológica de aquello que resultó útil percibir. Este cristal transforma una parte inaccesible del entorno luminoso en información interpretable. Lo que cambia no es el mundo situado ante nosotros, sino el catálogo de señales que podemos escudriñar con instrumentos. Una frontera sensorial se vuelve así una oportunidad tecnológica.

"El fotodetector conserva contornos claros tras operar a 100 grados centígrados y después de 90 días almacenado al aire".

Queda, además, una comprobación especialmente reveladora. Los investigadores repitieron la obtención de imágenes bajo envejecimiento y temperatura elevada. El fotodetector conserva contornos claros tras operar a 100 grados centígrados y después de 90 días almacenado al aire.

No demuestra todavía que vaya a poblar fábricas, satélites o sistemas contra incendios y, no obstante, indica que la habilidad observada perdura más allá de una medición experimental cuidadosamente escogida.

Al final, la pregunta inicial se da la vuelta. Quizá nunca veamos con nuestros propios ojos esa radiación ultravioleta, pero eso importa menos de lo que parece. La instrumentación científica ensancha lo observable al traducir fenómenos que nuestros sentidos dejan fuera.

Desde un conejo compuesto punto por punto hasta una posible llama diferenciada contra el día, este trabajo recuerda algo elemental y fácil de olvidar: la frontera de lo visible no coincide con la frontera de lo real.

Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Sitio Fuente: MuyInteresante