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Los bigotes ocultos de las patas del gato: el tacto que acompaña cada movimiento

MASCOTAS / GATOS.-

Sobre la almohadilla delantera del gato hay una hilera de pelos rígidos que casi nadie mira. No son pelo corriente: son vibrisas verdaderas y llevan información al sistema nervioso.

Cuando pensamos en el tacto de un gato, pensamos en su cara. Los bigotes del hocico son la imagen fija del animal que mide un hueco antes de meterse en él. Si le levantas con cuidado la pata delantera mientras duerme la siesta, encontrarás algo que rompe esa intuición: una pequeña hilera de pelos rígidos justo por encima de la almohadilla, cerca de lo que sería su muñeca. Esos pelos tienen nombre técnico, anatomía propia y conexión directa con el sistema nervioso. Lo que todavía no tienen es un catálogo de funciones demostradas. Conviene separar ambas cosas, porque en los foros de aficionados y en media internet aparecen mezcladas.

Qué son exactamente las vibrisas carpales.

Los llamados "bigotes de la pata" tienen nombre propio: vibrisas carpales, carpal whiskers en la literatura anglosajona. Se encuentran en las extremidades anteriores, en la cara posterior o interna de la parte distal del antebrazo, justo antes del carpo, la articulación equivalente a nuestra muñeca. Los atlas de anatomía veterinaria y felina, entre ellos el Merck Veterinary Manual, describen entre cuatro y seis por pata, con una longitud aproximada de veinte a treinta milímetros. La cifra es orientativa: procede de descripciones anatómicas generales, no de un estudio morfométrico dedicado al gato doméstico.

Lo relevante no es solo dónde están, sino qué son. No se trata de pelo de cobertura ordinario, sino de vibrisas verdaderas: pelos más gruesos y rígidos, hundidos en la piel a mayor profundidad que el resto del pelaje. En el antebrazo suelen quedar pegadas al pelo circundante, y por eso pasan inadvertidas.

Cada una se asienta en lo que la anatomía llama un complejo folículo-seno. El folículo está rodeado por un sistema de senos vasculares (espacios llenos de sangre) envueltos en una cápsula de tejido conectivo densamente inervada. Cuando el tallo de la vibrisa se desvía, aunque sea mínimamente, esa deformación se transmite a través del seno hasta los mecanorreceptores que rodean el folículo, las terminaciones nerviosas que convierten una presión en señal eléctrica.-

"El gato no necesita empujar un objeto con fuerza para detectarlo: le basta con rozarlo, o con que el aire desplazado por algo cercano mueva ligeramente el pelo".

Ubicación de las vibrisas carpales en la pata delantera de un gato, justo por encima de la almohadilla.

Esa arquitectura explica una capacidad concreta, registrar desplazamientos muy pequeños, y solo esa. No dice qué decisión toma el animal en cada contexto. Ahí se separan la fisiología general de las vibrisas y la etología específica de las carpales.

La base fisiológica, y hasta dónde llega.

No es una hipótesis reciente. En 1973, K.-M. Gottschaldt y su equipo publicaron en The Journal of Physiology el estudio "Functional characteristics of mechanoreceptors in sinus hair follicles of the cat". El trabajo caracterizó experimentalmente los mecanorreceptores de los folículos de pelos sinusales del gato y mostró que existen distintos tipos de terminaciones nerviosas, capaces de responder de manera diferenciada a la dirección y la velocidad con que se desvía el pelo.

Aquí hace falta una matización importante. La evidencia neurofisiológica sobre las vibrisas en general, y sobre las faciales o mistaciales en particular, es sólida y está bien documentada: desde los análisis de la inervación del pad mistacial publicados en los años ochenta hasta las revisiones recientes sobre los tipos de neurona sensorial que inervan cada vibrisa. La investigación centrada específicamente en las carpales es mucho más escasa. Aquel estudio de 1973 se ocupó de los pelos sinusales del gato en conjunto: ofrece la base fisiológica común a todas las vibrisas verdaderas, no una prueba de qué hacen las de la pata durante la caza, la exploración o el aterrizaje.

Tres momentos en los que podrían intervenir.

Hay una escena fácil de reconocer. El gato derriba un juguete, lo aprisiona entre las patas delanteras y, durante un instante, lo manipula sin mirarlo de frente. El hocico queda lejos del punto de contacto, y los pelos situados junto al carpo podrían aportar información sobre el movimiento de ese objeto, sobre si sigue bajo control o intenta escapar. La caza real y el juego de caza comparten esa mecánica, aunque ningún experimento conductual ha aislado todavía la función de estas vibrisas para medirla.

La pata trabaja de otra manera cuando desaparece bajo un sofá, dentro de una caja o por una grieta. El gato tantea un espacio que no puede inspeccionar con la vista. En ese recorrido, una vibrisa carpal podría rozar el borde de la abertura, una superficie interna o el objeto que busca. El Merck Veterinary Manual explica que las vibrisas felinas ayudan a juzgar el tamaño de las aberturas, pero alude a los bigotes en general, sobre todo a los faciales; por sí sola, esa referencia no demuestra la misma función en los pelos del carpo.

El salto exige la lectura más contenida de las tres. Una vibrisa puede tocar el suelo o un borde al apoyar la pata, pero el aterrizaje depende de la visión, el oído interno, la propiocepción articular, los receptores cutáneos y la musculatura del tren delantero. Llamarlas "el sensor de aterrizaje del gato" les atribuye un papel que la evidencia disponible no sostiene. Pueden formar parte del conjunto que sostiene su equilibrio; no hay base para convertirlas en su mecanismo principal.

Cómo observarlas sin convertir el juego en un experimento.

La forma menos invasiva de verlas en acción consiste en grabar a cámara lenta una sesión que el gato ya disfrute. Muchos teléfonos permiten registrar a alta velocidad de fotogramas, y al ralentizar la imagen aparecen los tanteos y los pequeños ajustes de la pata que el ojo pierde durante el movimiento normal.

Un juguete de caña escondido bajo una toalla ligera sirve para empezar. La tela no debe tener bordes rígidos ni elementos que puedan engancharse. También funciona una caja de cartón grande, con orificios amplios, sin aristas cortantes y con una salida despejada. La opción más espontánea es filmar cómo "pesca" algo bajo el sofá durante su juego habitual. En todos los casos manda él: decide si se acerca, si continúa o si se retira.

La grabación ilustra el fenómeno, pero no identifica qué vibrisa provocó una corrección ni demuestra una función sensorial concreta. Y quedan fuera, por descontado, empujarle la pata contra un objeto, taparle la cara, encerrarlo en la caja o asustarlo para provocar una reacción. La observación solo tiene sentido si el animal participa por voluntad propia.

Por qué no conviene recortarlas.

Cortar el tallo de una vibrisa no equivale a cortar un nervio: el pelo en sí no tiene sensibilidad, de modo que un recorte no produce el dolor que sí causaría arrancar el folículo de raíz. El problema está en otro sitio. Al desaparecer el tallo desaparece también, hasta que vuelve a crecer, una vía para transmitir información mecánica al sistema nervioso. Es parecido a tapar con cinta adhesiva un sensor de proximidad: el dispositivo no queda destruido, pero recibe menos datos del entorno.

Ningún experimento ha recortado solo las vibrisas carpales de un grupo de gatos para medir qué pierde el animal después.

Ningún trabajo publicado lo ha hecho. La recomendación de no recortarlas no se apoya, por tanto, en un ensayo específico, sino en un principio prudente de bienestar: conservar la información sensorial que un animal usa para percibir su entorno, salvo indicación veterinaria excepcional. Cuando no hay una medición directa del riesgo, retirar una capacidad sensorial sin necesidad no le aporta nada al gato.

Qué señales sí piden una visita al veterinario.

Las vibrisas carpales no permiten diagnosticar el estrés. Esa valoración exige observar el comportamiento, el ambiente y el estado físico del animal, además de descartar dolor o enfermedad mediante una exploración veterinaria cuando corresponda.

El estado de la zona es otra cosa. Una pérdida localizada de pelo, irritación, costras o lamido insistente de una pata pueden apuntar a problemas dermatológicos, traumatismos, infecciones o alergias, según describe el Merck Veterinary Manual en sus apartados sobre dermatitis, alopecia y prurito felinos. Calvas, inflamación, secreción, dolor al apoyar, rechazo persistente de los saltos o cambios duraderos en la movilidad justifican una consulta para buscar la causa.

Mientras tanto, el hogar puede ofrecer oportunidades de exploración sin forzar ningún movimiento: superficies antideslizantes, rutas de salto estables, rascadores firmes, escondites amplios y juguetes que el gato pueda "pescar" con las patas. Al final del juego, dejar que capture el objeto o darle una pequeña recompensa cierra de forma predecible la secuencia de acecho, persecución y captura.

Conocemos bien las vibrisas de la cara del gato y bastante peor las que están unos centímetros más abajo.

Esos pelos junto a la muñeca no explican por sí solos cada gesto de una pata. Sí forman parte de la arquitectura táctil con la que el gato tantea el mundo. Mantenerlos intactos y ofrecerle un entorno estable son dos medidas sencillas para no interferir con esa percepción mientras la ciencia termina de describirla.

Por: Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital. 

Sitio Fuente: MuyInteresante