Las juventudes, un fuerte liderazgo y una nueva derecha: el mensaje político que América no debe pasar por alto.
Lo que parece, a simple vista, un cambio ideológico, podría ser en realidad el síntoma de algo más profundo: una crisis silenciosa en la representación democrática y una pérdida sostenida de confianza en quienes gobiernan. Se había asumido durante mucho tiempo que las nuevas generaciones transformarían el panorama político hacia la izquierda de forma casi automática con agendas progresistas.
No obstante, las elecciones recientes en América han revelado una realidad mucho más complicada. Los líderes de derecha, muchos de ellos disruptivos, dramáticos y poco conformes a las normas de corrección política, han logrado establecer una conexión notable con los jóvenes en varios países del continente.
El surgimiento de Javier Milei en los medios en 2016 marcó un antes y un después en su camino hacia la presidencia de Argentina. Su discurso contra "la casta política", su narrativa de ruptura con el establishment y su estilo directo en redes sociales resonaron en los jóvenes que estos cansados de la inflación, la falta de oportunidades, ver a los mismos políticos de siempre gobernar por años mientras ellos y sus herederos son los únicos con posibilidades de crecimiento. En El Salvador, Nayib Bukele consolidó una imagen de líder fuerte y eficiente, particularmente atractiva para una generación que se enfoca en resultados tangibles en seguridad. La transformación radical observada en su población le permitió establecer una conexión diferente y de confianza absoluta con su pueblo.
En Estados Unidos, Donald Trump reinventó la retórica conservadora a través de una estrategia desafiante que también resonó entre los jóvenes decepcionados con la política tradicional, que llegaba con problemas que lograron entrar en la comunidad latina y respaldar su discurso. A pesar de que los contextos nacionales son variados, estos líderes comparten aspectos que ayudan a entender su influencia en las generaciones.
–Primero, crean una narrativa antisistema. Incluso al ocupar el poder, se presentan como figuras que retan a las élites políticas tradicionales, “los de siempre”. En sociedades donde ha disminuido la confianza en las instituciones, este discurso encuentra un ambiente receptivo y de impacto.
–Segundo, dominan la comunicación directa .Las redes sociales les permiten hablar directamente a la ciudadanía sin intermediarios .Para una generación acostumbrada a la inmediatez digital, esta cercanía resulta más creíble que los discursos formales llenos de tecnicismos .En este sentido, es notable el impacto que tuvo Milei al aparecer en 2016 en la televisión argentina y en 2021 al convertirse en diputado federal, utilizando la televisión y redes sociales (Instagram, TikTok, X, Facebook) sin recurrir a financiamiento excesivo para campañas, ya que las redes sociales se encargaban del resto.
–En tercer lugar, hacen un llamado a emociones evidentes: indignación hacia la corrupción, incertidumbre por la falta de seguridad, estrés por la falta de trabajos y enojo por la situación económica inestable. Por consiguiente ¿Qué causa que la juventud sienta atracción por estos personajes? Una de las razones más importantes es el desencanto sistémico. La expectativa de adquirir una vivienda se siente más lejana en comparación con generaciones anteriores. En ese marco, los discursos que ofrecen cambio y efectividad resultan más interesante.
Otra causa es el cambio de paradigmas en la política. Actualmente, la formación de opiniones se lleva a cabo mayormente en espacios digitales, donde los mensajes breves y directos logran más difusión que un análisis profundo. los debates políticos suelen ser espacios donde la diversidad de opiniones se escucha, los podcasts han sido implementados también por estos mismos como espacios de reflexión. La política también se ha transformado en un símbolo de identidad y pertenencia. Además, hay un aspecto generacional caracterizado por la búsqueda de certezas. En épocas de incertidumbre donde, los líderes que proyectan seguridad y firmeza brindan una sensación de control y poder. Para algunos jóvenes, la transparencia es más persuasiva que un proceso de negociación. No por ello, debe considerarse este fenómeno solo como un “giro conservador o hacia la ultraderecha” ya que reduce demasiado la complejidad de la situación. Los jóvenes que optan por figuras como Milei, Bukele o Trump muchas veces no lo hacen por convicción ideológica sino en numerosas ocasiones, su voto refleja un hartazgo a las alternativas anteriores en lugar de un apoyo doctrinal. Es una expresión de agotamiento, más que de radicalización.
Aquí se presenta una tensión fundamental para las democracias actuales. La democracia liberal se fundamenta el estado de derecho,” el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, en el principio de No agresión, derecho a la vida, a la propiedad y libertad”. Por otro lado, los liderazgos carismáticos prometen velocidad y decisiones rápidas que, a menudo, no se cumplen o cambian en función de lo que les interesa. Cuando la paciencia de la sociedad se reduce, la percepción de eficacia puede ser más importante que la complejidad institucional.
Este fenómeno no es exclusivo del Cono Sur o de Norteamérica. En México, aunque la situación política tiene sus particularidades, también se nota una juventud cada vez más crítica, más informada digitalmente y menos leal a las identidades de partidos tradicionales. La inestabilidad del voto juvenil es un signo que cualquier actor político debería tener en cuenta a la hora de buscar mejoras hacia ellos.
Más que hablar de un simple crecimiento de la derecha, resulta más preciso reconocer una profunda crisis de representación en las democracias contemporáneas. El ascenso de estos liderazgos no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de vacíos políticos, sociales y culturales que durante años fueron desatendidos o minimizados. Cuando amplios sectores de la población perciben que las instituciones no responden a sus necesidades ni garantizan condiciones reales de desarrollo, buscan alternativas que les ofrezcan certidumbre, identidad y posibilidades de progreso. No se trata únicamente de esperar que el Estado resuelva sus problemas, sino de exigir condiciones que les permitan avanzar con autonomía y dignidad.
En este contexto, el fortalecimiento democrático exige superar la polarización ideológica y atender de manera estructural las causas del descontento, particularmente entre los jóvenes, quienes experimentan con mayor intensidad la precariedad, la desigualdad y la incertidumbre. Así, más que preguntarnos si la izquierda está en su momento final, la cuestión central radica en su capacidad de reinventarse, reconstruir su vínculo social y ofrecer respuestas viables ante las nuevas demandas ciudadanas. El futuro no dependerá de etiquetas ideológicas, sino de la capacidad de los proyectos políticos para recuperar la confianza y responder con responsabilidad a los desafíos de nuestro tiempo.
Citlally Trujeque