El hombre de verdad tiene miedo: la ciencia revela el corazón roto de la masculinidad

CIENCIA Y SOCIEDAD.-

Los datos de 19.000 sujetos en 123 estudios lo confirman: la masculinidad no es una fortaleza, es un castillo de naipes.

La masculinidad no es una fortaleza, sino un castillo de naipes. / IA/T21

Cuestionar la masculinidad de un hombre basta para desencadenar miedo, vergüenza y comportamientos agresivos. El mayor meta-análisis realizado hasta la fecha sobre la amenaza a la masculinidad revela que detrás del "hombre de verdad" hay, ante todo, un hombre con miedo a no serlo.

En agosto de 1914, treinta mujeres recorrieron las calles de Folkestone (Inglaterra) repartiendo plumas blancas —símbolo de cobardía— a los hombres que no vestían uniforme. Nadie les ordenó que se enrolaran; bastó con poner en duda su hombría. El ejército se llenó de voluntarios. Más de un siglo después, un equipo de investigadoras e investigadores de la Universidad RPTU Kaiserslautern-Landau ha demostrado, con el mayor análisis estadístico realizado hasta la fecha, que aquel mecanismo sigue funcionando con una precisión sorprendente.

El trabajo, publicado en Personality and Social Psychology Review, es una meta-análisis de 123 experimentos con 19.448 hombres de trece países diferentes. La conclusión que lo atraviesa de principio a fin tiene el filo de una navaja: el "hombre de verdad" es, ante todo, un hombre asustado.

Qué es exactamente una amenaza a la masculinidad.

Los investigadores la definen como la experiencia subjetiva de perder la hombría ante los propios ojos o ante los de los demás. No hace falta que sea real: basta con la percepción. En los laboratorios, los científicos la provocan de maneras tan simples como pedir a un hombre que trenze el cabello de una muñeca mientras le dicen que su resultado en un test de "conocimiento de género" es sorprendentemente femenino.

El efecto medio de estas manipulaciones es d = 0,45, lo que en psicología se considera un tamaño del efecto de pequeño a moderado, pero estadísticamente muy robusto a lo largo de décadas y culturas. En términos cotidianos: cuestionarle la masculinidad a un hombre le mueve tanto psicológicamente como recordarle que ha cometido un error grave de trabajo.

No todas las amenazas duelen igual. Los investigadores distinguieron entre amenazas inducidas externamente (alguien te dice que eres poco masculino) e inducidas por el propio sujeto (eres tú quien concluye que no cumples el ideal). El segundo tipo resultó ser el más demoledor, con un efecto de d = 0,57.

Dicho de otro modo: no hace falta que nadie te humille. Basta con ponerse a doblar ropa delicada, trenzar el pelo de una muñeca o perder ante una mujer en una negociación para que el propio cerebro encienda las alarmas. La amenaza más eficaz es la que tú mismo te fabricas.

¿Qué le pasa a un hombre cuando se siente "menos hombre"?

Los efectos se dividen en dos grandes categorías. La primera, y la más intensa, son las respuestas internas: miedo, ansiedad, vergüenza (d = 0,68) y una caída inmediata en la percepción de la propia masculinidad (d = 0,65). La segunda son las reacciones compensatorias: demostraciones de rudeza, toma de riesgos, desdén hacia las mujeres y las personas LGTBI+ (d = 0,33).

El dato es revelador: el ruido hacia afuera —la agresividad, el pecho inflado, el desdén— es menos intenso que el dolor hacia adentro. La masculinidad amenazada es, antes que nada, un problema emocional silenciado.

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es el papel del contexto público. Cuando el hombre siente que su fallo de masculinidad va a ser visto por otros —aunque solo sea una cámara de vídeo apuntándole o la promesa de que sus resultados serán publicados—, los efectos se disparan significativamente (d = 0,59 frente a d = 0,42 en privado).

La masculinidad no solo se vive; se actúa. Y actúa más fuerte cuando hay espectadores. Como argumentó la filósofa Judith Butler hace décadas, citada por los autores de este trabajo, el género es una performance y esta meta-análisis le da la razón con 19.000 sujetos experimentales.

Una vez que compensas, la presión baja.

Hay una noticia algo más esperanzadora en los datos: los efectos se debilitan con el tiempo. Por cada respuesta compensatoria que el hombre exhibe —arriesgar dinero, demostrar fuerza, mostrarse dominante—, el efecto sobre las respuestas siguientes decrece en d = 0,04. La masculinidad amenazada es como una llaga que se calma provisionalmente cuando el hombre "demuestra" algo. El problema, claro, es que la calma es temporal: el siguiente cuestionamiento reinicia el ciclo.

Los autores del estudio van más allá del laboratorio. Las amenazas a la masculinidad no son un fenómeno psicológico aislado: alimentan la polarización política, la violencia de género y la reacción contra los avances en igualdad. Cuando un hombre se siente "menos hombre" por tener una jefa, por ganar menos que su pareja o por no encajar en los cánones de la fortaleza física, las consecuencias no se quedan en su cabeza: pueden terminar en votos a partidos de dominación, en actitudes hostiles hacia mujeres y personas LGTBI+, o en conductas de riesgo que ponen en peligro a los demás.

La campaña de la Pluma Blanca de 1914 fue un experimento social masivo de amenaza a la masculinidad. Este meta-análisis es la autopsia de ese mecanismo. Y la conclusión es contundente: en el centro de lo que la cultura llama "ser un hombre de verdad" hay, sobre todo, miedo a no serlo.

Por: Redacción T21.

Sitio Fuente: Levante / Tendencias21