Revelan cómo vivía un extraño pariente de las jirafas hace 16 millones de años encontrado en Cataluña: su crecimiento esconde una clave evolutiva inesperada

CIENCIAS DE LA VIDA / ZOOLOGÍA / EVOLUCIÓN.-

Un análisis de huesos fósiles ha permitido reconstruir la vida de un enigmático pariente de las jirafas, revelando un patrón de crecimiento tan rápido que podría cambiar lo que sabemos sobre la evolución de los grandes herbívoros.

Recreación artística del aspecto de Ampelomeryx ginsburgi, inspirada y adaptada a partir de la ilustración original de Óscar Sanisidro. Foto: ChatGPT-4o

En los paisajes que hoy ocupan viñedos y colinas del Penedès catalán, hubo un tiempo en que la humedad dominaba el entorno. Lagunas poco profundas, vegetación exuberante y bosques ribereños componían un ecosistema muy distinto al actual. En ese escenario se movía un animal tan extraño como fascinante: Ampelomeryx ginsburgi, un pariente lejano de las jirafas que, pese a su linaje, tenía más en común con los ciervos que con los gigantes de la sabana africana.

La historia de esta especie no se ha reconstruido a partir de su aspecto, ni de sus dientes, ni siquiera de sus espectaculares estructuras óseas craneales —dos apéndices sobre los ojos y una curiosa prolongación en forma de “Y” en la parte posterior del cráneo—. Esta vez, la clave ha estado en algo mucho más discreto: el interior de sus huesos.

Durante décadas, los restos de este rumiantes del Mioceno medio han sido objeto de estudio en el yacimiento de Els Casots, uno de los enclaves paleontológicos más relevantes de Europa. Allí, tal y como indica el estudio publicado en Journal of Mammalian Evolution, se han recuperado miles de fósiles que permiten reconstruir con bastante precisión la fauna que habitaba la península ibérica hace unos 15,9 millones de años.

Sin embargo, hasta ahora, gran parte del conocimiento sobre Ampelomeryx se había centrado en su clasificación y parentesco evolutivo. Faltaba una pieza fundamental: entender cómo vivía. Es decir, cuánto crecía, a qué ritmo lo hacía y en qué momento alcanzaba hitos clave de su ciclo vital.

Un archivo microscópico dentro del hueso.

La respuesta a estas preguntas no estaba en la superficie. Los investigadores del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont recurrieron a una técnica cada vez más utilizada en paleobiología: el análisis histológico de huesos fósiles. Este método consiste en cortar secciones extremadamente finas de hueso para observarlas al microscopio.

Lo que encontraron fue, en esencia, una especie de “archivo biológico” grabado en el tejido óseo.

Tal y como ha revelado el estudio, los huesos conservan marcas de crecimiento —similares a los anillos de los árboles— que permiten reconstruir la vida del animal año a año. Estas marcas, conocidas como líneas de crecimiento, indican periodos de desarrollo rápido o pausas en el crecimiento, ofreciendo pistas sobre la biología del organismo.

Para este trabajo se analizaron tibias, un húmero y huesos metapodiales. Las tibias, en particular, resultaron ser las más reveladoras, ya que conservan de forma más completa el historial de crecimiento.

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Cortes histológicos de ejemplares de Ampelomeryx ginsburgi. Fuente: Adaptado de Viladot et al. (2026)

El análisis mostró que el tejido predominante era el llamado hueso fibrolamelar, una estructura asociada a un crecimiento rápido en animales de sangre caliente. Este dato, aunque técnico, es clave: indica que Ampelomeryx no era un animal de desarrollo lento, sino todo lo contrario.

Aun así, hasta este punto, el estudio no había desvelado su hallazgo más importante.

"El entorno en el que vivía, con abundante vegetación y agua, probablemente favorecía una estrategia de crecimiento rápido y reproducción eficiente".

El momento clave llega antes de lo esperado.

Es en la parte final del análisis donde emerge el dato que cambia la interpretación de su biología.

Los investigadores identificaron una estructura ósea específica, que aparece cuando el animal deja de crecer. Este marcador permitió determinar con bastante precisión la edad a la que Ampelomeryx alcanzaba su tamaño adulto.

El resultado fue sorprendente: tal y como ha adelantado la investigación, este rumiante alcanzaba la madurez esquelética alrededor de los 3 años de edad.

Pero lo más llamativo no es eso.

Al analizar la distribución de las marcas de crecimiento y la desaceleración en el ritmo de desarrollo, los científicos detectaron que el animal comenzaba a reproducirse antes de haber terminado de crecer completamente, probablemente en torno a los 2 años.

Este patrón —reproducción antes de alcanzar el tamaño adulto— es característico de muchos rumiantes actuales, como los ciervos, y sugiere una estrategia evolutiva muy concreta: priorizar la reproducción en entornos donde las condiciones pueden cambiar rápidamente.

Más cerca de un ciervo que de una jirafa.

Aunque Ampelomeryx pertenece al grupo de la misma gran rama evolutiva que incluye a las jirafas, su biología cuenta una historia diferente.

Su patrón de crecimiento y reproducción encaja mejor con el de rumiantes de tamaño medio adaptados a entornos densos y húmedos. Esto refuerza la idea de que no vivía en espacios abiertos, sino en zonas boscosas cercanas a masas de agua.

El yacimiento de Els Casots respalda esta hipótesis. Según los datos geológicos y paleontológicos, el área era un entorno lacustre con oscilaciones en el nivel del agua, rodeado de vegetación abundante. Un lugar ideal para un herbívoro que necesitaba alimento constante y cierta protección frente a depredadores.

Además, el estudio también revela variaciones en la estructura interna de los huesos que podrían estar relacionadas con diferentes cargas biomecánicas. Es decir, distintas partes del esqueleto crecían de forma ligeramente distinta en función de su uso, algo que aporta pistas sobre cómo se movía este animal.

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Reconstrucción del aspecto en vida de un ejemplar macho de Ampelomeryx ginsburgi. Ilustración: Óscar Sanisidro / Ayuntamiento de Subirats.

"El patrón de crecimiento observado acerca a Ampelomeryx más a los ciervos actuales que a las jirafas, pese a su parentesco evolutivo".

Un modelo para entender el pasado… y el presente.

Más allá de reconstruir la vida de una especie concreta, este trabajo abre una puerta mucho más amplia.

Tal y como indica el estudio, es la primera vez que se analiza en detalle la histología ósea de un paleomerícido, un grupo de rumiantes ya extintos. Esto sienta las bases para comparar su biología con la de otros herbívoros del Mioceno y entender mejor cómo respondieron a los cambios climáticos de la época.

Y no es un contexto menor. Ampelomeryx vivió durante un periodo en el que las temperaturas globales eran entre 5 y 7 grados más altas que en la actualidad. Este escenario provocó cambios profundos en los ecosistemas, incluyendo la expansión de ambientes cálidos y húmedos.

Comprender cómo estos animales crecían, se reproducían y se adaptaban puede ofrecer claves valiosas sobre cómo responden los mamíferos a cambios ambientales rápidos.

En definitiva, lo que parecía un simple estudio de huesos ha terminado revelando una historia mucho más compleja: la de un animal que crecía rápido, se reproducía pronto y supo adaptarse a un mundo en transformación constante.

Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.

Sitio Fuente: MuyInteresante