Un estudio con 100 fetos revela que el cerebro empieza a "recordar" sabores de verduras antes de nacer
NEUROCIENCIAS.
Los científicos observaron que algunos fetos reaccionan a olores de verduras durante el embarazo y que, años después, esos mismos niños seguían mostrando respuestas más positivas hacia aromas que habían “conocido” antes de nacer.
El hallazgo refuerza una idea cada vez más intrigante para la neurociencia: el cerebro humano podría empezar a construir memoria sensorial y preferencias alimentarias mucho antes del primer biberón.
Recreación artística de una mujer embarazada con una zanahoria y una ecografía. Midjourney, César Noragueda.
Conseguir que un niño pequeño coma verduras puede convertirse en una negociación diaria. Hay familias que prueban juegos, recetas creativas o incluso pequeñas estrategias psicológicas para introducir alimentos como el brócoli, la col rizada o las espinacas en la dieta infantil. Pero un nuevo estudio sugiere que parte de esa relación con la comida podría empezar mucho antes de la primera cucharada.
Mucho antes, de hecho, del propio nacimiento.
Un grupo de investigadores descubrió que los fetos reaccionan a ciertos olores alimentarios durante el embarazo y que años después seguían mostrando respuestas más positivas hacia esos mismos aromas. El trabajo, publicado en Developmental Psychobiology, refuerza una idea cada vez más sólida en neurociencia del desarrollo: el cerebro fetal no permanece desconectado del entorno, sino que empieza a aprender del mundo químico que rodea al cuerpo materno.
La investigación no demuestra que comer zanahorias durante el embarazo vaya a convertir automáticamente a un niño en amante de las verduras. Pero sí apunta a algo más interesante y profundo: que la familiaridad con ciertos alimentos podría comenzar a construirse dentro del útero. De modo que la alimentación prenatal quizá no solo influya en el cuerpo del futuro bebé. También podría participar en la formación temprana de su memoria sensorial.
El experimento comenzó antes del nacimiento.
Los científicos analizaron cómo reaccionaban los fetos cuando sus madres consumían cápsulas con compuestos derivados de zanahoria y col rizada durante el embarazo. Para ello utilizaron ecografías 4D capaces de registrar movimientos y expresiones faciales fetales pocos minutos después de la exposición a los aromas presentes en el líquido amniótico.
El estudio formaba parte de una investigación longitudinal más amplia desarrollada en Reino Unido. Los investigadores ya habían observado anteriormente que los fetos parecían responder de manera distinta a determinados estímulos químicos procedentes de la dieta materna. La nueva fase del trabajo intentó averiguar si esas experiencias prenatales podían seguir dejando huella años después.
Las madres participantes consumieron cápsulas que contenían polvo de zanahoria o kale —una variedad de col rizada— durante el embarazo. Posteriormente, los investigadores realizaron seguimiento de los niños tras el nacimiento y repitieron pruebas relacionadas con esos mismos olores cuando alcanzaron aproximadamente los tres años de edad.
Los niños mostraron expresiones faciales más positivas hacia los aromas que habían experimentado previamente en el útero. Y ese detalle es importante porque el estudio no se basó únicamente en respuestas subjetivas o preguntas sobre preferencias alimentarias. Los científicos analizaron reacciones faciales espontáneas asociadas al reconocimiento y aceptación de ciertos olores.
Recreación artística de verduras en una cocina. Midjourney, César Noragueda.
El resultado encaja con una hipótesis que lleva décadas ganando fuerza en biología del desarrollo: la exposición prenatal podría influir en comportamientos posteriores relacionados con la alimentación.
El líquido amniótico transporta información química.
El útero no es un ambiente silencioso desde el punto de vista biológico. El cerebro fetal está expuesto constantemente a señales químicas que proceden del exterior. Los alimentos consumidos por la madre modifican parcialmente la composición química del entorno fetal durante el embarazo. Aunque durante mucho tiempo se pensó que el útero funcionaba como una especie de cápsula aislada, hoy sabemos que el intercambio biológico entre madre y feto es mucho más complejo.
Moléculas aromáticas derivadas de alimentos y bebidas pueden atravesar el organismo materno y terminar presentes en el líquido amniótico. El feto ingiere pequeñas cantidades de ese líquido de forma habitual mientras su sistema nervioso continúa desarrollándose. Eso significa que el cerebro fetal no solo recibe nutrientes. También entra en contacto con señales químicas relacionadas con sabores y olores del entorno alimentario materno.
"La investigación no demuestra que comer zanahorias durante el embarazo vaya a convertir a un niño en amante de las verduras. Pero sí apunta a que la familiaridad con ciertos alimentos podría comenzar a construirse dentro del útero".
En las últimas décadas, varios estudios ya habían sugerido que bebés recién nacidos parecían reaccionar de forma diferente a ciertos olores familiares experimentados durante la gestación. Pero la nueva investigación resulta especialmente llamativa porque analiza posibles efectos persistentes años después del nacimiento.
Los investigadores creen que este mecanismo podría tener cierto sentido evolutivo. Familiarizarse tempranamente con alimentos presentes en la dieta habitual habría facilitado históricamente la transición hacia la alimentación tras el nacimiento.
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El cerebro podría empezar a “aprender” antes de nacer.
El estudio refuerza la idea de que la memoria sensorial humana puede empezar a formarse durante la etapa fetal. Aunque solemos asociar la memoria con experiencias conscientes, el cerebro construye asociaciones mucho antes de que exista recuerdo autobiográfico.
En neurociencia, este fenómeno suele describirse como aprendizaje prenatal o memoria quimiosensorial. No implica que un feto “recuerde” una zanahoria como lo haría un adulto. Significa algo más básico y primitivo: que determinados estímulos dejan de resultar completamente desconocidos para el sistema nervioso. Y eso puede ser importante.
Uno de los fenómenos más estudiados en alimentación infantil es la llamada neofobia alimentaria: la tendencia de muchos niños pequeños a rechazar alimentos nuevos, especialmente verduras con sabores amargos o intensos. Desde una perspectiva evolutiva, desconfiar de sabores desconocidos pudo actuar como mecanismo de protección frente a sustancias potencialmente tóxicas. Pero la familiaridad cambia esa respuesta.
La exposición repetida a ciertos olores antes del nacimiento podría reducir la sensación de extrañeza cuando esos alimentos aparecen más tarde en la infancia. Los investigadores creen que esa podría ser una de las explicaciones de las respuestas observadas en los niños estudiados.
Reacciones faciales del estudio. Nadja Reissland et al., Developmental Psychobiology.
Eso no significa que exista una programación absoluta de las preferencias alimentarias. La alimentación infantil depende de factores genéticos, culturales, familiares y ambientales extremadamente complejos. Pero la etapa prenatal podría representar una primera capa de influencia mucho más importante de lo que se pensaba.
Las expresiones faciales fueron una de las claves del estudio.
Los investigadores, como decimos, utilizaron movimientos faciales automáticos como indicador de respuestas positivas o negativas hacia determinados olores. Este aspecto metodológico resulta especialmente interesante porque evita depender exclusivamente de respuestas verbales o preferencias declaradas por los niños.
Durante investigaciones previas, el mismo grupo ya había detectado que los fetos parecían mostrar más expresiones relacionadas con “risa” tras la exposición a aromas de zanahoria y más expresiones asociadas al llanto tras exposición a kale o col rizada. Ahora, años después, algunos patrones de respuesta seguían apareciendo ante esos mismos estímulos.
"El estudio encaja con una hipótesis que lleva décadas ganando fuerza en biología del desarrollo: la exposición prenatal podría influir en comportamientos posteriores relacionados con la alimentación".
Los autores sostienen que este tipo de reacciones faciales podría ofrecer pistas sobre cómo procesa el cerebro ciertos estímulos sensoriales desde etapas extremadamente tempranas del desarrollo. Ello también ayuda a desmontar una idea todavía muy extendida: que los fetos viven en un estado perceptivo casi pasivo.
El sistema sensorial fetal empieza a organizar información mucho antes del nacimiento y podría utilizar esa experiencia para adaptarse posteriormente al entorno. La audición fetal, por ejemplo, ha mostrado que los recién nacidos pueden reconocer o preferir ciertos patrones sonoros familiares del embarazo, como la voz materna, ritmos del habla y melodías escuchadas de forma repetida en el último trimestre. La nueva investigación amplía esa posibilidad al terreno de la alimentación y los olores. Entonces, quizá la primera relación emocional con la comida no empiece en la cocina familiar, sino en el interior del cuerpo materno.
La investigación tiene limitaciones importantes.
Los propios autores reconocen que todavía no puede afirmarse que la exposición prenatal determine preferencias alimentarias futuras. Aunque los resultados son llamativos, el estudio presenta limitaciones que obligan a interpretar las conclusiones con prudencia.
La muestra sigue siendo relativamente reducida y las respuestas faciales no equivalen necesariamente a cambios permanentes en hábitos dietéticos. Tampoco resulta sencillo separar completamente los efectos del embarazo de la exposición posterior durante la lactancia y los primeros años de vida.
Además, la alimentación infantil depende de muchos otros factores: el contexto cultural, la repetición de exposición, el comportamiento de los padres, la genética, las experiencias emocionales asociadas a la comida y la disponibilidad de ciertos alimentos.
Los investigadores tampoco analizaron si estos niños terminaron consumiendo más verduras de manera real y sostenida. El estudio se centra sobre todo en reconocimiento y respuesta sensorial.
Recreación artística de un bebé entre verduras. Midjourney, César Noragueda.
Sin embargo, los resultados sí encajan con otros trabajos previos sobre aprendizaje prenatal y plasticidad cerebral temprana. Y abren preguntas muy interesantes.
Lo que podría revelar la investigación en el futuro.
Los científicos creen que futuras investigaciones podrían estudiar si la exposición prenatal influye también en la aceptación de alimentos ultraprocesados o sabores artificiales. Esa posibilidad resulta especialmente relevante en un contexto donde gran parte de la dieta moderna contiene compuestos aromáticos intensos y altamente repetitivos.
Si el cerebro fetal puede familiarizarse con determinados perfiles químicos antes de nacer, entonces el entorno alimentario prenatal podría tener implicaciones mucho más amplias de las imaginadas hasta ahora. Por ejemplo, sobre preferencias hacia alimentos dulces, el rechazo o aceptación de sabores amargos, la adaptación a dietas culturales concretas o incluso la relación temprana con ciertos hábitos alimentarios familiares.
"Este mecanismo podría tener cierto sentido evolutivo. Familiarizarse tempranamente con alimentos presentes en la dieta habitual habría facilitado históricamente la transición hacia la alimentación tras el nacimiento".
La investigación también conecta con un cambio más amplio dentro de la biología del desarrollo. Durante décadas, muchos procesos relacionados con el aprendizaje se asociaron exclusivamente a la infancia temprana. Pero cada vez existen más evidencias de que el cerebro empieza a adaptarse al entorno mucho antes del nacimiento.
El embarazo podría representar una de las primeras etapas de interacción activa entre el cerebro humano y el mundo exterior. Y eso transforma parcialmente la manera en que entendemos el desarrollo cognitivo temprano.
Porque quizá el aprendizaje humano no comienza cuando pronunciamos las primeras palabras ni cuando damos nuestros primeros pasos. Quizá empieza antes incluso de abrir los ojos. Y puede que una simple molécula aromática flotando en el líquido amniótico sea una de las primeras señales que utiliza el cerebro para empezar a interpretar el mundo.
Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
Sitio Fuente: MuyInteresante