La formación de El Niño y sus versiones extremas: el temido "Godzilla"

CIENCIAS DE LA TIERRA / METEOROLOGÍA / CIENCIAS DEL MAR.-

El fenómeno climático podría intensificarse en un mundo en calentamiento.

El fenómeno de El Niño es mucho más que una anomalía pasajera: es una expresión de la compleja interacción entre océano y atmósfera que regula el clima global. Comprender su comportamiento, y en particular el de sus versiones extremas como el llamado “Niño Godzilla”, es clave para anticipar sus impactos en los ecosistemas y en la vida humana.

“Lo que ocurre en el Pacífico ecuatorial no se queda ahí, tiene repercusiones en todo el planeta”, afirma doctora María Luisa Machain Castillo, investigadora del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM.

Cuando las aguas del Pacífico ecuatorial —la franja del océano que rodea el ecuador terrestre— se calientan por encima de lo normal durante varios meses, el planeta entero lo resiente. Lluvias torrenciales en unas regiones, sequías en otras y ecosistemas marinos profundamente alterados forman parte del fenómeno.

En años recientes, algunos eventos han sido tan intensos que han recibido el nombre de “Niño Godzilla” o "Super Niño" . De acuerdo con proyecciones recientes, en 2026 se mantienen condiciones que podrían favorecer el desarrollo de un nuevo evento de El Niño de gran magnitud en el año en curso. Sin embargo, los especialistas en ciencias de la atmósfera advierten que aún existe incertidumbre sobre su evolución y que, por ahora, no es posible anticipar si alcanzará una intensidad extrema.

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El océano Pacífico y los vientos que lo gobiernan.

En condiciones normales, el clima del Pacífico ecuatorial está influenciado por los vientos alisios, corrientes de aire que soplan de manera constante de este a oeste.

“Estos vientos funcionan como un motor que redistribuye el calor en la atmósfera”, señala la investigadora. “Cuando se debilitan, todo el sistema se modifica y se calienta más el Pacífico occidental”.

La investigadora agrega que, esos vientos empujan las aguas cálidas hacia el Pacífico occidental, mientras que frente a las costas de América, particularmente en Perú— permiten el ascenso de aguas frías ricas en nutrientes, en un proceso conocido como afloramiento o surgencia. Este equilibrio sostiene tanto la estabilidad del clima como la alta productividad de los ecosistemas marinos.

En ocasiones, los vientos alisios se debilitan o incluso cambian de dirección. Como consecuencia, disminuye el transporte de agua cálida hacia el oeste y ésta se redistribuye hacia la parte central y oriental del Pacífico ecuatorial.

Como resultado, la temperatura superficial del mar aumenta varios grados durante meses. Este calentamiento —medido como una anomalía respecto al promedio de largo plazo— transfiere energía a la atmósfera y modifica la circulación del aire, es lo que conocemos  como el fenómeno de El Niño.

“El fenómeno  no sólo puede generar más lluvia, sino además la redistribuye”, explica la doctora. “Por eso vemos inundaciones en algunas regiones y sequías en otras donde comúnmente no se presentaban”.

Este reacomodo del océano y la atmósfera no solo modifica la temperatura del mar, sino también la distribución de las lluvias a escala global. Durante El Niño, las zonas donde el aire cálido y húmedo asciende y donde normalmente se forman nubes y tormentas, se desplazan desde el Pacífico occidental hacia el centro y el este del océano.

Como consecuencia, regiones que habitualmente reciben abundantes precipitaciones, como Indonesia o Australia, pueden experimentar sequías severas, mientras que en la costa occidental de América del Sur —particularmente en Perú y Ecuador— se presentan lluvias intensas e inundaciones.

Un océano más cálido puede favorecer la intensificación de ciclones tropicales. “El calor del océano es el combustible de estos fenómenos. Cuando hay más energía disponible, los sistemas pueden intensificarse más rápidamente”, añade. Un ejemplo reciente fue el impacto del Huracán Otis en Acapulco, que se intensificó de manera extraordinariamente rápida antes de tocar tierra. Aunque no puede atribuirse directamente a El Niño, ilustra cómo el calor oceánico puede potenciar fenómenos extremos.

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“Niño Godzilla” y sus impactos.

El término “Niño Godzilla” surgió entre 2015 y 2016, cuando la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) documentó uno de los eventos más intensos de las últimas décadas. En ese episodio, una amplia región del Pacífico central y oriental registró anomalías de temperatura superficial del mar de más de 2.5 °C por encima de lo normal. “No es un término científico, pero ayuda a dimensionar la magnitud de estos eventos extremos”, comenta la doctora Machain.

Otros eventos extremos de El Niño ocurrieron durante 1982-1983 y 1997-1998 con anomalías de la temperatura superficial del mar de hasta 2°C . Dichos eventos propiciaron fuertes cambios en la productividad a todos niveles, desde los productores primarios hasta el colapso de importantes pesquerías en las costas mexicanas. 

Uno de los efectos más importantes es la disminución del afloramiento de aguas frías, lo que reduce la disponibilidad de nutrientes en la superficie del océano y, en consecuencia, la productividad del fitoplancton —base de la cadena alimenticia marina—.

Ese impacto se propaga a lo largo del ecosistema: disminuyen las poblaciones de peces, aves y mamíferos marinos. Además, muchas especies cambian su distribución en busca de condiciones más favorables, mientras que otras pueden ver reducidas sus poblaciones.

También pueden presentarse alteraciones en los ciclos reproductivos, cambios fisiológicos y la expansión de zonas hipóxicas, donde el oxígeno es insuficiente para sostener la vida.

En conjunto, los cambios no solo afectan a los ecosistemas marinos, sino también a las actividades humanas que dependen de ellos, como la pesca, asegura la especialista en Micropaleontología de organismos calcáreos.

Memoria del clima.

El clima de la Tierra ha variado de forma natural a lo largo de millones de años. Estos ciclos ocurren en distintas escalas de tiempo: algunos duran miles de años, mientras que otros, como el fenómeno de El Niño, se presentan en intervalos más cortos, de entre dos y siete años.

Sin embargo, en las últimas décadas se ha registrado un aumento acelerado de la temperatura global, especialmente desde la década de 1970.

En ese contexto, comprender cómo se comporta El Niño en un planeta más cálido es fundamental. Para ello, su grupo de investigación combina mediciones actuales con el estudio de climas del pasado, lo que permite anticipar posibles cambios en su frecuencia e intensidad. 

En el fondo del océano se encuentra uno de los archivos más completos del clima de la Tierra. Lejos de ser un entorno estático, los sedimentos marinos conservan, capa tras capa, la historia de las condiciones ambientales que han prevalecido a lo largo del tiempo.

Estos sedimentos están compuestos por restos de organismos microscópicos como las diatomeas y los foraminíferos. Se trata de microorganismos marinos altamente sensibles a su entorno, cuyas características cambian en respuesta a variaciones en la temperatura, la disponibilidad de nutrientes y la química del agua.

Cuando el clima se modifica, también lo hacen su distribución, su morfología y su composición química. Por ello, estos organismos funcionan como indicadores climáticos: pequeñas señales biológicas que permiten a los científicos reconstruir las condiciones del pasado.

Al morir, sus restos se depositan en el fondo del mar y quedan atrapados en distintas capas de sedimento. Cada una de estas capas actúa como una “fotografía” del momento en que se formó, registrando información clave sobre el ambiente oceánico.

Gracias al análisis de estos registros, los investigadores pueden reconstruir cómo ha cambiado el clima a lo largo de décadas, siglos e incluso millones de años, y comprender mejor los procesos que hoy están transformando el planeta, explica la doctora Machain.

El Niño y la dinámica del Pacífico mexicano.

Estudios realizados entre 2006 y 2012 en el Golfo de Tehuantepec, México, han mostrado la relación entre las dos condiciones recurrentes en la dinámica oceánica de la región y El Niño. Durante el invierno y la primavera, los vientos son intensos y remueven las capas superficiales del océano, favoreciendo el ascenso de aguas profundas ricas en nutrientes, un proceso conocido como surgencia.

Cuando estas aguas alcanzan la superficie, estimulan el crecimiento del fitoplancton —organismos microscópicos que constituyen la base de la cadena alimenticia—, lo que a su vez sostiene a los consumidores primarios y, en última instancia, a las pesquerías. Es decir, “cuando hay surgencia, hay nutrientes, y cuando hay nutrientes, hay vida”.

Y en contraste, durante el verano, cuando los vientos disminuyen, la surgencia se debilita. En estas condiciones, la concentración de clorofila es menor y la temperatura del agua tiende a ser más uniforme, dominada por masas de agua cálida provenientes de corrientes ecuatoriales.

Durante eventos de El Niño, el calentamiento del océano provoca que la termoclina se profundice. La termoclina es la capa que separa las aguas superficiales, cálidas, de las aguas profundas, más frías.

Como resultado, incluso cuando hay viento, la mezcla del agua alcanza principalmente capas superficiales, que son más cálidas y pobres en nutrientes. Esto reduce la productividad biológica y puede afectar las pesquerías. En verano, este efecto puede intensificarse: la termoclina desciende aún más y la concentración de clorofila —indicador de la producción primaria— disminuye de manera notable.

En cambio, durante el fenómeno de La Niña ocurre lo contrario. La presencia de aguas más frías hace que la termoclina sea más somera, lo que facilita el ascenso de aguas profundas ricas en nutrientes hacia la superficie. Esto favorece una mayor productividad biológica y el fortalecimiento de las cadenas alimenticias marinas.

Mientras tanto, en el continente se manifiestan otros efectos: cambios en los patrones de lluvia, sequías en algunas regiones e intensificación de ciertos fenómenos atmosféricos.

Durante el evento extremo de El Niño de 2015–2016, conocido como “Niño Godzilla”, las temperaturas superficiales del océano alcanzaron valores excepcionalmente altos. Fue un año de intensa actividad ciclónica en algunas regiones del Pacífico y de sequías severas en África oriental, señala la bióloga.

La doctora Machain y su equipo realizaron estudios en la zona de Mazatlán, donde instalaron trampas de sedimento desde 2015 y han mantenido el monitoreo hasta la actualidad. Sus observaciones muestran que durante los años de El Niño extremo, la productividad biológica disminuyó de manera notable.

Se registraron cambios importantes en las comunidades de microorganismos: algunas especies redujeron su abundancia, mientras que otras, asociadas a aguas más cálidas, se volvieron temporalmente dominantes. “Los ecosistemas marinos son muy sensibles: responden rápidamente a variaciones en la temperatura”, nos dice. 

Claves del pasado para entender el presente.

Además de los estudios actuales, en el laboratorio de la doctora Machain se realizan investigaciones a escalas de tiempo más largas. Uno de sus trabajos analiza registros de aproximadamente 150 años, entre 1820 y 1940, en la región de Bahía Magdalena, en la costa de Baja California.

En esta zona, las aguas superficiales suelen ser frías debido a la influencia de corrientes provenientes del norte, y solo se calientan de manera significativa durante eventos de El Niño. El análisis de sedimentos permite identificar estos episodios pasados y entender cómo ha variado el clima en la región a lo largo del tiempo, proporcionando un contexto clave para interpretar los cambios actuales.

“Al reconstruir el pasado y observar el presente, la ciencia ofrece herramientas indispensables para comprender este sistema y anticipar sus posibles transformaciones en un escenario climático cada vez más incierto”, señala Machain Castillo.

Por: Consuelo Doddoli.

Sitio Fuente: Ciencia UNAM