Vivió hace 260 millones de años, tenía costillas parecidas a un caparazón y parecía una tortuga: ahora los científicos descubren que no tenía nada que ver con ellas

PALEONTOLOGÍA.-

Un análisis de más de 200 especies fósiles desmonta el papel de un famoso “proto-caparazón” y acerca definitivamente a las tortugas al linaje de cocodrilos y aves.

Reconstrucción paleoartística de una pareja de Eunotosaurus africanus, un antiguo reptil perteneciente al grupo de los millerétidos. Ilustración: Gabriel Ugueto

Durante casi dos décadas, un pequeño reptil del tamaño de un lagarto fue considerado una pieza fundamental para explicar uno de los mayores enigmas de la paleontología: el origen de las tortugas. Sus costillas ensanchadas y su cuerpo compacto parecían representar una etapa temprana en la formación del caparazón. Sin embargo, una nueva investigación acaba de desmontar esa idea y, con ella, una parte importante de la historia que los científicos creían conocer sobre estos animales.

Un equipo internacional de investigadores ha presentado en la revista Current Biology el análisis morfológico más amplio realizado hasta ahora sobre los primeros reptiles. Su conclusión es contundente: Eunotosaurus africanus, un fósil de unos 260 millones de años hallado en Sudáfrica, no era una prototortuga ni un antepasado directo de las tortugas modernas. En realidad, pertenecía a una rama evolutiva completamente diferente.

El hallazgo no solo obliga a replantear el origen de las tortugas. También resuelve una contradicción que llevaba más de veinte años enfrentando a los estudios genéticos y al registro fósil.

El fósil que parecía una tortuga antes de tiempo.

La historia de Eunotosaurus es una de esas que muestran hasta qué punto la evolución puede engañar incluso a los especialistas.

Este reptil vivió durante el Pérmico Medio, mucho antes de que aparecieran las primeras tortugas inequívocas. Medía alrededor de 30 centímetros de longitud y poseía una característica llamativa: unas costillas anormalmente anchas y robustas. A primera vista, aquellas estructuras recordaban a los primeros pasos hacia la formación de un caparazón.

Por ese motivo, numerosos estudios publicados desde comienzos del siglo XXI lo situaron en la base del linaje de las tortugas. Según esa interpretación, el animal representaba una especie de experimento evolutivo temprano que acabaría desembocando millones de años después en los caparazones que conocemos hoy.-

La hipótesis encajaba razonablemente bien con la anatomía externa. Sin embargo, había un problema difícil de ignorar. Los estudios genéticos realizados sobre tortugas modernas apuntaban en otra dirección.

Ejemplar fósil BP-1-7852 de Eunotosaurus africanus. Fuente: Dr. Jonah Choiniere/Instituto de Estudios Evolutivos de la Universidad de Witwatersrand.

Mientras los fósiles parecían sugerir un origen muy antiguo y separado del resto de reptiles modernos, el ADN indicaba que las tortugas estaban estrechamente emparentadas con los arcosaurios, el grupo que incluye a cocodrilos, aves y, en el pasado, a los dinosaurios.

Durante años, ambas líneas de evidencia parecían incompatibles.

"Durante casi 20 años, un único fósil condicionó la interpretación del origen de las tortugas. Ahora los científicos creen que estaba colocado en la rama equivocada del árbol evolutivo".

La clave estaba oculta dentro del cráneo.

Para resolver la cuestión, los investigadores recurrieron a una tecnología que está transformando la paleontología moderna: la tomografía computarizada de alta resolución.

Gracias a estos escáneres, los científicos pudieron observar estructuras internas imposibles de estudiar sin dañar los fósiles. Especialmente importantes resultaron los huesos que rodean el cerebro y el oído interno, una región anatómica que conserva información evolutiva muy valiosa.

Tal y como indica el estudio, el equipo examinó prácticamente todos los ejemplares conocidos de Eunotosaurus conservados en colecciones sudafricanas. Además, comparó su anatomía con la de más de 200 especies fósiles de reptiles.

Los resultados fueron sorprendentes. Lejos de parecerse a las primeras tortugas, el interior del cráneo de Eunotosaurus conservaba rasgos extremadamente primitivos que habían desaparecido mucho antes de que surgiera el linaje de las tortugas. Algunas estructuras presentes en la parte posterior del cráneo, por ejemplo, ya no existían ni en las tortugas ni en ningún reptil moderno.

Los investigadores también identificaron la ausencia de características que sí aparecen en tortugas primitivas confirmadas y en otros reptiles emparentados con ellas.

En otras palabras, cuanto más se observaba el interior de su anatomía, menos relación tenía con las tortugas.

Un parentesco inesperado.

La investigación concluye que Eunotosaurus pertenecía en realidad a un grupo extinguido conocido como los millerétidos, reptiles primitivos que prosperaron durante el Pérmico y que desaparecieron mucho antes de la aparición de los reptiles actuales.

La comparación anatómica reveló numerosas similitudes compartidas con Milleretta rubidgei, otro representante de ese grupo. Entre ellas figuraban varias características del cráneo, la estructura de las costillas y la configuración general del esqueleto.

Esto significa que las famosas costillas ensanchadas de Eunotosaurus no eran el inicio del caparazón de una tortuga.

Según los autores, esas semejanzas surgieron de forma independiente mediante un proceso conocido como evolución convergente. Es decir, distintos animales desarrollaron soluciones anatómicas parecidas porque afrontaban desafíos ecológicos similares.

Los investigadores plantean que el estilo de vida excavador de estos reptiles pudo favorecer la aparición de un tronco más robusto y unas costillas reforzadas. Un cuerpo ancho y resistente habría resultado útil para estabilizar el animal mientras removía el suelo o utilizaba madrigueras.

El parecido con las tortugas, por tanto, sería una coincidencia evolutiva y no una prueba de parentesco.-

Fósil de Eunotosaurus africanus, el reptil de 260 millones de años que durante décadas fue considerado un posible antepasado de las tortugas. Fuente: Dr. Jonah Choiniere/Instituto de Estudios Evolutivos de la Universidad de Witwatersrand.

"Las tortugas dejan de ser una excepción en la evolución de los reptiles y pasan a encajar mejor junto al linaje de cocodrilos y aves".

El ADN tenía razón.

La salida de Eunotosaurus del árbol genealógico de las tortugas tiene una consecuencia inmediata: desaparece uno de los principales obstáculos que impedían reconciliar los datos fósiles con la genética.

Tal y como ha revelado el nuevo análisis filogenético, las tortugas aparecen ahora situadas cerca de los arcosaurios, exactamente donde los estudios moleculares las habían colocado desde hace décadas.

Los investigadores recopilaron cientos de características anatómicas procedentes de 226 especies fósiles para reconstruir las relaciones evolutivas de los primeros reptiles. El resultado ofrece un respaldo morfológico sólido a la idea de que las tortugas comparten un ancestro relativamente cercano con el linaje que acabaría dando lugar a cocodrilos y aves.

Este punto resulta especialmente relevante porque durante años algunos científicos consideraron que las tortugas eran descendientes de reptiles muy primitivos, separados tempranamente del resto de grupos modernos.

La nueva investigación reduce considerablemente esa distancia evolutiva y acerca a las tortugas al núcleo principal de los reptiles actuales.

Una nueva historia para el origen del caparazón.

La revisión también modifica la cronología del origen de las tortugas.

Si Eunotosaurus ya no forma parte de su linaje, la historia de estos animales no comienza hace 260 millones de años. En cambio, los primeros representantes indiscutibles aparecen más tarde, durante el Triásico.

Fósiles como Pappochelys, Eorhynchochelys, Odontochelys y, posteriormente, Proganochelys muestran una secuencia evolutiva mucho más coherente para explicar la aparición gradual del caparazón.

Además, varios de estos animales proceden de ambientes acuáticos o semiacuáticos. Este detalle resulta importante porque cuestiona una idea muy extendida: que el caparazón evolucionó exclusivamente como adaptación a una vida excavadora.

Los autores sugieren que la historia pudo ser más compleja. Algunas características relacionadas con la excavación podrían haberse originado primero en antepasados terrestres, mientras que otras transformaciones posteriores estuvieron vinculadas a la colonización de ambientes acuáticos.

En lugar de una única causa, el caparazón sería el resultado de múltiples presiones evolutivas actuando a lo largo de millones de años.

Un debate histórico que cambia de rumbo.

La importancia del estudio va mucho más allá de las tortugas.

Durante décadas, el origen de estos reptiles fue considerado uno de los problemas más difíciles de resolver dentro de la paleontología de vertebrados. Pocas veces los datos genéticos y fósiles parecían apuntar hacia conclusiones tan distintas.

Ahora, ambas líneas de evidencia convergen por primera vez de manera convincente.

La investigación demuestra también el enorme potencial de las nuevas técnicas de imagen para reinterpretar fósiles estudiados durante generaciones. A veces, la respuesta no está en descubrir nuevos ejemplares, sino en observar los que ya existen desde una perspectiva completamente diferente.

Paradójicamente, Eunotosaurus sigue siendo una pieza clave para comprender la evolución. No porque sea el ancestro de las tortugas, sino porque muestra cómo la naturaleza puede llegar a soluciones anatómicas muy parecidas en linajes que no tienen relación cercana entre sí.

Y eso, en cierto modo, resulta tan fascinante como el misterio que acaba de ayudar a resolver.

Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.

Sitio Fuente: MuyInteresante