Del Barrio al Mundial. Los territorios del fútbol: Federico Fernández Christlieb, geógrafo

CIENCIA-UNAM.-

Cómo el deporte trasciende al conectar con identidades, culturas y realidades complejas.

Es cierto que el fútbol genera pasiones divididas: hay a quienes les gusta y a quienes les resulta indiferente, pero todos sabemos que está ahí. Nadie es ajeno al estruendo de un estadio que vibra por un gol. 

Al final, el fútbol no es solo un deporte; es algo que transforma barrios y despierta identidades. Los estadios y los Mundiales son en realidad, la excusa perfecta para entender cómo nos relacionamos con el lugar donde vivimos y con los demás.

“El fútbol no solo es un juego, también es una forma de representación de una comunidad”, afirma Federico Fernández Christlieb, investigador del Instituto de Geografía de la UNAM. Según su análisis, este deporte no crea las identidades por sí mismo, sino que funciona como un escenario donde éstas se vuelven visibles.

El origen del vínculo se remonta a la Edad Media, cuando aldeas y barrios europeos resolvían sus tensiones compitiendo por llevar un balón rudimentario hasta la parroquia rival. Con el tiempo, esas prácticas se regularon en plazas como las de Florencia, consolidando la relación entre territorio e identidad: los equipos pasaron a ser la representación de sus comunidades.

Este lazo aún es evidente en países como Inglaterra, Argentina o Uruguay, donde el equipo es la “personificación” de la identidad del barrio. Sin embargo, el fútbol también es un fenómeno global de gran escala por su impacto económico y social.

“Hay una riqueza geográfica muy grande en observar estos dos extremos”, señala. “Por un lado, la práctica local en la cancha de barrio y, por otro, el fútbol globalizado que conecta naciones.”-

Especialista en geografía cultural, el trabajo del doctor Fernández revisa cómo las sociedades se apropian de los lugares y los significados que les otorgan con el tiempo. Recientemente, se unió a un proyecto que culminó con la publicación del libro Área Penal: el fútbol en tiempos de la globalización, una obra de 17 capítulos escrita por 38 autores de nueve países.

En entrevista con Ciencia UNAM, expresa que cuando pensamos en la celebración del Mundial de Fútbol solemos enfocarnos en los partidos y los jugadores, pero desde la geografía también se analizan las ciudades que lo hacen posible. En esos eventos, se pueden observar aspectos del funcionamiento urbano.

En el caso de México, que comparte el torneo mundial 2026 con otros dos países, esto se ve en sus tres ciudades sedes: Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Ahí, los estadios y sus alrededores se han adaptado a lo que exigen los organizadores en temas de seguridad, servicios, comercio y accesibilidad. 

Aunque la capacidad de los estadios no cambia, sí lo hace la forma en que se organiza el evento. “Un partido local puede ser igual de complejo que uno internacional”, apunta el investigador. La diferencia real está en el montaje: la logística, la imagen y toda la experiencia que define al espectáculo global. El  torneo permite ver cómo se articulan dos escalas: la ciudad de todos los días y el evento que conecta al mundo.

Escenario de identidades.

Para el doctor Fernández Christlieb, el fútbol no genera identidades, sino que las representa. La conexión con un equipo depende del arraigo previo: historia y pertenencia. Donde ese vínculo es fuerte, la identidad se mantiene incluso si el club desaparece o desciende. 

Desde la geografía, esto se entiende a escala local. En países como Argentina, Brasil o Inglaterra, los equipos están ligados a barrios específicos donde “los barrios son los que cuentan”. Ahí, la identidad es tan potente que incluso zonas vecinas mantienen rivalidades intensas.

En México, en cambio, la identidad suele estar “dispersa”. Las aficiones están mezcladas por todo el país: no hace falta vivir en la CDMX para ser del América, ni en Guadalajara para seguir a las Chivas. Al perderse el lazo con el barrio, la identidad depende más de la familia o los medios y se traslada a la escala nacional. Por eso, cuando juega la Selección, se genera un apoyo que rompe los límites locales y conecta a todo el país.-

Para quienes vivieron los torneos de 1970 y 1986, el Mundial 2026 va más allá del deporte. El investigador recuerda que el Mundial de 1986 fue un evento fenomenal y muy vistoso, marcado por la figura de Maradona y equipos espectaculares. Pero su conexión emocional fue más profunda deriva del Mundial de 1970, su "despertar" al fútbol cuando era niño.

Haber sido testigo de las tres ediciones en suelo mexicano es para él, algo sumamente afortunado. Sin embargo, reconoce que esta conexión es un asunto de vivencias: para las generaciones más jóvenes, el actual Mundial es una experiencia totalmente nueva, sin ese peso de la memoria, pero lista para crear su propia historia. 

¿Quién juega y quién queda fuera?

Los encuentros mundialistas también pueden leerse a través de las relaciones de poder. “En todos ha habido algo, pero en este más que nunca”, advierte Fernández Christlieb.

Un ejemplo claro sucedió en las eliminatorias: Rusia fue excluida tras la invasión a Ucrania, mientras que otros conflictos, como el de Israel y Palestina, no derivaron en sanciones similares. El geógrafo comenta que “ahí hay una preferencia, y eso es una cuestión geopolítica”. En ese escenario, la FIFA actúa como un árbitro global, tomando decisiones que no son estrictamente deportivas.

El papel de Estados Unidos como organizador principal es clave: su peso no nace de la tradición futbolística, sino de su dominio político y económico. Así, el evento deja de ser solo una competencia deportiva para mostrar quién tiene el poder político y económico y así decir quién participa, cómo se organiza y quién pone las reglas. 

Las dimensiones fuera de la cancha inspiraron la creación del libro Área Penal: el fútbol en tiempos de la globalización, resultado del diálogo entre miembros del Seminario Permanente de Paisaje y Geografía Cultural del Instituto de Geografía de la UNAM y la Universidad de Alicante. El proyecto editorial analiza el deporte como un espejo de las tensiones globales.

Fernández Christlieb, quien participa en la edición disponible en línea, explica que  la obra busca entender cómo el fútbol conecta lo local con lo global a través de realidades sociales complejas, ejemplificadas en tres capítulos:

- Mujer y fútbol en Palestina. El libro rescata la voz de una pionera del fútbol palestino, quien relata el reto de ser mujer futbolista en un país árabe y, al mismo tiempo, vivir en un territorio bajo ocupación.

- La política en la tribuna. Documenta el caso de aficiones en Europa con tendencias de izquierda, un fenómeno poco explorado frente a la presencia común de grupos de ultraderecha en los estadios.

- El cambio en el fútbol femenil. Analiza cómo el fútbol español vivió un punto de quiebre tras un episodio de violencia simbólica en la final del Mundial, lo que detonó una transformación estructural en la gestión del deporte en Europa.

En palabras del especialista, los lectores encontrarán acontecimientos de distintas personas y países que demuestran que el fútbol es un territorio donde se disputa mucho más que un marcador.

Hoy su organización prioriza las ganancias rápidas, lo que se refleja en el alto costo de los boletos para ver los partidos, con precios que en México limitaron el acceso a gran parte de la afición. Usa el caso de México como una crítica al modelo actual: cuando las decisiones se toman solo desde intereses privados y sin regulación, el nivel deportivo es el primero en salir perdiendo.

Nos comparte una idea fundamental: hoy el fútbol se organiza para obtener dinero lo más rápido posible, un modelo que el geógrafo David Harvey describe como neoliberalismo. Bajo esta lógica, parece que todo tiene un precio, pero el doctor asegura que hay algo que se resiste a ser una simple mercancía. A pesar de las condiciones adversas, sostiene que el juego sigue siendo de la gente, aunque solo unos pocos puedas entrar al estadio.

“El fútbol no es la televisión, ni los estadios, ni la mercancía que lo rodea”, comenta. Para él, la esencia permanece en lo más simple: una pelota, un terreno cualquiera y personas que se reúnen para jugar y convivir. En tiempos difíciles, la "cascarita" del fin de semana se convierte en un respiro vital.

En su opinión, el verdadero fútbol no está en los anuncios, ni en las camisetas caras, ni en los medios de comunicación.

“La amistad y el placer no se pueden vender; esa es la esencia del juego. El fútbol real es el que sobrevive en el llano, donde una pelota y un terreno cualquiera bastan para que la gente se junte, conviva y se sienta parte de una comunidad, incluso en los momentos más difíciles.”

Por: Karina Oropeza. 

Sitio Fuente: Ciencia UNAM