Descubrimiento histórico en Sudáfrica: recuperan ADN de un antílope de hace 50.000 años que nadie esperaba encontrar
CIENCIAS DE LA VIDA / PALEOBIOLOGÍA.
Un análisis de cientos de fósiles demuestra que el ADN puede sobrevivir durante decenas de miles de años en algunas cuevas africanas, cambiando las expectativas para estudiar la evolución del continente.
Un diminuto fragmento de un diente de antílope ha demostrado que el pasado biológico de África conserva muchos más secretos de los que la ciencia imaginaba, abriendo una nueva etapa para estudiar la evolución de animales e incluso de los primeros humanos. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Durante décadas, los investigadores asumieron que el clima africano había borrado para siempre gran parte de su historia genética. Mientras los hielos de Siberia o las cuevas del norte de Europa devolvían ADN de cientos de miles de años de antigüedad, el calor del África subsahariana parecía actuar como un enemigo implacable de las moléculas que conservan la información hereditaria. Era una limitación aceptada casi como una ley de la naturaleza.
La pregunta era sencilla, pero enorme en sus implicaciones: ¿es realmente imposible recuperar ADN muy antiguo en África o simplemente no se había buscado en los lugares adecuados? La respuesta acaba de empezar a cambiar gracias a un trabajo publicado en Quaternary Science Reviews, que ha analizado centenares de fósiles procedentes de Sudáfrica y ha conseguido recuperar ADN de un antílope que vivió hace unos 50.000 años.
Puede parecer un simple dato cronológico, pero en realidad supone abrir una puerta completamente nueva para reconstruir la historia natural del continente. Hasta ahora, la inmensa mayoría de estudios paleogenéticos se habían concentrado en regiones frías porque las bajas temperaturas ralentizan la degradación del ADN. África, donde surgieron los primeros representantes del género Homo y donde evolucionaron innumerables especies de mamíferos, seguía siendo una gran incógnita genética.
La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Copenhague junto a instituciones sudafricanas y canadienses, no solo demuestra que el ADN puede sobrevivir mucho más tiempo del esperado en determinadas condiciones africanas. También obliga a revisar una idea que parecía asentada: que el clima cálido condenaba irremediablemente cualquier intento de recuperar información genética de épocas remotas.
Un libro cuya tinta desaparece con el tiempo.
Para comprender la importancia del hallazgo conviene imaginar el ADN como un libro escrito con miles de millones de letras. Cada generación copia ese libro para transmitirlo a la siguiente. Sin embargo, cuando un animal muere, ya nadie mantiene el texto. Poco a poco las páginas comienzan a deteriorarse. La humedad, las bacterias, las variaciones de temperatura y las reacciones químicas van borrando letras hasta que el relato termina siendo ilegible.
Ese proceso ocurre en cualquier lugar del planeta, pero la velocidad cambia enormemente según el ambiente. En regiones heladas, el "libro" puede conservarse durante cientos de miles de años. En ambientes cálidos, la destrucción suele acelerarse hasta el punto de que durante mucho tiempo muchos investigadores pensaron que apenas quedaban posibilidades de recuperar ADN antiguo en África.
Precisamente por eso el nuevo estudio resulta tan relevante. Tal y como indica el trabajo científico, el objetivo no consistía en buscar un fósil excepcional, sino en comprobar de forma sistemática hasta dónde llegaba realmente la conservación del ADN y del colágeno —la proteína más abundante de huesos y dientes— en yacimientos sudafricanos de distintas épocas.
Los investigadores reunieron 320 fósiles, principalmente dientes de seis especies diferentes de bóvidos, procedentes de seis yacimientos relacionados con la antigua llanura de Paleo-Agulhas, un enorme paisaje hoy desaparecido que emergía durante las glaciaciones cuando el nivel del mar descendía decenas de metros.
El ADN fue recuperado de un diente de un rebeco de montaña (Redunca fulvorufula) de hace unos 50.000 años, una especie de antílope que todavía habita distintas regiones de África. Foto: Bernand Dupont/Wikimedia.
Hasta ahora, el calor había convertido al África subsahariana en uno de los lugares más difíciles del mundo para recuperar ADN antiguo.
Un paisaje perdido que fue refugio de animales y seres humanos.
Hace decenas de miles de años, la costa sur de Sudáfrica era muy distinta de la actual. Durante las fases frías del Pleistoceno, enormes extensiones del fondo marino quedaron al descubierto formando una inmensa llanura donde convivían grandes herbívoros, depredadores y grupos humanos.
Aquella región ofrecía praderas, humedales, bosques y zonas de matorral que alimentaban una extraordinaria biodiversidad. Muchas de las cuevas situadas junto a la costa funcionaron como refugios naturales para personas y animales durante miles de generaciones. Hoy constituyen algunos de los yacimientos arqueológicos y paleontológicos más importantes del continente.
Los científicos seleccionaron fósiles procedentes de lugares como Boomplaas Cave, Nelson Bay Cave, Klasies River Mouth o Die Kelders. Antes incluso de extraer una mínima muestra para los análisis, digitalizaron cada pieza mediante fotografías, modelos tridimensionales y registros de acceso público. De este modo, aunque fuera necesario perforar ligeramente un diente para obtener polvo destinado al laboratorio, la información morfológica del fósil quedaba preservada para futuras investigaciones.
Después comenzó el verdadero desafío: averiguar cuántos de aquellos restos seguían conservando ADN miles de años después de la muerte de los animales.
El pequeño diente que rompió todas las previsiones.
Los resultados sorprendieron incluso al propio equipo. De los 144 fósiles analizados para buscar ADN, aproximadamente un 45 % conservaban todavía material genético identificable. En paralelo, el estudio evaluó el colágeno en 54 ejemplares y comprobó que alrededor del 35 % seguían conservando esta proteína esencial. La mayor parte correspondía a animales del Holoceno, es decir, con menos de 11.700 años de antigüedad, algo que entraba dentro de lo esperado.
Lo verdaderamente inesperado apareció cuando cuatro fósiles mucho más antiguos también ofrecieron ADN auténtico.
Tres pertenecían al extinto búfalo de largos cuernos (Syncerus antiquus), desaparecido al final del Pleistoceno. Pero el caso más extraordinario era un molar parcial de un rebeco africano de montaña (Redunca fulvorufula), un antílope que aún vive actualmente en distintas regiones del continente.
La antigüedad estimada del fósil ronda los 50.000 años, convirtiéndose en el ADN más antiguo recuperado hasta ahora en el África subsahariana.
Los propios autores, sin embargo, adoptan una postura especialmente prudente. Tal y como revela el estudio, ese ejemplar contenía cierta contaminación de ADN humano moderno que fue eliminada mediante procedimientos bioinformáticos. Además, existe un salto considerable respecto al resto de muestras antiguas recuperadas, por lo que consideran necesario interpretar el resultado con cautela hasta disponer de más evidencias comparables. Esa prudencia, lejos de restar valor al trabajo, refleja precisamente el rigor con el que se aborda un descubrimiento de este calibre.
El lugar importa tanto como la edad.
Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que no todos los yacimientos ofrecieron los mismos resultados.
La edad del fósil resultó ser un factor decisivo: cuanto más antiguo era el ejemplar, menor cantidad de ADN y colágeno conservaba. Sin embargo, los investigadores comprobaron que el lugar donde permanecieron enterrados también influía enormemente.
Dos fósiles con edades similares podían mostrar niveles de conservación muy distintos dependiendo del microclima de la cueva, la humedad, la estabilidad térmica o las características químicas del sedimento.
Además, el trabajo detectó una relación significativa entre la conservación del colágeno y la del ADN dentro de un mismo yacimiento. En otras palabras, si un fósil mantiene bien su colágeno, aumenta la probabilidad de que todavía conserve ADN aprovechable. Esto podría permitir en el futuro seleccionar previamente los mejores candidatos antes de realizar análisis destructivos.
El estudio también comparó distintas técnicas de laboratorio y obtuvo otra conclusión práctica muy importante: las bibliotecas de ADN monocatenario recuperaron hasta 6,7 veces más ADN original que los métodos tradicionales de doble cadena cuando las muestras estaban muy degradadas. Para la paleogenómica africana, donde cada fragmento cuenta, esta diferencia puede resultar decisiva.
Reconstrucción facial de Homo naledi realizada mediante una técnica de deformación anatómica coherente. Foto: Cicero Moraes
El ADN recuperado de este antiguo rebeco de montaña, una especie que aún vive en África, se convirtió en el más antiguo obtenido hasta ahora en el África subsahariana y demuestra que el material genético puede conservarse durante decenas de miles de años incluso en climas cálidos.
Un descubrimiento que cambia la historia que podremos contar.
Este hallazgo no significa que pronto vayamos a secuenciar el ADN de especies africanas de hace un millón de años. Los propios investigadores consideran muy improbable obtener material genético de homínidos mucho más antiguos, ya que las condiciones climáticas siguen imponiendo límites muy severos.
Sin embargo, sí modifica profundamente el horizonte científico.
Hasta ahora muchos estudios simplemente descartaban determinados fósiles africanos porque se asumía que no conservarían ADN. A partir de ahora esa idea deja de ser válida. Existen cuevas y entornos donde la información genética ha sobrevivido durante decenas de miles de años, mucho más de lo que se pensaba.
Eso abre la posibilidad de reconstruir con mayor precisión cómo cambiaron las poblaciones animales durante la última glaciación, cómo evolucionaron distintas especies africanas o cómo respondieron los ecosistemas a los grandes cambios climáticos del pasado.
También ofrece una perspectiva completamente nueva para futuras investigaciones sobre la evolución humana. Aunque recuperar ADN extremadamente antiguo siga siendo improbable, el intervalo comprendido entre hace unos 40.000 y 50.000 años deja de parecer una frontera infranqueable.
En realidad, el mayor valor del estudio quizá no sea haber encontrado el ADN de un antílope concreto. Lo verdaderamente importante es haber demostrado que todavía existen páginas de la historia genética africana que nadie había conseguido leer. Y eso significa que muchas de las respuestas sobre nuestro propio pasado podrían seguir esperando, intactas, en el interior de un pequeño diente enterrado desde hace decenas de miles de años.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante