¿Tyrannosaurus Rex cazaba o era carroñero? Unas mordeduras de hace 67 millones de años aportan una nueva pista
CIENCIAS DE LA VIDA / PALEONTOLOGÍA.
Un análisis de más de 3.000 huesos fósiles revela que el gran depredador también aprovechaba cadáveres y, además, cambia la forma en que los paleontólogos identifican las mordeduras en dinosaurios.
Un estudio atribuye al Tyrannosaurus rex parte de las marcas de dientes halladas en fósiles del Cretácico. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Durante décadas, cada marca sospechosa sobre un hueso de dinosaurio ha despertado la misma pregunta: ¿es la huella de un depredador o simplemente una cicatriz producida por el paso del tiempo? La respuesta parece sencilla, pero para los paleontólogos supone uno de los mayores retos a la hora de reconstruir la vida en los ecosistemas desaparecidos hace millones de años. Una pequeña depresión en un fósil puede cambiar por completo la interpretación del comportamiento de una especie extinta.
Esa es precisamente la cuestión que aborda un nuevo trabajo publicado en PLOS One. El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Loma Linda, no solo identifica varias mordeduras atribuidas con gran probabilidad a Tyrannosaurus rex, sino que también propone una forma mucho más rigurosa de reconocer cuándo una marca fue realmente causada por un diente y cuándo tiene un origen completamente distinto. Tal y como revela el trabajo científico, la diferencia puede modificar las conclusiones sobre depredación, carroñeo e incluso enfermedades en dinosaurios.
La investigación parte de una idea sencilla de entender mediante una comparación cotidiana. Imaginemos que un arqueólogo encuentra un viejo mueble lleno de arañazos. Algunos podrían haber sido provocados por una herramienta, otros por insectos, otros simplemente por el desgaste de décadas de uso. Si todos se atribuyeran al mismo origen, la historia del objeto sería errónea. Con los fósiles ocurre exactamente lo mismo: no todas las perforaciones significan que un animal fue mordido.
Por eso, antes incluso de preguntarse si un T. rex atacó a otro dinosaurio, los científicos necesitaban resolver un problema mucho más básico: aprender a distinguir las verdaderas huellas de dientes de otras alteraciones naturales que pueden parecer idénticas.
Más de 3.000 huesos para responder una sola pregunta.
El trabajo se desarrolló sobre una extraordinaria colección de fósiles procedentes de la Formación Lance, en el estado estadounidense de Wyoming, un yacimiento del Maastrichtiense, el último intervalo del Cretácico, hace entre 72 y 66 millones de años. Allí aparecieron miles de restos pertenecientes principalmente a Edmontosaurus annectens, un gran dinosaurio herbívoro de pico de pato que convivió con algunos de los depredadores más famosos de todos los tiempos.
Los investigadores revisaron uno por uno 3.013 huesos, un trabajo minucioso que requirió años de observación con lupas, microscopios digitales y, en algunos casos, tomografías computarizadas para examinar el interior de determinadas perforaciones. Tal y como indica el estudio, únicamente 13 huesos presentaban inicialmente marcas compatibles con posibles mordeduras.
Sin embargo, el resultado más llamativo llegó precisamente cuando comenzaron a descartar hipótesis. Uno de esos trece ejemplares, que durante un primer examen parecía mostrar varias perforaciones compatibles con dientes, terminó revelándose como un falso positivo.
Las imágenes obtenidas mediante tomografía mostraron que aquellas cavidades no eran consecuencia de una mordida. Se trataba de forámenes naturales del hueso, pequeños conductos anatómicos por donde originalmente pasaban vasos sanguíneos y nervios. Además, la comparación con otros fósiles confirmó que pertenecían a la anatomía normal de un ceratópsido y no a un hadrosaurio.
Ese hallazgo, aparentemente secundario, constituye una de las principales aportaciones del estudio. Demuestra que incluso especialistas experimentados pueden confundir estructuras anatómicas normales con señales de alimentación si no analizan cuidadosamente el contexto del fósil.
Los distintos tipos de marcas de dientes identificadas en fragmentos de espinas neurales. Fuente: C. T. Siviero et al., PLOS One (2026)
"Solo 12 de los 3.013 huesos analizados conservaron auténticas marcas de dientes, una rareza que convierte cada fósil en una valiosa fuente de información".
Solo doce huesos conservaron auténticas mordeduras.
Tras eliminar ese falso positivo, únicamente doce fósiles conservaron evidencias convincentes de haber sido mordidos.
Las marcas aparecían repartidas entre costillas, vértebras, un radio y un cúbito. Algunas consistían en perforaciones profundas; otras eran largos arañazos producidos cuando el diente resbaló sobre el hueso durante la mordida. También aparecían surcos paralelos extremadamente finos que conservaban incluso la impronta de los dentículos de los dientes serrados.
Aquí entra en juego un concepto poco conocido pero fundamental para comprender la investigación: los icnotaxones.
En paleontología no solo se clasifican animales. También se clasifican las huellas que dejan. Igual que existen nombres científicos para pisadas fósiles, también existen para determinados tipos de marcas de dientes. En este caso destacan dos: Knethichnus parallelum, formado por finísimas líneas paralelas producidas por los dentículos de un diente serrado al deslizarse sobre el hueso, y Linichnus serratus, caracterizado por un surco curvado con un patrón serrado muy reconocible.
Estas marcas funcionan casi como una huella dactilar.
Los investigadores midieron cuidadosamente la distancia entre esas diminutas estrías y la compararon con la separación de los dentículos presentes en los dientes fósiles de distintos depredadores conocidos en el mismo yacimiento.
Las "huellas dactilares" de un Tyrannosaurus Rex.
En aquel ecosistema convivían varios dinosaurios carnívoros con dientes serrados, además de cocodriliformes. La clave estaba en comprobar cuál de ellos presentaba una separación entre dentículos compatible con las marcas observadas en los huesos.
El resultado apuntó hacia un único candidato. Tal y como revela el estudio, la densidad de las estrías coincide con la dentición de Tyrannosaurus rex, mientras que las demás especies conocidas del yacimiento presentan serraciones demasiado finas para producir ese patrón concreto.
No significa que todas las mordeduras del conjunto pertenezcan necesariamente al gran depredador. Algunas perforaciones podrían corresponder a cocodrilos u otros carnívoros contemporáneos. Pero en cuatro de los huesos las evidencias son suficientemente sólidas para considerar a T. rex como el responsable más probable.
Lo interesante es que la investigación no intenta presentar una escena espectacular de caza. De hecho, los propios resultados apuntan en otra dirección.
Excavación de fósiles de Edmontosaurus annectens en un gran yacimiento del Cretácico Superior en Wyoming (EE. UU.). Foto: Bethania C.T. Siviero
Las diminutas estrías dejadas por los dentículos de los dientes funcionan como una auténtica huella dactilar capaz de señalar al posible autor de la mordedura.
¿Cazador o carroñero? Las marcas cuentan una historia diferente.
Cuando un animal sobrevive a una mordedura, el hueso comienza a cicatrizar. Esa reparación deja señales muy características que los paleontólogos pueden reconocer millones de años después.
En este caso sucede justo lo contrario. La inmensa mayoría de las marcas carece de cualquier indicio de curación. Eso indica que las mordeduras se produjeron cuando el animal estaba muriendo o, probablemente, después de haber muerto. El escenario más compatible con las evidencias es el carroñeo.
No significa que Tyrannosaurus rex no cazara. La enorme cantidad de pruebas anatómicas acumuladas durante décadas continúa apoyando su capacidad como gran depredador. Lo que demuestra este yacimiento es algo diferente: también aprovechaba cadáveres cuando tenía oportunidad.
Desde el punto de vista ecológico tiene todo el sentido. Los grandes depredadores actuales, desde los leones hasta los osos o los cocodrilos, combinan la caza con el consumo de carroña siempre que ello les permite ahorrar energía. No existe motivo para pensar que un animal de varias toneladas actuara de forma distinta hace 67 millones de años.
Los distintos tipos de marcas de dientes identificadas en costillas fósiles. Foto: C. T. Siviero et al., PLOS One (2026)
"Los investigadores recurrieron incluso a tomografías para comprobar que algunas supuestas mordeduras eran, en realidad, estructuras naturales del hueso".
El verdadero descubrimiento no son las mordeduras.
Aunque la posibilidad de atribuir algunas marcas a este dinosaurio es el aspecto más llamativo, el verdadero avance del trabajo es metodológico.
Tal y como ha revelado la investigación, muchas perforaciones atribuidas durante años a mordeduras podrían tener otros orígenes completamente distintos: enfermedades óseas, erosión durante la fosilización, actividad de otros organismos después de la muerte o incluso estructuras anatómicas normales.
Eso obliga a ser mucho más prudentes antes de reconstruir escenas de caza basándose únicamente en un agujero sobre un hueso.
La consecuencia va mucho más allá de este yacimiento de Wyoming. Los nuevos criterios propuestos permitirán revisar fósiles estudiados desde hace décadas y evaluar con mayor precisión cómo interactuaban depredadores y presas en los ecosistemas del final del Cretácico.
En otras palabras, este estudio no solo identifica quién dejó unas marcas sobre unos huesos. Enseña a leer mejor un lenguaje que lleva más de 66 millones de años escrito en piedra.
Por: Christian Pérez.
Sitio Fuente: MuyInteresante