¿Y si la ropa se lavara y se arreglara a sí misma? Un hongo chino ya insinúa cómo sería una prenda viva

CIENCIAS.-

Descubre cómo un hongo chino permite que la ropa se autorrepare y se limpie sin agua. ¡Revoluciona tu forma de vestir!.

Durante generaciones hemos asumido que un tejido es, por naturaleza, un objeto muerto: fibras entrelazadas que se rasgan, se manchan y se degradan sin remedio hasta acabar en la basura. Un equipo de investigadores de los Shenzhen Institutes of Advanced Technology, en China, acaba de presentar un material que rompe esa premisa desde la raíz, y de forma literal: un textil fabricado a partir de un hongo vivo, capaz de repararse a sí mismo, limpiarse sin detergente y protegerse de la radiación ultravioleta como lo haría una piel. Es, en esencia, el primer prototipo serio de ropa que se autorrepara, una idea que hasta ahora pertenecía más a la ciencia ficción que a los laboratorios de ciencia de materiales.

El organismo elegido no es una seta cualquiera. Se trata de Cordyceps militaris, un hongo conocido sobre todo por su uso en la medicina tradicional asiática, que los investigadores han convertido en la base de lo que la ciencia de materiales denomina materiales vivos de ingeniería (ELM, por sus siglas en inglés para engineered living materials). El hallazgo, recogido este mes por el South China Morning Post, marca un salto respecto a lo que veníamos entendiendo por moda sostenible con hongos y sitúa a estos textiles vivos en el centro del debate sobre el futuro de la moda biotecnológica.

De sustrato pasivo a organismo con funciones activas.

El uso del micelio (la red de hifas microscópicas coan la que crecen los hongos filamentosos) como materia prima textil no es una novedad en sí misma. Compañías como MycoWorks o Bolt Threads, con su producto Mylo, llevan más de una década demostrando que esa red, rica en quitina y glucanos, puede prensarse en láminas con una textura y una resistencia comparables a las de un cuero sintético de gama baja. Pero en ese modelo el hongo se cultiva, se seca y, en la práctica, se mata: lo que llega a la tienda es un esqueleto orgánico inerte, tan muerto como el algodón o el poliéster.

Lo que diferencia al trabajo de Shenzhen es que una parte del sistema permanece viva dentro del tejido terminado. Esa red micelial activa es la que, según describen los autores, puede seguir creciendo y cerrando las zonas dañadas cuando encuentra condiciones adecuadas de humedad y nutrientes, un mecanismo de autorreparación que convierte el corte de una prenda en algo más parecido a una herida que cicatriza que a un desgarro definitivo. Los propios investigadores resumen su avance como el paso de un textil hecho de materia orgánica muerta a otro que se comporta como si tuviera piel propia.

Las aplicaciones que se vislumbran para este tipo de ropa van más allá de la anécdota de laboratorio: uniformes de trabajo sometidos a roces y cortes constantes, equipamiento de montaña o expedición donde remendar una prenda no siempre es posible, indumentaria técnica para personal sanitario o de emergencias, e incluso vendajes textiles vivos capaces de sellar pequeñas heridas en la propia tela. En todos los casos, la promesa es la misma: alargar la vida útil de una prenda sin necesidad de aguja, hilo ni parche.-

Autolimpieza sin química: un organismo que metaboliza la suciedad.

La segunda propiedad, la autolimpieza, plantea un contraste evidente con lo que ya existe en el mercado. Los tejidos autolimpiables convencionales dependen de nanopartículas de dióxido de titanio o de plata, que actúan por fotocatálisis o por efecto antimicrobiano pasivo: química aplicada sobre una superficie inerte. El material fúngico, en cambio, se apoya en la actividad biológica de la propia red viva, capaz de descomponer materia orgánica de forma parecida a como un hongo recicla nutrientes en el bosque.

Es una diferencia de naturaleza, no solo de grado: pasar de una barrera física que repele la suciedad a un organismo que, en cierto sentido, la digiere. Los investigadores reconocen además que este tipo de sistema puede personalizarse mediante consorcios con otros microorganismos, lo que permite incorporar funciones adicionales sin rediseñar toda la estructura del textil desde cero. Ese enfoque modular, señalan, abre la puerta a una auténtica familia de textiles funcionales vivos adaptables a distintos usos, desde la ropa deportiva hasta las prendas de protección industrial.

El escudo solar que viene de Chernóbil.

Es precisamente esa modularidad la que permite incorporar la tercera función anunciada: la protección frente a la radiación ultravioleta. Según la nota difundida esta semana, el equipo logra esa capacidad con ayuda de otros microorganismos que aportan pigmentación protectora, un principio que enlaza con uno de los hallazgos más citados de la micología de las dos últimas décadas.

En 2007, la investigadora Ekaterina Dadachova y su equipo publicaron en PLoS ONE un estudio sobre hongos melanizados hallados en el propio reactor accidentado de la central nuclear de Chernóbil, entre ellos especies como Cryptococcus neoformans y Cladosporium sphaerospermum. El trabajo mostró que estos organismos no solo toleraban la radiación ionizante, sino que crecían entre tres y cuatro veces más rápido que sus equivalentes sin melanina, lo que sugería que este pigmento podía absorber y disipar la energía de la radiación de forma parecida a como la clorofila capta la luz para la fotosíntesis. La melanina de estos hongos, resumía entonces Dadachova, parecía comportarse casi como una versión biológica de un panel solar, capaz de aprovechar una energía que a cualquier otro organismo destruiría.

Aquel hallazgo, pensado en origen para entender la biología extrema, funciona hoy como el sustrato conceptual que hace verosímil trasladar una función protectora similar a un textil de uso diario. Conviene subrayar, eso sí, que la vía de pigmentación que emplea el equipo chino no recurre a la misma cepa estudiada en Chernóbil, sino a microorganismos asociados elegidos específicamente por su capacidad fotoprotectora.-

Un material que se degrada en 41 días.

Más allá de las tres funciones que dan titular a este avance, hay un dato quizá igual de relevante para el futuro de la moda: la evaluación ambiental del material indica que se degrada en unos 41 días en condiciones adecuadas. La cifra sitúa a este textil vivo en un terreno muy distinto al de las fibras sintéticas convencionales, cuya persistencia en los vertederos se mide en décadas o siglos, y abre la puerta a aplicaciones que van más allá de la ropa: desde envases biodegradables hasta componentes textiles de uso técnico y desechable.

Ese ritmo de degradación es, sin embargo, la otra cara de la moneda de tener un tejido vivo. Un material que se descompone con relativa rapidez obliga a resolver antes cómo mantenerlo funcional durante todo el tiempo que se necesite usarlo, un reto de escalado que los propios investigadores identifican como uno de los principales obstáculos de los materiales vivos de ingeniería en general.

La paradoja de una prenda que hay que cuidar como a un organismo.

Aquí aparece la paradoja central de esta línea de investigación. Un material vivo no se comporta como un objeto de consumo estándar, sino como un ser que necesita ciertas condiciones para sobrevivir: humedad, temperatura y, quizá, nutrientes puntuales. Eso convierte el mantenimiento de una prenda en un ejercicio distinto del de lavar y planchar, más cercano al cuidado de una planta doméstica que al de una camisa de algodón. Y ese matiz abre, a su vez, una discusión regulatoria todavía incipiente: si una prenda contiene organismos fúngicos vivos y potencialmente modificados, ¿debe regularse con el mismo marco que un organismo genéticamente modificado de uso agrícola? ¿Qué ocurre si esas estructuras vivas se liberan al medio ambiente durante un lavado doméstico?-

Ninguna de estas preguntas tiene todavía respuesta normativa clara, y probablemente no la tendrá hasta que un producto de este tipo salga del laboratorio y llegue de verdad a la fase comercial. Lo que sí parece razonable anticipar, a la luz de precedentes bien documentados, es que esta convergencia de biología sintética y ciencia de materiales no es un caso aislado. La autorreparación mineral de ciertas esporas fúngicas en materiales de construcción, estudiada por la investigadora Congrui Jin, de la Universidad de Binghamton, y publicada en Fungal Biology, apunta en la misma dirección: una corriente que ya avanza en paralelo en la arquitectura, con edificios experimentales construidos con micelio autorreparable. Cuando esas esporas encuentran una grieta, explica Jin, la colonizan y depositan minerales que la sellan, un proceso que ella describe como una suerte de cicatrización mineral, muy cercano en espíritu al que ahora se busca replicar en un tejido.

La frontera entre un tejido y un organismo, hasta ahora nítida, empieza así a desdibujarse. Si el material de Shenzhen consigue escalar de prototipo de laboratorio a producto textil viable, la próxima revolución de la moda quizá no se mida en hilos por centímetro cuadrado, sino en la capacidad de una prenda, o de cualquier otro textil inteligente biofabricado, para seguir, en sentido literal, un poco viva.

Por: audienciaszinetmedia / Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital.

Sitio Fuente: MuyInteresante