Creían que un pulpo de 18 metros dominó los mares del Cretácico: pero todo se sostiene sobre un pico fósil de apenas 86 milímetros

CIENCIAS DE LA VIDA / PALEOZOOLOGÍA.-

¿Un pulpo gigante del Cretácico midió 18 metros? Descubre qué revela un pico fósil de 86,4 mm y dónde termina la evidencia científica del caso.

La imagen es magnética: un octópodo colosal, tan largo como un autobús articulado, patrullando los océanos de la era de los dinosaurios como amo indiscutible. El titular sobre este pulpo gigante del Cretácico ha corrido veloz por medios de todo el mundo. Sin embargo, cuando uno rastrea de dónde procede esa cifra de 18 metros, no encuentra un cuerpo gigantesco, ni brazos preservados, ni siquiera un esqueleto. Encuentra un pico.

Un pico fósil de 86,4 milímetros, para ser exactos. Esa es la pieza sobre la que se ha levantado toda la reconstrucción de un animal de casi 18,6 metros. Entre ese dato y ese titular hay un abismo que conviene recorrer con calma, porque en ese trayecto se esconde algo mucho más interesante que un simple kraken prehistórico: cómo la ciencia reconstruye animales completos a partir de fragmentos ínfimos.

Qué se encontró realmente: la evidencia sobre la mesa.

El origen de la noticia es un estudio publicado en Science el 23 de abril de 2026 por Ikegami y sus colaboradores (consulta el estudio original en Science sobre el octópodo gigante cretácico), del que se hicieron eco Nature, el reportaje del Natural History Museum de Londres sobre el mayor octópodo conocido y Scientific American ese mismo día. El taxón protagonista es Nanaimoteuthis haggarti, un octópodo atribuido al Cretácico tardío, un intervalo que abarca aproximadamente de 100 a 72 millones de años atrás.

Aquí está el primer matiz decisivo. El material fósil que sostiene la hipótesis no son cuerpos completos, ni brazos, ni esqueletos articulados, sino mandíbulas inferiores o picos, según el propio estudio y la síntesis divulgativa del Natural History Museum. La razón es puramente tafonómica: los pulpos son animales de cuerpo blando que apenas dejan registro fósil. El pico, compuesto de quitina, es la parte con mayor probabilidad de sobrevivir millones de años, una permanencia tan sorprendente como ver el CO₂ convertirse en carbono sólido en condiciones controladas.-

Se produce así una de las paradojas más elocuentes del registro fósil: la porción más pequeña y resistente de un animal perdura, mientras el resto, precisamente lo que permitiría conocer su anatomía real, desaparece por completo. Una cápsula mandibular de 86,4 milímetros ha de responder por un animal entero. Conviene subrayarlo desde ya: lo único identificado taxonómicamente con solidez es un pico de octópodo; la imagen de un pulpo moderno de 18 metros nadando en el Cretácico es una recreación divulgativa útil para visualizar el hallazgo, no una certeza anatómica confirmada por el fósil.

Aquí tienes la traducción del texto científico, utilizando la terminología geológica y anatómica correcta en español:- El espécimen holotipo de *Nanaimoteuthis hikidai*, una mandíbula inferior (KMNH IvP 902,001); Campaniense inferior, Cretácico Superior, área de Haboro, Hokkaido, Japón. Vistas lateral derecha (A), lateral izquierda (C), dorsal (D) y frontal (E), y vista lateral derecha tras retirar parte de la lamela externa (B). Fuente: Wikimedia

Reconstrucción del pico fósil de 86,4 milímetros atribuido a Nanaimoteuthis haggarti, la pieza sobre la que se apoya la estimación de tamaño de este octópodo gigante cretácico. Crédito/atribución: Natural History Museum de Londres, a partir de Ikegami et al., Science (2026).

De los 86 milímetros a los 18 metros: cómo se infla una cifra sin mentir.

¿Cómo se pasa de un pico a un coloso? Mediante una cadena de escalado en dos pasos, tal y como detalla el Natural History Museum. Primero se convierte la longitud de la capucha del pico, esos 86,4 milímetros del mayor ejemplar, en una longitud del manto. Después se transforma esa longitud del manto en una longitud total del cuerpo, brazos incluidos. Es decir, todo el tamaño estimado a partir del pico depende de que esas dos conversiones intermedias se sostengan.

Para el primer salto, los investigadores recurrieron a relaciones observadas en octópodos cirrados actuales, entre ellos Cirroteuthis muelleri y Stauroteuthis syrtensis. El supuesto de partida es doble: que la proporción entre el pico y el manto de esos parientes vivos se mantuvo estable durante decenas de millones de años, y que el ejemplar fósil no era un individuo atípicamente grande o pequeño dentro de su especie. Para el segundo salto se aplicaron proporciones modernas entre manto y cuerpo completo, lo que asume además que la longitud relativa de los brazos no cambió sustancialmente desde el Cretácico. Cada conversión es razonable, pero cada una añade incertidumbre, y esta se acumula al encadenarlas. En las fuentes consultadas no se especifica un intervalo de confianza numérico explícito para esos 18,6 metros; lo que sí queda claro es que se trata de una estimación, no de una medición directa.

Y aquí conviene detenerse, porque la longitud total es una medida especialmente escurridiza en un pulpo. En un esqueleto de mosasaurio, la distancia entre el hocico y la cola es una dimensión estable. En un octópodo, los brazos son flexibles: se extienden, se recogen y no forman una longitud fija. Los 18,6 metros describen, en el mejor de los casos, una extensión máxima modelizada, no la talla habitual del animal. Si aquel pulpo cretácico tenía brazos proporcionalmente distintos de los actuales, el resultado podría desviarse de manera notable.

Por eso la cifra circula redondeada como 18 o 19 metros según la cobertura. No es una medición fósil directa, sino una estimación derivada de un modelo. La distinción no es un tecnicismo: es la diferencia entre lo que se midió y lo que se calculó.

Evidencia, inferencia e interpretación: tres cosas distintas.

Conviene separar con nitidez tres niveles que los titulares tienden a fundir en uno solo. La evidencia son los picos fosilizados y el desgaste que presentan. La inferencia es el tamaño calculado por escalado. Y la interpretación es el papel ecológico, esa etiqueta de "principal depredador" que ha protagonizado los titulares. Dicho de otro modo: el fósil confirma un octópodo, no confirma un pulpo de 18 metros tal y como lo dibujan las ilustraciones divulgativas.

Sobre el desgaste, la información es real y valiosa. Según Scientific American, los investigadores observaron desgaste localizado en los bordes y las puntas de algunos picos, compatible con una alimentación carnívora y, posiblemente, con el procesamiento de presas de caparazón o huesos duros. También se detectó un desgaste asimétrico, interpretado como indicio de un uso especializado de la mandíbula.

Pero atención a lo que ese desgaste dice y a lo que no dice. Revela que hubo alimentación activa y repetida. No identifica qué presas consumía el animal. Para reconstruir una dieta con solidez harían falta asociaciones directas con restos de presas, marcas de mordida que encajen morfológicamente, contenidos estomacales o análisis químicos. En las fuentes revisadas no se documentan contenidos estomacales asociados de forma inequívoca a Nanaimoteuthis haggarti, ni coprolitos diagnósticos, ni marcas de mordida vinculadas a sus picos.

Qué es realmente un "depredador ápice" y por qué el título va largo.

Aquí llega el punto más delicado. Ser un depredador ápice no significa ser el animal más grande. Designa a un organismo situado en la cima de una red trófica y con pocos depredadores naturales en su etapa adulta. Un tamaño inferido, por espectacular que sea, no basta para otorgar esa condición.

Y este es el contraste clave. Durante el Cretácico existieron candidatos a superdepredador con un respaldo fósil mucho más robusto. Los grandes mosasaurios como Tylosaurus o Mosasaurus, con tallas frecuentemente estimadas entre 10 y 15 metros, junto a otros reptiles marinos y varios tiburones, cuentan con cráneos, dientes, vértebras, coprolitos y, en algunos casos, restos de presas conservados en la región abdominal. Su papel ecológico puede evaluarse combinando muchas líneas de evidencia independientes.

El octópodo, en cambio, está representado por picos aislados. Pudo ser un depredador importante dentro de su comunidad, y el hallazgo podría añadir un actor relevante al ecosistema marino cretácico. Pero coronarlo automáticamente como dominante de todos los océanos antiguos es un salto que la evidencia disponible no autoriza. Reconstruir una red trófica antigua exige cruzar anatomía funcional, desgaste mandibular, coprolitos, contenidos estomacales, marcas de depredación, abundancia relativa y distribución geográfica. Ninguna línea aislada suele bastar.

Por qué prosperan estos mitos científicos.

Si la evidencia pide cautela, ¿por qué el titular "pulpo de 18 metros" viaja tan lejos y tan rápido? La respuesta combina varios sesgos bien conocidos. Las cifras extremas atraen mucha más atención que los intervalos de incertidumbre. El público confunde con facilidad pulpos, calamares y otros cefalópodos. La palabra kraken arrastra siglos de imaginario poderoso, de monstruo marino que devora barcos, no muy distinto del que rodea a las reinas reales y el poder femenino medieval cuando la ficción televisiva se apropia de la historia.

Y hay un factor gramatical decisivo: los titulares suelen eliminar los verbos modales que contienen la cautela científica. "Podría alcanzar", "se estima que", "es compatible con" se convierten en "fue" y "dominó". Al desaparecer el condicional desaparece la ciencia, y queda solo el monstruo. Es un mecanismo parecido al que hace que un chatbot corporativo ceda ante quien dice ser el jefe: basta una afirmación rotunda para que la cautela se disuelva. No hay mala fe necesariamente, sino la lógica del formato: el matiz no cabe en pocas palabras.

Lo que todavía falta por saber.

El caso deja abiertas preguntas fascinantes y honestas. ¿Qué presas podían romper o atravesar esos picos? ¿Tenían aquellos octópodos brazos proporcionalmente tan largos como los de los pulpos modernos, o el escalado sobrestima su tamaño? ¿Compartían hábitat con mosasaurios y tiburones de gran talla? ¿Eran depredadores ápice o consumidores destacados dentro de una comunidad con varios superdepredadores?

Quedan además incertidumbres técnicas relevantes: el número exacto de picos analizados, sus repositorios, las localidades y formaciones concretas, la datación individual de cada ejemplar y el margen de error de esos 18,6 metros deben comprobarse en el artículo primario de Science y sus materiales suplementarios. La atribución taxonómica misma, basada en restos aislados, admite distintos grados de seguridad.

Nada de esto empequeñece el hallazgo. Que un pico fósil permita asomarse a un cefalópodo del Cretácico ya es notable, y la posibilidad de que existieran octópodos de gran tamaño resulta genuinamente apasionante. Pero conviene sostener a la vez el asombro y el rigor. La verdadera historia no es un monstruo de 18 metros: es la extraordinaria maquinaria de inferencia que permite a la ciencia reconstruir mundos desaparecidos a partir de fragmentos diminutos, siempre que recordemos qué es dato, qué es cálculo y qué es, por ahora, solo una hipótesis a la espera de más fósiles.

Por: Redacción.

Sitio Fuente: MuyInteresante