La ciencia revela por qué un cráneo infantil “deformado” de hace 430.000 años no prueba lo que creíamos sobre la crianza

ANTROPOLOGÍA E HISTORIA.-

Un cráneo de 430.000 años hallado en Atapuerca esconde una verdad sobre la crianza que desafía las interpretaciones sobre el cuidado y la crianza entre los homínidos.

Imaginemos que, durante una excavación arqueológica, aparece un cráneo infantil fósil con una forma llamativa: aplanado por detrás, ligeramente asimétrico y con rasgos que se salen de lo esperado. Es probable que hagamos una lectura casi automática de esa pieza: si el hueso se ve deformado, ese bebé debía de ser especialmente vulnerable y, por tanto, habría exigido mayor atención en la crianza. Sin embargo, esa cadena de razonamiento es más frágil de lo que parece.

En la actualidad, casi la mitad de los lactantes sanos presenta algún grado de aplanamiento craneal en sus primeras semanas de vida. ¿Por qué, entonces, sentimos la tentación de darle mayor importancia a ese rasgo cuando lo detectamos en un resto paleoantropológico? Según los experto, la verdadera huella de la crianza en el Pleistoceno quizá no se encuentre en la forma de los huesos craneales, sino en algo mucho menos visible a simple vista.

¿Por qué asumimos que “deformado” significa “vulnerable”?

El caso emblemático de esta inferencia lo protagoniza Benjamina, el Cráneo 14 de la Sima de los Huesos, en Atapuerca. Se trata de un individuo infantil del linaje neandertal temprano fechado en el Pleistoceno Medio, en torno a 430.000 años AP. Benjamina presentaba una craneosinostosis lambdoidea (el cierre prematuro de una sutura craneal) y aun así sobrevivió varios años. Este dato se ha interpretado como una prueba compatible con el apoyo brindado por el grupo a un miembro frágil del mismo.

Aunque la lectura, en la que “vemos” la fragilidad grabada en el hueso y deducimos el cuidado, es narrativamente poderosa. Sin embargo, un solo individuo no basta para probar una conducta social generalizada, en especial cuando la forma craneal, como apuntan los expertos, es un indicio ambiguo. Antes de saltar de la morfología a la biografía, por tanto, conviene preguntarse cómo se moldea un cráneo infantil, y hasta qué punto una forma inusual refleja la vida de aquel niño o los azares que sufrieron sus restos.

Plasticidad del cráneo infantil: la plagiocefalia posicional.-

El cráneo de un recién nacido es, literalmente, una estructura en obras. Sus huesos no están fusionados, sino separados por suturas abiertas y fontanelas que no se cierran del todo hasta bien entrado el primer o segundo año de vida. Esa maleabilidad no es un defecto, al contrario: facilita que el neonato atraviese el canal del parto y acompaña el crecimiento acelerado del cerebro.

Esa flexibilidad tiene una consecuencia directa: presiones repetidas y suaves pueden modelar la forma del cráneo sin que eso implique una enfermedad. Un bebé que duerme siempre apoyado en la misma zona de la cabeza puede desarrollar aplanamientos o asimetrías posicionales benignos. La medicina actual lo cuantifica: en un grupo de lactantes sanos, la plagiocefalia posicional alcanzó una prevalencia del 46,6 % a las 7–12 semanas (n = 440, cohorte de Calgary), mientras las síntesis clínicas sitúan el fenómeno en un rango del 15–20 %, según el método aplicado y la edad. Si casi uno de cada dos bebés sanos del presente muestra algún aplanamiento a los dos o tres meses, un cráneo infantil fósil “levemente deformado” no es una anomalía extraordinaria, sino lo esperable. De hecho, muchos casos remiten con el crecimiento.

"Sus huesos no están fusionados, sino separados por suturas abiertas y fontanelas que no se cierran del todo hasta bien entrado el primer o segundo año de vida".

Cómo la tafonomía deforma los cráneos fósiles.

Los científicos reconocen que existe una segunda fuente de “deformaciones” ajena a la vida del individuo: lo que le ocurre a sus restos tras la muerte. La tafonomía (los procesos que sufre un organismo hasta convertirse en fósil) y la diagénesis (las transformaciones físico-químicas del hueso enterrado) pueden alterar profundamente su morfologí ósea. El peso de los sedimentos comprime, aplasta y desplaza, y el resultado de esos procesos físicos puede imitar una deformación “en vida” que nunca existió.

Que se trata de un problema real lo demuestra la propia caja de herramientas de la disciplin. Existe una metodología consolidada de retrodeformación tridimensional mediante tomografía computarizada, diseñada para corregir la distorsión post mortem de los cráneos aplastados. Los ejemplos publicados corresponden a otros vertebrados, no a homínidos, por lo que aquí funcionan como analogía metodológica: si los paleontólogos ya asumen que un cráneo “raro” puede serlo por el paso del tiempo bajo tierra, la misma cautela debe aplicarse a los restos infantiles humanos antes de interpretar en clave de vulnerabilidad cualquier forma anómala.

"Un bebé que duerme siempre apoyado sobre la misma zona de la cebza puede desarrollar aplanamientos o asimetrías posicionales benignos".

Muy pocos niños, mal repartidos.

Al problema de la forma se suma el del muestreo. El registro fósil de infantes homínidos es escaso. No existe un censo único de cráneos infantiles neandertales. Por ello, la literatura científica suele citar una y otra vez los mismos individuos bien conservados, como Amud 7 (el infante neandertal más completo en el rango de 6 a 14 meses) o Dederiyeh 1. Con muestras tan reducidas, una forma extrema en un solo individuo puede parecer, engañosamente, la norma de toda una población.

Existe además otro sesgo. La preservación favorece contextos concretos, como las cuevas y los enterramientos, que son precisamente los escenarios sociales donde hay más probabilidades de que hayan dado prácticas de cuidado. Enterrar a un niño ya es, en sí mismo, una forma de atención. Tendemos así a hallar señales de cuidado justo allí donde fue el propio cuidado el que facilitó la conservación de los restos.

"La tafonomía (los procesos que sufre un organismo hasta convertirse en fósil) y la diagénesis (las transformaciones físico-químicas del hueso enterrado) pueden alterar profundamente su morfología".

Evidencias reales de cuidado en humanos arcaicos.

Si la forma craneal aislada es un indicio débil, ¿dónde hay que buscar la firma de la crianza? La respuesta apunta a la supervivencia y al contexto. El indicio más robusto es la supervivencia prolongada en casos de fragilidad física o lesiones: un individuo que padece una condición grave y aun así vive años suele haber recibido apoyo de su grupo. Aquí el caso de Benjamina, bien enmarcado, recupera su fuerza, no por la forma de su cráneo, sino porque una niña con craneosinostosis llegó a vivir varios años.

A esa señal se añaden los marcadores fisiológicos de estrés y recuperación. Las hipoplasias del esmalte (defectos que registran episodios de malnutrición o enfermedad durante la formación del diente), por ejemplo, permiten reconstruir crisis superadas, lo que sugiere que el individuo fue sostenido durante ellas.

Y, por último, se debe tener en cuenta la asociación arqueológica: el contexto doméstico y funerario en que aparecen los restos. Estas líneas son más informativas que cualquier cráneo aislado, pero exigen prudencia, pues la supervivencia con una patología es compatible con el cuidado y lo sugiere, pero rara vez lo demuestra por sí sola. Solo un patrón repetido en varios individuos y yacimientos permitiría sostener la interpretación conductual.

Crianza cooperativa: la tecnología social invisible del Pleistoceno.

El giro conceptual definitivo consistiría, quizás, en dejar de buscar la crianza en los huesos y entenderla como una tecnología. Por un lado, una tecnología material perecedera, manifestada en las pieles, redes, cestas y envoltorios que permiten portear, abrigar y alimentar a un niño, y que casi nunca se fosiliza. Por otro lado, una tecnología social invisible: el reparto del cuidado entre varios miembros del grupo. Esa crianza cooperativa no deja huella directa en el esqueleto, pero es, probablemente, la clave que permitió sobrevivir a los individuos más frágiles. Si la forma de un cráneo dice poco, el hecho de que ese niño llegara a crecer lo dice casi todo.

Por: Erica Couto. Historiadora y asirióloga.

Sitio Fuente: MuyInteresante