Descubren unas olas de calor que literalmente “se comen” la nieve de las montañas

CIENCIAS DE LA TIERRA / GEOLOGIA.-

Un estudio identifica episodios cálidos capaces de acelerar de forma extraordinaria la desaparición de la nieve de montaña y alterar cuándo esa reserva natural libera su agua.

Recreación artística de una ola de calor que acelera el deshielo de una montaña nevada. ChatGPT, César Noragueda.

Meses enteros, una cordillera funciona como una hucha. Cada nevada añade agua en estado sólido y la primavera suele abrir poco a poco ese depósito. La intuición que solemos tener sobre ello parece sencilla: cuanto más blanco queda el paisaje al terminar el invierno, mayor será la provisión útil en la época seca.

Pero esa imagen tiene una grieta. Importa cuánto se acumula y con qué rapidez desaparece. Un breve episodio excepcionalmente cálido, si sobreviene en el momento adecuado, basta para transformar un acopio reunido en una estación en una descarga mucho más brusca.

La pregunta ya no es solo cuánto ha nevado. Conviene averiguar si la atmósfera obliga a la montaña a gastar de golpe algo de lo ahorrado. Un equipo encabezado por Alan Rhoades, del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, ha reconstruido ese fenómeno en el oeste de Estados Unidos desde mediados del siglo XIX, y su trabajo se ha publicado en la revista Science Advances.

La nieve no es solo paisaje: funciona como una reserva de agua.

Para comprender el problema, hay que dejar de ver esa blancura como un simple paisaje invernal. La nieve retiene durante meses las precipitaciones que, al fundirse, alimentan ríos, embalses, cultivos y ecosistemas. Su utilidad depende de que esa entrega ocurra en el momento apropiado, no solo del volumen existente. Esa demora convierte las cumbres en depósitos naturales que trasladan hacia estaciones más secas agua acumulada en invierno.

Los hidrólogos emplean una medida llamada equivalente en agua de la nieve, o SWE por sus siglas en inglés. Expresa cuánta agua alberga una determinada porción de nieve una vez derretida. Dos espesores semejantes encierran volúmenes distintos si uno es esponjoso y otro compacto; contar únicamente centímetros engañaría bastante.

Además, la capa posee lo que los especialistas denominan contenido de frío. Antes de iniciar una fusión intensa, debe absorber la energía necesaria para acercarse al punto de congelación. Cabe imaginarla como un saldo térmico negativo: mientras quede margen, una porción del aporte entrante sirve para calentarla; una vez agotado, favorece que el hielo empiece a derretirse.

El verdadero peligro empieza cuando tampoco refresca por la noche.

Los investigadores llaman snow-eater heat waves, literalmente “olas de calor devoranieve”, a sucesos distintos de un día primaveral agradable o incluso de una racha templada corriente. Para entrar en esa categoría, las condiciones anómalas deben mantenerse por encima de 0 grados centígrados varias jornadas seguidas, tanto con sol como tras el anochecer.

"Cuando el termómetro permanece alto el día entero, la nieve pierde la tregua nocturna y encadena muchas más horas favorables para que el deshielo continúe avanzando".

Ese detalle nocturno resulta decisivo. Si la temperatura desciende bastante, una pequeña cantidad vuelve a congelarse, lo que introduce cierto freno. Cuando el termómetro permanece alto el día entero, en cambio, la nieve pierde esa tregua y encadena muchas más horas favorables para que el deshielo continúe avanzando. Es parecido a un congelador al que abrimos por la tarde y, encima, impedimos enfriarse mientras dormimos.

Tampoco debe confundirse este mecanismo con la lluvia sobre nieve. Ahí intervienen precipitaciones, aire húmedo y configuraciones de baja presión.-

Las devoranieve estudiadas, sin embargo, se vinculan a otros patrones atmosféricos, entre ellos, extensas zonas de altas presiones, es decir, regiones donde el aire tiende a descender y favorece un tiempo estable, seco y con pocas nubes, que pueden permanecer casi inmóviles durante varias jornadas. Bajo cielos despejados, el ambiente sostenidamente cálido favorece la maduración del manto, la fusión y la sublimación: el paso directo del hielo al vapor.

Evolución estacional de la nieve, desde su acumulación hasta el deshielo acelerado por episodios cálidos. Science Advances.

1983: cinco días que pusieron a Utah contra las cuerdas.

El ejemplo más elocuente ocurrió a finales de mayo de 1983. Las montañas del oeste estadounidense venían de una temporada con acumulaciones cercanas a valores récord. Entonces, irrumpió una anomalía térmica excepcional y el deshielo se disparó. En muy poco tiempo, aquello que permanecía inmóvil sobre las laderas empezó a incorporarse a arroyos y cauces. Aquella provisión dejó de actuar como un almacén pausado y se convirtió en un aporte súbito y amenazante de caudal.

Nueve corrientes del frente de Wasatch alcanzaron niveles de inundación. Salt Lake City tuvo que improvisar dos canales de emergencia. En Nevada, aquella misma semana, la merma de la cubierta nival tras un invierno muy abundante coincidió con un deslizamiento mortal. Más tarde, la afluencia al lago Powell alcanzó el 180 por ciento de lo normal y obligó a proteger la presa de Glen Canyon.

La secuencia explica el riesgo mejor que cualquier definición: mucha nieve almacenada, calor persistente y una enorme masa de agua movilizada en poco tiempo. De ahí que se eligiera el intervalo del 27 al 31 de mayo de 1983 como caso de referencia. Fue la mayor “superinundación” primaveral dominada por deshielo de su catálogo entre 1950 y 2010. ¿Había sido una rareza o la expresión extrema de un patrón más amplio?

Un viaje hasta 1850 revela una firma reconocible.

Para responder, los científicos combinaron reconstrucciones atmosféricas de 1850 a 2015 con un algoritmo capaz de localizar estas situaciones y con SNOW-17, un modelo operativo para estimar acumulación y pérdida nival. Esas reconstrucciones, llamadas reanálisis, combinan registros antiguos con modelos meteorológicos para recrear coherentemente la atmósfera del pasado. Luego contrastaron los cálculos con mediciones de la red SNOTEL.

La diferencia fue contundente. Entre 1980 y 2015, las mediciones reflejaron una disminución media equivalente a unos diecisiete milímetros de agua diarios en episodios devoranieve, frente a aproximadamente nueve milímetros en el conjunto de las jornadas de fusión. La merma fue casi el doble bajo ese calentamiento persistente.

El catálogo elaborado añadió otra pieza. Desde la década de 1950 se identificaron, en promedio, entre tres y cinco casos anuales, normalmente de tres a cinco días. A ello se suma que siete de las once grandes inundaciones primaverales dominadas por deshielo analizadas se registraron en las cinco jornadas siguientes a una de estas irrupciones.

Las mediciones reflejaron una disminución media equivalente a unos 17 milímetros de agua diarios en episodios devoranieve, frente a aproximadamente 9 milímetros en el conjunto de los días de fusión.

Eso no convierte cada crecida en un efecto exclusivo de las altas temperaturas. La carga previa de nieve, el estado del suelo, la humedad, la radiación solar o la topografía influyen igualmente. Pero la cercanía cronológica y el mecanismo físico justifican tratarlas como un factor específico de vigilancia hidrológica.

Llegan antes y abarcan cada vez más terreno.

Desde el siglo XIX, se observó otra transformación. La superficie afectada aumentó unos 102.000 kilómetros cuadrados por siglo en las montañas occidentales. Su frecuencia creció cerca de un caso por centuria y la primera aparición se adelantó aproximadamente un mes.

Hay una aparente contradicción: la duración media disminuyó alrededor de una cuarta parte de día por siglo. Eso no implica una pérdida de relevancia. El análisis sugiere que la expansión hacia zonas periféricas, donde el fenómeno dura menos, quizá acorte la media mientras el alcance geográfico se ensancha.

Al reducirse la extensión que conserva valores bajo cero, resulta más fácil que áreas todavía nevadas encadenen varias jornadas y noches sin recongelación.

Una imagen ayuda a visualizarlo: la frontera del frío retrocede montaña arriba y en el calendario. Al reducirse la extensión que conserva valores bajo cero, resulta más fácil que áreas todavía nevadas encadenen varias jornadas y noches sin recongelación. Así, estas irrupciones aparecen antes y cubren más territorio.

El trabajo incluye cautelas. Ese retrato atmosférico del pasado presenta limitaciones; sobre todo, en relieve complejo, y carece de observaciones directas del manto para todo el periodo. Por último, el “potencial de fusión” calculado por SNOW-17 es un máximo posible: solo se materializa si queda la nieve necesaria.

Demasiada agua ahora, demasiado poca más adelante.-

La consecuencia esencial no es simplemente que desaparezca una superficie blanca. Una montaña nevada regula el ritmo hídrico: almacena precipitación invernal y la entrega progresivamente cuando sube la temperatura. Si una racha cálida adelanta esa liberación, desajusta la disponibilidad de un recurso crucial.

Recreación artística del deshielo nocturno durante una ola de calor devoranieve. ChatGPT, César Noragueda.

Ahí surge una paradoja. El mismo proceso que eleva el riesgo de inundaciones en primavera puede favorecer una sequía nival posterior, es decir, una escasez anormal. Así, el exceso de caudal presente puede transformarse semanas después en carencia, cuando otros usos lo necesitan.

Volvamos a la hucha. El problema no es que el dinero se esfume, sino retirar una gran suma en mayo cuando el presupuesto estaba pensado para junio, julio o agosto. Ese desfase exige afinar previsiones: las decisiones sobre reservas, desembalses y alertas dependen tanto del volumen disponible como de la velocidad de entrada.

Los autores proponen incorporar estas situaciones a las herramientas operativas. Pronósticos actualizados y modelos adaptados ayudarían a anticipar crecidas o ajustar los embalses.

Una montaña blanca ya no garantiza agua para el verano.

La conclusión del estudio modifica una suposición bastante arraigada. Ver una cordillera cargada de nieve al acabar el invierno no equivale necesariamente a contemplar un suministro protegido para el verano. Además, importa qué clase de primavera encontrará ese depósito helado.

El método nació en Estados Unidos, aunque podría extenderse a otras cordilleras; ya se han observado fusiones rápidas durante olas de calor en los Alpes y los Andes.

Existe incluso una posibilidad inquietante: la amenaza de inundaciones quizá alcance un máximo antes de disminuir en un futuro con mucha menos nieve. En una fase intermedia, aún habría materia prima para grandes descargas y condiciones favorables a su liberación brusca.

"Una posibilidad inquietante: la amenaza de inundaciones quizá alcance un máximo antes de disminuir en un futuro con mucha menos nieve".

Por eso, el hallazgo cambia los ojos con los que miramos las cumbres. Ya no basta con saber cuánta nieve han conseguido guardar. Para estimar cuánta agua ofrecerán en los meses siguientes, debemos averiguar hasta cuándo logrará la montaña conservarla.

Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Sitio Fuente: MuyInteresante