¿Por qué nuestro cerebro necesita anticipar el futuro? La ciencia de la incertidumbre
PSICOLOGÍA.
Esperar una respuesta importante, entrar en un lugar desconocido o descubrir que nuestros planes han cambiado puede provocar una sensación molesta: no sabemos qué sucederá.
Nuestro cerebro no se conforma con registrar lo que acontece. También trata de anticiparse a lo que podría ocurrir.
Esta capacidad nos permite movernos por el mundo, aprender y tomar decisiones. Pero ¿por qué precisamos predecir el futuro y qué sucede cuando las cosas no resultan como esperábamos?
El cerebro que intenta adelantarse a los acontecimientos.
Al andar por una calle conocida, no examinamos conscientemente cada paso. Prevemos dónde estará el bordillo, cómo se moverán los demás peatones o cuándo cambiará un semáforo. Estas expectativas nos permiten responder con rapidez sin necesidad de analizar cada situación desde cero.
Una de las teorías más influyentes para explicar este mecanismo es el procesamiento predictivo. Según este planteamiento, nuestro cerebro combina la información que obtiene a través de los sentidos con expectativas elaboradas a partir de experiencias previas.
El científico cognitivo Andy Clark explicó en 2013 cómo estas predicciones podrían ayudar a nuestra percepción del mundo. No quiere decir que podamos predecir el futuro, sino que formulamos hipótesis que vamos corrigiendo cuando obtenemos nueva información.
Para imaginar el mañana, utilizamos el ayer.
Es llamativo que recordar e imaginar compartan parte de sus mecanismos cerebrales. Varias investigaciones han hallado que algunas regiones del cerebro intervienen tanto cuando recordamos sucesos pasados como cuando imaginamos escenarios futuros.
En una revisión publicada en Nature Reviews Neuroscience en 2007, los investigadores Daniel Schacter, Donna Addis y Randy Buckner documentaron esta relación y propusieron una idea interesante: nuestra memoria no sirve solo para recordar, sino también para prepararnos para lo que podría ocurrir.
Por ejemplo, cuando visualizamos cómo será una entrevista de trabajo, podemos emplear recuerdos de conversaciones anteriores para prever posibles preguntas, emociones y situaciones.
Así, el pasado se transforma en una herramienta para crear escenarios futuros.
¿Qué ocurre cuando no sabemos qué va a pasar?
La incertidumbre surge cuando no contamos con información suficiente para prever un resultado. Y esta situación puede provocar una sensación de desasosiego.
Pensemos en alguien que espera una llamada importante. Durante la espera puede imaginar distintos escenarios, mirar una y otra vez el teléfono o permanecer muy pendiente de cualquier aviso.
A veces, lo que produce mayor malestar no es el suceso en sí, sino ignorar cuál será su resultado.
Desde una óptica evolutiva, permanecer alerta ante lo desconocido puede resultar provechoso. Nos permite identificar cambios, prepararnos para posibles dificultades y responder con rapidez si las condiciones lo requieren.
No obstante, cuando esa anticipación se transforma en una inquietud permanente, puede acabar afectando a nuestra vida cotidiana.
La relación entre la incertidumbre y la ansiedad.
Aunque prever sucesos es una capacidad natural, algunas personas presentan importantes dificultades cuando sienten que no pueden dominar lo que ocurrirá.
La mente puede empezar a imaginar situaciones negativas, buscar de forma continua respuestas o pretender descartar cualquier posibilidad de fallo.
Cuando anticipar el futuro se transforma en una inquietud permanente, puede acabar afectando al descanso, la concentración o la capacidad para tomar decisiones. Estos son algunos de los problemas que trata el psicólogo sanitario Asier Larruscain mediante Supera Tu Ansiedad, su proyecto de terapia psicológica online especializada en ansiedad.
La investigación psicológica ha detectado relaciones entre la intolerancia a la incertidumbre y distintas expresiones de ansiedad. No obstante, esto no quiere decir que la incertidumbre sea forzosamente dañina: su impacto depende también de cómo valoramos las situaciones y reaccionamos ante ellas.
Un experimento sobre incertidumbre y estrés.
En 2016, un grupo de investigadores dio a conocer en Nature Communications un estudio en el que participaron 45 personas que tenían que aprender a anticipar cuándo iban a recibir una descarga eléctrica.
A lo largo del experimento, las probabilidades variaban y los investigadores medían distintos marcadores de estrés.
Los resultados revelaron que las valoraciones de incertidumbre guardaban relación con las reacciones de estrés de los participantes.
Estos resultados indican que nuestro organismo no responde solo a los sucesos desagradables, sino también a la complejidad para preverlos.
Sin embargo, era un experimento controlado con una muestra bastante pequeña, de modo que sus resultados no pueden extrapolarse de forma automática a todas las situaciones diarias.
La sorpresa también nos ayuda a aprender.
Aunque tendemos a vincular la incertidumbre con experiencias molestas, no todas las sorpresas son malas.
Cuando algo ocurre de forma distinta a lo esperado, nuestro cerebro puede emplear esa información para renovar sus expectativas.
En neurociencia, estas diferencias se denominan errores de predicción. Estudios clásicos sobre la dopamina han demostrado cómo ciertos circuitos neuronales intervienen en el aprendizaje partiendo de diferencias entre recompensas esperadas y recibidas.
Así pues, equivocarnos al prever un suceso también puede resultar provechoso. Nos permite cambiar convicciones, aprender de experiencias nuevas y ajustarnos mejor a nuestro entorno.
Un futuro imposible de conocer por completo.
Nuestro cerebro requiere anticiparse porque prever nos permite movernos en un mundo en cambio constante. Gracias a esta habilidad podemos organizar, evitar riesgos y sacar partido a las oportunidades.
No obstante, nuestras predicciones jamás son certezas absolutas.
Podemos concebir la incertidumbre como una habitación sin luz. Antes de acceder, desconocemos qué hallaremos dentro. Quizá haya obstáculos con los que podamos tropezar, pero también puede haber cosas placenteras, oportunidades imprevistas o experiencias que aún no somos capaces de concebir.
Resulta natural desear prepararnos para los eventuales peligros. El problema surge cuando asumimos que toda la habitación está repleta de amenazas, pasando por alto que la oscuridad no quiere decir forzosamente que haya algo negativo esperándonos.
Tal vez no podamos iluminar todas las luces antes de acceder, pero sí podemos aprender a caminar con cierta cautela, sin permitir que el miedo nos bloquee para conocer lo que hay dentro.
Pues la incertidumbre no únicamente es el espacio de lo que tememos que suceda, sino también de todo lo positivo que aún está por venir.
Sitio Fuente: NCYT de Amazings