¿Desde cuándo somos humanos? El debate que propone ampliar el género Homo hasta hace 3,5 millones de años

ANTROPOLOGÍA E HISTORIA.-

¿Qué implica ser "humano"? Un análisis de los nombres científicos de los homininos y homínidos reabre el debate sobre la posibilidad de aplicar la denominación Homo a más especies.

Si un antepasado hominino fabricaba herramientas, caminaba erguido y mantenía una vida social compleja, ¿por qué no llamarlo sencillamente humano? La pregunta parece retórica, pero lleva décadas dividiendo a la comunidad científica. Y lo que está en juego no es la colocación de un fósil concreto dentro de la genealogía humana, sino la propia arquitectura de nombres con la que ordenamos nuestra historia evolutiva.

Un análisis reciente, firmado por el paleoantropólogo John Hawks y publicado en PaleoAnthropology en 2025, examina cómo se han nombrado los homininos en la literatura científica entre 2000 y 2023. Su conclusión invita a matizar una certeza que parecía consolidada: las etiquetas taxonómicas no son compartimentos naturales e inmutables, sino modelos que la ciencia ajusta a la evidencia disponible.

De la escalera al río trenzado.

El relato divulgativo tradicional de la evolución humana suele representarse como una secuencia limpia, desde el Australopithecus hasta el Homo sapiens. Una suerte de escalera ascendente en la que cada peldaño mejora al anterior. Sin embargo, el registro fósil y la genética han desmontado esa imagen: varias ramas de homininos coexistieron, algunas desaparecieron sin descendientes conocidos y otras intercambiaron genes.

En lugar de pensar la evolución como un árbol genealógico, con un tronco central del que parten las distintas ramas, podemos imaginarla como un río trenzado: los cauces se separan, discurren en paralelo y vuelven a unirse. La selección natural no trabaja hacia una meta llamada Homo sapiens, sino que produce diversidad, si bien buena parte de esa diversidad se haya extinguido.

"En lugar de pensar la evolución como un árbol genealógico, con un tronco central del que parten las distintas ramas, podemos imaginarla como un río trenzado: los cauces se separan, discurren en paralelo y vuelven a unirse".

Lucy no estaba sola: coexistencias en el Plioceno.

Existe un ejemplo concreto que desarma la idea de una línea evolutiva única. En el yacimiento de Woranso-Mille, en la región etíope de Afar, se encontraron fósiles atribuidos a Australopithecus deyiremeda, una especie propuesta en 2015. Sus sedimentos se datan entre 3,5 y 3,3 millones de años AP, un intervalo que se solapa con la presencia local de Australopithecus afarensis, la especie de Lucy.

Hallado en Hadar, el esqueleto de Lucy tiene una antigüedad aproximada de 3,18 millones de años. Su especie vivió entre 3,9 y 2,9 millones de años AP. Durante parte del Plioceno, en el este de África no existía una única línea evolutiva dominante, sino al menos dos especies cercanas en el tiempo y el espacio. Aunque la datación sostiene la coexistencia, compartir territorio y época no demuestra que ambas poblaciones intercambiaran genes ni que interactuaran.

"Durante parte del Plioceno, en el este de África no existía una única línea evolutiva dominante, sino al menos dos especies cercanas en el tiempo y el espacio".

Cuatro formas de nombrar lo humano.

El trabajo de Hawks aporta una radiografía útil del estado de la cuestión. Al revisar la nomenclatura no linneana empleada en la investigación sobre la evolución humana, el autor identifica cuatro grandes tipos de nombres: geográficos, morfológicos, informales (semejantes a los nombres linneanos) y genéticos. Términos como "neandertal", "denisovano", "humano moderno", "población fantasma" o "superarcaico" se usan a diario en artículos científicos, aunque no todos designan especies formalmente definidas.

La ventaja de estas etiquetas informales es su flexibilidad, ya que permiten hablar de un grupo genético o de un conjunto de fósiles sin comprometerse todavía con una clasificación disputada. Sin embargo, esta nomenclatura también presenta riesgos, especialmente en la divulgación y la comunicación. En el debate público, una palabra que guarde la apariencia de un nombre científico puede parecer más precisa de lo que es realmente.

"Términos como "neandertal", "denisovano", "humano moderno", "población fantasma" o "superarcaico" se usan a diario en artículos científicos, aunque no todos designan especies formalmente definidas".

Género, especie, linaje, población y grupo genético.

Conviene distinguir cinco conceptos que se confunden con facilidad, porque buena parte de las discrepancias entre especialistas nacen de mezclarlos. El género agrupa especies estrechamente relacionadas; Homo y Australopithecus lo son, y la decisión sobre sus límites es una hipótesis revisable. La especie es la unidad formal, normalmente expresada con un nombre binomial como Homo sapiens; en fósiles, delimitarla es complejo, porque no podemos comprobar el criterio clásico de reproducción entre individuos vivos.

El linaje es una trayectoria evolutiva a través del tiempo, reconstruible sin nombre formal. La población es un conjunto de individuos vinculados reproductiva o genéticamente en una región y un periodo, que puede diferenciarse sin llegar a ser una especie separada. Y el grupo genético se identifica por similitudes en el ADN o en patrones de ascendencia: así se emplea, en muchos estudios, el término "denisovano".

Por qué "especie" es tan difícil de aplicar a un fósil.

El concepto biológico de especie funciona bien con poblaciones vivas, susceptibles de ser estudiadas en detalle. Con los homininos fósiles, los paleoantropólogos suelen disponer solo de fragmentos de cráneos, dientes o huesos aislados, separados por miles de kilómetros y cientos de miles de años.

Una diferencia en la forma de una mandíbula puede indicar cosas muy distintas: una especie diferente, variación regional, dimorfismo sexual, adaptación a una dieta o a un clima, o incluso hibridación. Por eso, muchas discrepancias taxonómicas no reflejan desacuerdos sobre los fósiles en sí, sino sobre cuánta diferencia anatómica merece el rango de especie.

El caso de Homo heidelbergensis ilustra estas discrepancias. Aunque se ha usado como categoría amplia para denominar fósiles del Pleistoceno medio, su definición y su relación con neandertales, denisovanos y humanos modernos siguen siendo objeto de debate. Algo parecido ocurre con propuestas más recientes como Homo longi u Homo juluensis, planteadas para ordenar fósiles asiáticos: son hipótesis de clasificación en discusión, no categorías consolidadas.

"La ventaja de estas etiquetas informales es su flexibilidad, ya que permiten hablar de un grupo genético o de un conjunto de fósiles sin comprometerse todavía con una clasificación disputada".

La genética revela lo que los huesos no cuentan.

Neandertales y denisovanos suelen presentarse como ramas separadas, pero parte de su ascendencia se transmitió a poblaciones de Homo sapiens. Se calcula que muchas poblaciones actuales no africanas conservan en torno a un 1,8-2,6 % de ascendencia neandertal, mientras que algunos grupos de Oceanía, especialmente los papúes, presentan aproximadamente entre un 2 y un 5 % de ascendencia denisovana. Las cifras varían según la población comparada y el modelo genético empleado.

Además, los análisis de ADN pueden detectar poblaciones fantasma, linajes inferidos estadísticamente para los que no existe un fósil identificado. En poblaciones de África occidental se ha propuesto una posible ascendencia arcaica no identificada, con estimaciones que dependen del modelo elegido. La genética revela relaciones que la anatomía no puede observar, pero también genera nombres provisionales para grupos cuya forma corporal, cultura y geografía siguen siendo desconocidas.

¿Deben pertenecer Australopithecus y Paranthropus al género Homo?

La propuesta de incluir Australopithecus y Paranthropus dentro del género Homo corresponde a la forma más extrema de agrupamiento (lumping en inglés). Sus defensores argumentan que los límites entre los primeros Homo y algunos australopitecos no siempre coinciden con diferencias anatómicas, ecológicas o conductuales nítidas.

El argumento se basa en una serie de datos observables. Algunos fósiles atribuidos a Homo habilis o Homo rudolfensis combinan rasgos considerados australopitecos, como cuerpos pequeños y brazos relativamente largos, con otros caracteres asignados a Homo. La frontera, lejos de ser una línea nítida, es una zona borrosa donde conviven interpretaciones distintas de los mismos huesos. Frente a los "agrupadores", se encuentran los "divisores" (splitters), partidarios de reconocer más especies para intentar reflejar la diversidad real. Ninguna postura es intrínsecamente correcta: son estrategias distintas para modelar la misma evidencia.

Al final, el debate sobre cómo nombrar a nuestros antepasados no es tanto una disputa menor de etiquetas como un reflejo de cómo la ciencia construye conocimiento a partir de datos incompletos. Los nombres son herramientas provisionales, no verdades cerradas, y su revisión constante es precisamente lo que mantiene viva, desde el rigor, la investigación sobre nuestros orígenes.

Por: Erica Couto. Historiadora y asirióloga.

Sitio Fuente: MuyInteresante