87 huesos de tortuga de hace 4.000 años pueden ser la clave para preservar las poblaciones de quelonios del Caribe

CIENCIAS DE LA VIDA / PALEONTOLOGÍA.-

Un estudio revela la verdad sobre la conservación de las distintas especies de tortugas en el Caribe. Descubre cómo 87 huesos antiguos cambian nuestra perspectiva.

La conservación de las tortugas en el Caribe, vitales para los ecosistemas costeros, se gestiona a partir de series de datos (censos de nidos, avistamientos, capturas registradas) que, por lo general, se han recogido en las últimas décadas. Un nuevo estudio, realizado con participación de la Universidad Simon Fraser (SFU), apunta a que la atenta lectura de los restos óseos de siete yacimientos de Curaçao y Bonaire permite retroceder más de 4.000 años en ese registro.

Puede que lo que hoy consideramos normal sea, en realidad, un ecosistema ya profundamente alterado. Y la pieza clave de ese viaje al pasado no es un fósil espectacular, sino una técnica capaz de leer la firma molecular escondida en fragmentos que la arqueología habría descartado por resultar inidentificables.

"La atenta lectura de los restos óseos de siete yacimientos de Curaçao y Bonaire permite retroceder más de 4.000 años en el registro de las poblaciones de tortugas en el Caribe".

El problema de fondo: gestionar con una memoria demasiado corta.

La ecología tiene un nombre para este fenómeno: punto de referencia cambiante (o shifting baseline), es decir, la tendencia a tomar como referencia de "buena salud" un estado ya degradado simplemente porque nadie conoció el anterior. Si un gestor solo dispone de datos de los últimos treinta años, corre el riesgo de fijar objetivos de recuperación demasiado modestos, calibrados sobre una población que llevaba siglos menguando.

En este sentido, el caso del Caribe resulta paradigmático. Milenios de interacción humana, desde las sociedades precolombinas hasta la explotación colonial, modelaron las poblaciones de tortugas mucho antes de que existiera el primer conteo científico de nidos. Sin embargo, hasta hace poco no había forma de asomarse a ese periodo con precisión. Es justo el vacío que este trabajo publicado en Journal of Archaeological Science: Reports intenta llenar.

"Milenios de interacción humana, desde las sociedades precolombinas hasta la explotación colonial, modelaron las poblaciones de tortugas mucho antes de que existiera el primer conteo científico de nidos".

ZooMS: un DNI molecular para huesos irreconocibles.

La herramienta se llama ZooMS, el acrónimo inglés de Zooarchaeology by Mass Spectrometry (zooarqueología por espectrometría de masas). En lugar de intentar identificar la especie por la forma del hueso (algo imposible cuando el resto está quemado, erosionado o partido en astillas), ZooMS lee el colágeno, la proteína estructural que sobrevive cuando el ADN ya se ha degradado. La ventaja frente al ADN antiguo es decisiva en un clima como el caribeño. El material genético se degrada con rapidez en ambientes cálidos y húmedos, mientras que el colágeno resiste mejor el paso del tiempo.

El procedimiento funciona así: se extrae el colágeno tipo I del fragmento óseo, se digiere con la enzima tripsina y se miden por espectrometría de masas MALDI-TOF los péptidos resultantes. El colágeno tipo I del hueso es un heterotrímero de triple hélice (dos cadenas COL1α1 y una COL1α2); las pequeñas diferencias de secuencia entre especies producen péptidos con masas ligeramente distintas. Ese patrón de picos funciona como un código de barras, un DNI molecular que puede compararse con una base de datos de referencia.

"El análisis identificó interacciones con tres especies: la tortuga verde (Chelonia mydas), el carey (Eretmochelys imbricata) y la caguama (Caretta caretta)".

87 fragmentos, 7 yacimientos, más de cuatro milenios.

El equipo analizó 87 fragmentos óseos de tortuga marina procedentes de 7 sitios arqueológicos de Curaçao y Bonaire, dos islas del Caribe sur frente a la costa de Venezuela. La ventana cronológica abarca aproximadamente desde 2310 a. C. hasta el siglo XIX, es decir, más de 4.000 años de interacción entre las poblaciones humanas y los quelonios marinos. El análisis identificó interacciones con tres especies: la tortuga verde (Chelonia mydas), el carey (Eretmochelys imbricata) y la caguama (Caretta caretta).

"La proporción actual entre especies, por tanto, no tiene por qué reflejar un equilibrio "natural", sino el residuo de milenios de explotación selectiva".

Cada especie presenta un problema distinto para la conservación en el Caribe.

Tratar el concepto de "tortuga" como si se tratase de un bloque homogéneo debilita cualquier medida de protección que se adopte, porque las tres especies ocupan hábitats diferentes y, por tanto, están expuestas a presiones distintas. El carey depende estrechamente de los arrecifes de coral, la tortuga verde pasta en las praderas marinas y la caguama frecuenta ambientes más variados.

La comparación con el presente resulta reveladora. En 2024, Bonaire registró 150 nidos en total, según Sea Turtle Conservation Bonaire y la oficina estadística neerlandesa (CBS): 66 de carey, 40 de caguama y 24 de tortuga verde, sin híbridos documentados. Aunque la tendencia es alentadora (de 50 nidos en 2010 se ha pasado a 150 en 2024), esconde una paradoja. El carey encabeza la anidación pese a estar catalogado por la IUCN como "en peligro crítico", mientras que la tortuga verde, hoy en la categoría de "preocupación menor" tras mejorar su estatus, aporta apenas 24 nidos.

Aquí es donde interviene la arqueología. Si el registro mostrara que la caguama tuvo históricamente una presencia local mayor de la que asumen los planes actuales (algo que su primera identificación con ZooMS ya insinúa), entonces la línea base con la que hoy la gestionamos podría estar sesgada a la baja. La proporción actual entre especies, por tanto, no tiene por qué reflejar un equilibrio "natural", sino el residuo de milenios de explotación selectiva.

"Según el estudio, no se trata de reconstruir literalmente el ecosistema de hace 4.000 años, sino de usar ese registro como un experimento natural de larga duración que ninguna serie moderna puede ofrecer".

De los huesos a las decisiones: tres frentes concretos para la conservación de las tortugas caribeñas.

El historial a largo plazo permite identificar qué especies resistieron la presión humana y cuáles pudieron colapsar localmente. A partir de estas consideraciones, puede actuarse sobre tres frentes. En primer lugar, la IUCN señala de forma recurrente la captura accidental de tortugas con técnicas de red y palangre como una de las mayores amenazas en el Caribe. Conocer qué especie fue históricamente abundante en cada zona ayudaría a tomar decisiones más efectivas.

Los factores ligados al turismo costero, como la iluminación de playas, el control de los accesos, los códigos de conducta en el agua y la vigilancia, también deben ajustarse a la especie que anida o se alimenta en cada tramo. Una playa clave para el carey no requiere las mismas medidas que una pradera frecuentada por verdes.

Por último, la adaptación climática es otro factor a tener en cuenta. Ante la subida del nivel del mar y el calentamiento de la arena, que afecta al sexo de las crías, priorizar qué playas de anidación, qué arrecifes y qué praderas se protegen primero exige saber qué especie depende de cada uno. Sin ese detalle, los recursos se dispersan.

Según el estudio, no se trata de reconstruir literalmente el ecosistema de hace 4.000 años, sino de usar ese registro como un experimento natural de larga duración que ninguna serie moderna puede ofrecer. Las sociedades que habitaron estas islas dejaron, sin proponérselo, un archivo biológico que hoy podemos interrogar. En esa misma línea, otros programas de protección de tortugas marinas ya han empezado a incorporar datos históricos a sus estrategias.

Por: Erica Couto. Historiadora y asirióloga.

Sitio Fuente: MuyInteresante