¿Cómo era realmente vivir siendo un dodo? Científicos descubren que la imagen que tenemos de él podría estar equivocada: la clave estaba en su cráneo
CIENCIAS DE LA VIDA / ZOOLOGÍA.
El análisis digital de algunos de los escasos cráneos conservados del dodo revela un sistema sensorial extraordinario y abre la posibilidad de que esta célebre ave también estuviera activa cuando disminuía la luz.
Científicos descubren un sorprendente secreto del dodo 300 años después de su extinción. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Hay animales extinguidos de los que conocemos hasta el contenido de su última comida y otros que, pese a ser universalmente famosos, continúan rodeados de incógnitas. El dodo (Raphus cucullatus) pertenece claramente al segundo grupo. Sabemos cómo era su esqueleto, conservamos representaciones realizadas cuando todavía existía y conocemos bastante bien el escenario que condujo a su desaparición. Sin embargo, una pregunta aparentemente sencilla sigue siendo difícil de responder: ¿cómo era realmente vivir siendo un dodo?
Un equipo internacional de científicos ha buscado la respuesta en un lugar insólito: el espacio vacío que dejó su cerebro dentro del cráneo. El estudio, publicado recientemente en Zoological Journal of the Linnean Society, analiza la anatomía sensorial del dodo y de su pariente extinto, el solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), comparándolos con decenas de especies de palomas y tórtolas actuales.
Los investigadores reunieron tomografías computarizadas de 57 ejemplares pertenecientes a 36 especies de columbiformes. Entre ellos había tres cráneos de dodo y cuatro ejemplares de solitario. A partir de las imágenes reconstruyeron digitalmente endomoldes: modelos tridimensionales del interior del cráneo que permiten aproximarse a la forma y dimensiones de determinadas regiones cerebrales aunque el cerebro original desapareciera hace siglos.
Y precisamente ahí apareció una de las mayores sorpresas.
Un dodo que no dependía tanto de la vista.
Los ojos del dodo no parecen haber sido pequeños. De hecho, sus órbitas resultaron aproximadamente un 9% mayores que las del llamado palomo de Nicobar, su pariente vivo más próximo entre los animales incluidos en la comparación, una vez ajustadas por la longitud basicraneal. Lo extraño estaba detrás de los ojos.
Los lóbulos ópticos del dodo eran extraordinariamente reducidos. Según el estudio, ocupaban alrededor del 0,88% del cerebro frente al 2,47% observado en el solitario. En comparación con el palomo de Nicobar, eran más de 3,5 veces menores en términos relativos. El solitario, por el contrario, encaja mucho mejor dentro de lo esperable para otras palomas.
No significa que el dodo fuese ciego. Los investigadores calcularon incluso una agudeza visual aproximada de 27 ciclos por grado a partir del anillo esclerótico conservado en el famoso ejemplar de Oxford. Pero un tectum óptico tan reducido sí apunta hacia una manera diferente de procesar la información visual. Esta región participa, entre otras funciones, en el seguimiento de estímulos en movimiento, la atención y la discriminación visual.
Una tomografía en sección transversal permite observar con detalle el interior del cráneo. Foto: Museo de Historia Natural de Dinamarca.
La comparación con otras aves resulta especialmente sugerente. En las palomas actuales analizadas, el tectum óptico representa de media alrededor del 9,55% del volumen cerebral. Cuando los investigadores estimaron esta proporción en el dodo y la situaron junto a datos de otros grupos de aves, el animal quedó sorprendentemente próximo a las rapaces nocturnas.
¿Era entonces nocturno? El estudio no llega tan lejos. Su propuesta es más prudente y quizá más interesante: el dodo pudo no ser exclusivamente diurno y extender parte de su actividad a momentos de menor luminosidad, especialmente el amanecer y el crepúsculo.
"El dodo no parece haber tenido un cerebro anormalmente pequeño: su anatomía no respalda la vieja caricatura de un animal especialmente poco inteligente".
Un mundo de olores y sensaciones.
La vista es solo una parte de la historia. Los cráneos también conservan indicios de los otros sentidos y aquí aparece otra peculiaridad.
Los dos dodos en los que fue posible reconstruir los bulbos olfatorios mostraron una diferencia considerable entre sí. En uno ocupaban aproximadamente el 3,44% del endomolde cerebral; en el ejemplar de Oxford, el 1,36%. Al utilizar el promedio de ambos, los bulbos resultan significativamente grandes en determinadas comparaciones, pero la enorme variación obliga a ser cautos. Los propios investigadores consideran necesarios más ejemplares antes de concluir que el dodo poseía realmente un olfato excepcional.
Si esa capacidad olfativa reforzada se confirma algún día, podría tener implicaciones importantes. El olor habría podido ayudar al animal a localizar alimento durante periodos de escasez en las islas Mascareñas o incluso intervenir en las relaciones entre individuos. Es una hipótesis, no una reconstrucción definitiva de su comportamiento.
También se examinó el sistema trigeminal, relacionado con la información táctil procedente del pico. Este enorme pico ha sido uno de los rasgos más llamativos de cualquier reconstrucción del dodo, pero su función sensorial resulta mucho más difícil de determinar únicamente mediante huesos. Los propios autores recuerdan que utilizar el tamaño de los orificios atravesados por los nervios como indicador de capacidad sensorial todavía presenta limitaciones.
Así emerge una imagen mucho más interesante que la caricatura tradicional: un ave terrestre que posiblemente combinaba la visión con otros sentidos de una manera diferente a las palomas que sobreviven actualmente.
"El dodo pudo no haber sido exclusivamente diurno: la anatomía de su sistema visual abre la posibilidad de que también estuviera activo al amanecer, al atardecer o con poca luz".
El mito del dodo “estúpido” pierde otro argumento.
Quizá el resultado más significativo sea precisamente el que los investigadores no encontraron.
El tamaño relativo del telencéfalo del dodo no presentó diferencias estadísticamente significativas respecto al de los demás columbiformes estudiados. Esta parte del cerebro se ha relacionado en aves con capacidades como la innovación y la resolución de problemas. Por tanto, el análisis no ofrece respaldo anatómico a la vieja imagen del dodo como un pájaro especialmente poco inteligente.
Su aparente ingenuidad ante los humanos tampoco demuestra estupidez. El dodo evolucionó en Mauricio en unas condiciones ecológicas muy particulares. La ausencia de determinados depredadores terrestres podía hacer innecesarios comportamientos defensivos que se volvieron cruciales cuando llegaron personas y animales introducidos.
El cráneo de dodo que forma parte de la colección del Museo de Historia Natural de Dinamarca. Foto: Museo de Historia Natural de Dinamarca
Ahí reside uno de los aspectos más fascinantes del trabajo. El dodo y el solitario eran parientes cercanos, ambos enormes y ambos incapaces de volar, pero sus sistemas sensoriales no siguieron exactamente el mismo camino. El solitario conserva en muchos aspectos el patrón esperado para los columbiformes; el dodo se aleja mucho más de él.
Eso dificulta explicar sus peculiaridades simplemente por el gigantismo o por la pérdida del vuelo. Si dos grandes palomas insulares no voladoras desarrollaron soluciones diferentes, algo relacionado con sus respectivos ambientes y modos de vida debió de empujar su evolución en direcciones distintas.
Nunca podremos observar a un dodo buscando comida entre la vegetación de Mauricio al caer la tarde. Tampoco un cráneo puede decirnos exactamente qué hacía un animal cada hora del día. Pero esos huecos en el hueso que durante siglos parecían silenciosos conservan información suficiente para desmontar algunas certezas.
El dodo quizá no fue el pájaro incompetente que la cultura popular convirtió en sinónimo de fracaso. Fue una especie adaptada a un mundo que desapareció con extraordinaria rapidez. Y más de tres siglos después de su extinción, sus propios huesos están empezando a devolverle parte de esa historia.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante